El color de tus gafas de sol importa más de lo que crees
«Y es que en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira». El poeta español Ramón de Campoamor escribió estos versos en el siglo XIX para ilustrar el relativismo perceptivo, esa idea fascinante de que no existe una realidad absoluta, sino interpretaciones subjetivas. En la administración pública, a esto se le llama cínicamente la «Ley Campoamor». Pero, ¿y si tomáramos al poeta literalmente? ¿Y si la herramienta más rápida para hackear nuestro estado de ánimo estuviera, precisamente, en el color del cristal con que miramos al mundo cada mañana?
A menudo, cuando elegimos gafas de sol, nos obsesionamos con la forma de la montura o la protección UV, factores indudablemente importantes, pero pasamos por alto el tinte de la lente. Sin embargo, la ciencia de la luz sugiere que filtrar el espectro visible de ciertas maneras puede engañar a nuestro cerebro para que se sienta más optimista o, por el contrario, inducir una sutil melancolía. Hoy quiero invitarte a cuestionar la neutralidad de tus gafas grises y considerar una alternativa más cálida.
La promesa del eterno verano: Lentes marrones y amarillas
Existe una razón por la que los días nublados tienden a bajar nuestro ánimo y los días soleados nos energizan: la luz azul y la calidez del entorno. Aquí es donde entran en juego los cristales de tonos marrones, ámbar o amarillos. Al ponerse unas gafas con estos tintes, ocurre algo casi mágico: el contraste se agudiza y la luz azul (esa que a menudo se asocia con la dispersión y el cansancio visual) se bloquea parcialmente.
El resultado es una visión del mundo bañada en una luz dorada, similar a la famosa «hora mágica» de los fotógrafos, pero disponible a cualquier hora del día. Desde mi experiencia y observación, el uso de lentes marrones engaña al cerebro evocando la sensación de un atardecer cálido o una mañana brillante, incluso si el cielo está encapotado. Es un pequeño truco de biohacking visual: al hacer que el entorno parezca más vibrante y acogedor, es difícil no sentir una pequeña chispa de optimismo. Si buscas levantar el ánimo instantáneamente al salir de casa, la calidez del ámbar es tu mejor aliada.
La melancolía del gris y la frialdad del azul
Por otro lado, tenemos los omnipresentes cristales grises y negros. Son, sin duda, los reyes de la fidelidad cromática; reducen el brillo sin alterar los colores naturales. Sin embargo, esa neutralidad tiene un precio emocional. Al reducir la intensidad de la luz de manera uniforme, los cristales grises pueden crear una sensación de desconexión, como si alguien hubiera bajado el volumen visual del mundo.
Peor aún es el caso de los tintes azules. Aunque estéticamente pueden resultar atractivos, mirar a través de un filtro azulado refuerza las tonalidades frías del entorno. Psicológicamente, asociamos el frío y la oscuridad con la tristeza o la letargia. Un día soleado, visto a través de un cristal azul profundo, pierde su vitalidad y se transforma en una escena invernal. Si tu objetivo es mantener la energía alta y la mente positiva, quizás sea hora de dejar las lentes frías para ocasiones muy específicas o puramente estéticas, y no para tu día a día.

Más allá del binomio: El verde y otros experimentos
Por supuesto, el espectro no termina ahí. Vale la pena mencionar las lentes verdes, un clásico de la aviación (como las famosas G-15). El verde ofrece un punto medio fascinante: proporciona un buen contraste y reduce el deslumbramiento sin la «tristeza» del gris ni la alteración extrema del amarillo. Es el color de la naturaleza, y para muchos, ofrece un descanso visual que se traduce en serenidad.
¿Y qué hay de colores más atrevidos como el rosa? Aunque parezca una excentricidad de la moda, la expresión «ver la vida de color de rosa» tiene cierto fundamento. Los tintes rosados pueden mejorar la percepción de profundidad y, curiosamente, se ha estudiado su capacidad para reducir la tensión ocular y, por ende, el estrés físico.
Tú eliges tu propia «Ley Campoamor»
Es posible que los escépticos argumenten que unas gafas de sol no pueden curar un mal día, y tendrían razón. No son una solución médica ni un reemplazo para el trabajo interior. Sin embargo, subestimamos constantemente cómo los estímulos sensoriales moldean nuestra experiencia inmediata. Somos criaturas visuales, y la luz que permitimos entrar en nuestros ojos informa a nuestro sistema nervioso sobre cómo sentirse respecto al entorno.
Así que, prueba esto hoy: la próxima vez que vayas a comprar gafas de sol o decidas cuáles ponerte para salir a caminar, no pienses solo en la moda. Piensa en cómo quieres sentirte. Atrévete a probar unos cristales marrones o amarillos y observa si tu paseo se siente un poco más alegre, un poco más vibrante. Al final del día, Campoamor tenía razón: la realidad es subjetiva. ¿Por qué no elegir el cristal que la haga parecer más brillante?

