Busca lo que no sabes que tienes

Una mujer sentada en la mesa de un café al aire libre o junto a una ventana abierta de par en par, con la luz primaveral entrando a raudales. Está revisando sus finanzas personales de nuevo, pero esta vez parece un poco más segura y tranquila, como si hubiera empezado a comprender el proceso. Mira su teléfono pensativa, con una libreta abierta a su lado con notas escritas a mano y pequeñas cifras presupuestarias, y una taza de café sobre la mesa - imagen sintética.

La segunda parte de una radiografía financiera: el balance de lo que hay.

Yolanda llegó con una libreta.

No una libreta metafórica ni una aplicación en el móvil. Una libreta de verdad, de esas con espiral y tapa de cartón, con páginas que había rellenado a bolígrafo la semana anterior. La puso sobre la mesa de la cafetería con el gesto de quien entrega un examen en el que ha trabajado duro y no está del todo segura de haber aprobado.

—He hecho los deberes —dijo.

—Ya veo —dije yo.

—Sé cuánto gano exactamente. Sé en qué se va el dinero. Cancelé tres suscripciones esa misma tarde. Y encontré una cuarta dos días después, escondida en un cargo anual que ni recordaba.

—¿Y cómo te quedaste?

—Aliviada. Un poco avergonzada. Pero sobre todo aliviada.

Pedí los cafés. Yolanda abrió la libreta por una página en blanco.

—Ahora quiero saber si puedo montar el negocio —dijo—. Para eso necesito saber lo que tengo. Y ahí es donde me pierdo.

Ahí es donde se pierde todo el mundo. Saber lo que entra y sale cada mes es la primera parte de la radiografía. Pero hay una segunda parte igual de importante, y mucho más fácil de ignorar: el balance. Lo que hay. Lo que se debe. La diferencia entre las dos cosas, que es lo que los financieros llaman patrimonio neto y que cualquier persona puede calcular en menos tiempo del que llevábamos ya en esa cafetería.

Primero, lo que hay: los activos

Le pedí a Yolanda que escribiera en la libreta todo lo que tenía. Todo. Sin juzgar si era mucho o poco, sin intentar ordenarlo todavía. Solo escribir.

La lista fue más corta de lo que ella esperaba, y eso la desanimó un poco.

—Es que no tenemos casa propia, el coche es a medias con el préstamo, y los ahorros están en una cuenta conjunta con Pedro…

—¿Cuánto hay en esa cuenta? —pregunté.

Hubo una pausa. Una pausa que yo reconocí perfectamente, porque era la misma que hacía la gente cuando la pregunta era más sencilla de lo que parecía y la respuesta, sin embargo, no estaba disponible de inmediato.

—No lo sé exactamente —dijo Yolanda—. Pedro lleva eso. Sé que estamos ahorrando para la casa y que estamos cerca del objetivo, pero el número exacto…

—Esta semana lo miras —dije.

—Esta semana lo miro.

Esto no es un reproche a Pedro, que por lo que sé lleva las finanzas de la casa con mucha más diligencia de la que lleva la mayoría de la gente. Es simplemente una observación: una cuenta conjunta es de los dos. Y los dos deberían saber lo que hay en ella, con el mismo detalle con el que saben el precio del alquiler o la cuota del gimnasio.

Continuamos con la lista. El dinero en cuentas corrientes. Los ahorros. El valor aproximado del coche, que no es lo que costó sino lo que valdría hoy si lo vendieras. Cualquier plan de ahorro o inversión, aunque sea pequeño. Y aquí Yolanda recordó algo que casi había olvidado: su empresa tenía un plan de pensiones al que hacía aportaciones automáticas desde hacía años. No era mucho, pero estaba ahí, creciendo silenciosamente en algún lugar que ella nunca había visitado.

—¿Cuánto tienes acumulado? —pregunté.

—No tengo ni idea.

—Esta semana también lo miras.

—Esta semana miro muchas cosas —dijo ella, con una sonrisa que tenía más resignación que humor.

Los activos son todo lo que tienes y que tiene valor: dinero en efectivo o en cuentas, inversiones, el valor de tu vivienda si es tuya, el valor actual del coche, joyas o bienes valiosos, planes de pensiones, seguros de vida con valor acumulado. No hace falta que la lista sea larga. Hace falta que sea completa.

Luego, lo que se debe: el pasivo

La otra cara del balance es menos agradable de mirar, pero igual de necesaria. Las deudas no son el enemigo — son información. Saber exactamente cuánto se debe, a quién, a qué tipo de interés y cuándo termina es la diferencia entre una deuda gestionada y una deuda que gestiona a quien la tiene.

Yolanda tenía dos deudas claras: el préstamo del coche y las tarjetas de crédito, que saldaba cada mes sin dejar saldo pendiente — un hábito excelente que conviene mantener. El piso era de alquiler, así que no había hipoteca todavía. Pero eso iba a cambiar pronto.

—¿Sabes las condiciones del préstamo del coche? —pregunté—. No solo la cuota mensual. El capital pendiente, el tipo de interés, cuándo termina.

—Lo contrató Pedro. Sé la cuota, pero los detalles…

—Esta semana —dije.

—Esta semana —repitió ella.

No lo digo por Pedro. Lo digo porque dentro de poco Yolanda y Pedro van a pedir una hipoteca, y en esa conversación con el banco van a necesitar conocer sus números con precisión. El banco los va a conocer mejor que ellos si no se preparan. Y esa es exactamente la situación en la que no conviene llegar a una negociación.

El pasivo, o los pasivos, es todo lo que debes: hipoteca, préstamos personales, préstamo del coche, saldo pendiente de tarjetas de crédito, deudas con Hacienda, préstamos a familiares. Todo. Con el capital pendiente, no solo con la cuota mensual. La cuota te dice lo que pagas cada mes. El capital pendiente te dice lo que realmente debes todavía.

El patrimonio neto: la resta que importa

El patrimonio neto es la operación más sencilla de toda la radiografía: total de activos menos total de pasivos. El resultado es lo que realmente tienes, una vez descontado lo que debes.

Puede ser un número positivo o negativo. Si es negativo, significa que debes más de lo que tienes, lo cual no es necesariamente una catástrofe — muchas personas en sus treinta tienen patrimonio neto negativo por la hipoteca o y otros préstamos, por ejemplo, para estudios — pero sí es información importante que conviene conocer y observar cómo evoluciona con el tiempo.

Yolanda hizo la resta con los números que tenía, sabiendo que algunos eran aproximaciones que tendría que confirmar esa semana. El resultado la sorprendió: era más positivo de lo que esperaba. Los ahorros para la casa, sumados al plan de pensiones que casi había olvidado, pesaban más que el préstamo del coche.

—No estoy tan mal como pensaba —dijo.

—Casi nadie está tan mal como piensa —dije yo—. Pero tampoco casi nadie sabe exactamente cómo está.

Lo que existe aunque no lo veas

Fue entonces cuando la conversación se puso interesante.

Yolanda me preguntó si yo tenía todo esto organizado, con mi hoja de cálculo y mis fórmulas. Le dije que sí, más o menos. Que yo también dejaba muchas cosas a Juan — la declaración de la renta la hacemos juntos pero él lleva el peso, la gestión del día a día de algunas inversiones también — pero que había una diferencia entre delegar la gestión y desconocer la existencia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Que hay cosas que existen aunque no las gestiones. Y si no sabes que existen, no puedes hacer nada con ellas. Ni protegerlas, ni reclamarlas, ni planificar en torno a ellas.

Yolanda me miró con esa expresión de quien está a punto de recibir información que va a complicarle la tarde.

—Pon un ejemplo —dijo.

—El seguro de tu marido —dije—. ¿Sabes qué cubre exactamente?

Pedro tenía un seguro de accidentes a través de su empresa. Yolanda lo sabía. Pero no sabía si ella estaba incluida como beneficiaria, ni en qué cuantía, ni qué pasaría exactamente si Pedro tuviera un accidente grave mañana. El seguro existía. Las condiciones eran un documento que probablemente estaba en algún correo de la empresa de Pedro que ninguno de los dos había releído desde que lo firmaron.

—Esta semana —dijo Yolanda, antes de que yo pudiera decirlo.

—Esta semana —confirmé.

El capítulo de las pensiones, o lo que te puedes perder por no preguntar

Aquí es donde la conversación tomó un giro que Yolanda no esperaba. Porque yo empecé a hablar de mis propia situación, y la historia resultó ser más larga y más extraña de lo que ella anticipaba.

Como autónoma, mi pensión española va a ser pequeña. No es un secreto ni una sorpresa: la pensión media de los autónomos en España ronda los mil euros al mes, bastante por debajo de la de los trabajadores por cuenta ajena. Durante años muchos autónomos hemos estado cotizando por la base mínima porque era lo más lógico a corto plazo, y la consecuencia es una pensión más reducida a largo plazo. Yo lo sé, lo tengo asumido, y por eso existe la hoja de cálculo con los dividendos.

Pero luego está la pensión británica.

—¿Tienes pensión en el Reino Unido? —preguntó Yolanda.

—Tengo algo. Que es más de lo que habría tenido si no hubiera prestado atención.

En el Reino Unido, la pensión estatal se construye mediante contribuciones al sistema de Seguridad Social, que allí se llama National Insurance. Necesitas treinta y cinco años de contribuciones para cobrar la pensión completa, y un mínimo de diez años para tener derecho a cualquier pensión. Mientras vivimos allí, yo trabajaba como autónoma y hacía mis contribuciones. Pero cuando dejé de trabajar para cuidar a los niños, esos años habrían quedado en blanco en mi historial, sin contribuciones, sin pensión acumulada.

Lo que mucha gente no sabe — y yo lo descubrí por suerte, leyendo sobre el tema en uno de esos momentos de curiosidad nocturna que mi familia atribuye a insomnio — es que en el Reino Unido existe algo que se llama Child Benefit. Cuando lo cobras, el gobierno te acredita automáticamente años de contribuciones al National Insurance mientras tus hijos son pequeños, aunque no estés trabajando. Y si quien cobra el Child Benefit es el que trabaja y ya tiene sus contribuciones cubiertas, puede transferir esos créditos al cónyuge que está en casa.

Nosotros lo hicimos. Juan tenía sus contribuciones de sobra. Los créditos vinieron a mi historial. Esos años no quedaron en blanco.

Pero aquí viene la parte que me parece más importante de contar: yo sabía que no iba a llegar nunca a los treinta y cinco años de contribuciones para cobrar la pensión completa. Los años que habíamos vivido en el Reino Unido no eran suficientes. Pero sí podía llegar al mínimo de diez años, que es lo que da derecho a cobrar algo. Hice dos años de contribuciones voluntarias para asegurarme de cruzar ese umbral. No fue una cantidad enorme. Pero sin esas contribuciones voluntarias, todos los créditos del Child Benefit transferidos, todos los años cotizados como autónoma, habrían quedado por debajo del mínimo. Sin derecho a nada.

—¿Y si no lo hubieras sabido? —preguntó Yolanda.

—Pues no lo habría sabido —dije—. Y el esfuerzo se habría perdido. Eso es exactamente la diferencia entre saber y no saber.

Yolanda anotó algo en la libreta. Luego levantó la vista.

—Has dicho «mis otras pensiones», en plural. ¿Hay más?

—Una más. Y esta es la que más me gusta contar.

La pensión americana, o lo que te da la ley aunque nunca hayas trabajado allí

Cuando vivimos en Estados Unidos, Juan trabajaba y cotizaba al sistema de Seguridad Social americano, que se llama Social Security. Yo no trabajé allí — nos fuimos con los niños pequeños y la logística del momento no lo permitió. Así que yo no tenía cotizaciones propias. Ninguna.

Lo que muchas familias en su situación no saben — y nosotros lo supimos porque la empresa de Juan hizo muy bien su trabajo al informar a los empleados destinados al extranjero — es que la ley americana reconoce un beneficio para el cónyuge del trabajador aunque ese cónyuge nunca haya trabajado en Estados Unidos. El beneficio es de hasta el cincuenta por ciento de la pensión del trabajador, cobrado de manera independiente, sin que eso reduzca ni un céntimo lo que cobra el trabajador.

Un compañero de Juan, mayor que él y con una trayectoria laboral parecida, lo confirmó de primera mano. Y nos contó algo que nos pareció increíble comparado con la burocracia a la que estamos acostumbrados: la propia Seguridad Social americana se había puesto en contacto con él para arreglarlo todo. Lo suyo y lo de su mujer. Sin que él tuviera que perseguir a nadie ni presentar formularios en ventanillas. Simplemente le llamaron, le explicaron sus derechos, le pidieron algunos documentos y gestionaron el resto. Ya quisiéramos que las cosas funcionaran así en otros países.

Ese amigo de Juan y su mujer están recibiendo su pensión americana. Yo espero recibir la mía cuando llegue el momento, equivalente a la mitad de la de Juan. Una pensión a la que tengo derecho por ley, que existe porque Juan trabajó allí y porque estábamos casados cuando lo hizo, y porque espero que sigamos casados cuando llegue el momento de jubilarnos. Y si Juan faltara, ese beneficio pasaría a ser el cien por cien de su pensión, no la mitad.

Pero la historia tiene un último capítulo que me gusta especialmente. Tiempo después, en la cena de despedida de una mujer que había trabajado como ayudante de Juan y que estaba a punto de jubilarse, Juan le preguntó si su marido sabía que podría tener derecho a algo. Ella había trabajado varios años en Miami antes de unirse a la empresa de Juan, y resultó que su marido nunca había oído hablar del beneficio para cónyuges. Una conversación de sobremesa abrió una puerta que llevaba años entornada.

—Eso es… —Yolanda buscó la palabra—. Eso es enorme.

—Es lo que es —dije—. Nosotros lo supimos porque la empresa de Juan se tomó en serio informar a su gente. Pero hay miles de familias que estuvieron en la misma situación y nunca lo supieron. Por eso cuento esta historia.

El coste real de no saber

Aquí es donde quiero detenerme un momento, porque lo que sigue no es solo un consejo financiero. Es algo que veo con demasiada frecuencia y que me parece importante nombrar.

Hay muchas personas — y estadísticamente son más mujeres que hombres, aunque no exclusivamente — que llevan años delegando las finanzas en su pareja porque el otro es más capaz, porque a ellas les aburre, porque funciona bien así y no hay ninguna razón aparente para cambiarlo. Y durante esos años, esa delegación es razonable y eficiente. El problema llega cuando algo cambia: un divorcio, una viudedad, una enfermedad, una crisis. Y entonces la persona que nunca llevó las cuentas tiene que aprender de golpe dónde está el dinero, qué se debe, qué derechos existen, qué papeles hay que firmar y en qué orden.

No es un problema de confianza en la pareja. Pedro es de fiar, estoy segura. Es un problema de información. La información financiera que no está en tu cabeza no está disponible cuando la necesitas urgentemente. Y hay momentos en los que no tienes tiempo de aprenderla desde cero.

No necesitas gestionar todo tú. Pero sí necesitas saber que existe. Saber aproximadamente cuánto hay, dónde está, qué condiciones tiene y a quién llamar si algo cambia. Eso no es desconfiar de tu pareja. Es ser adulta en tu propia vida económica.

—¿Le has dicho esto a Juan alguna vez? —preguntó Yolanda.

—No con estas palabras. Pero los dos sabemos lo que hay. Es algo que hemos construido juntos aunque él lleve más cosas que yo.

—Quiero hacer eso —dijo Yolanda—. Quiero saber lo que hay. Aunque lo siga llevando Pedro.

—Eso es exactamente lo que estamos haciendo —dije.

Yolanda sale con preguntas, no con respuestas

Pagamos los cafés. Esta vez Yolanda sabía exactamente cuánto dejaba de propina, y lo dijo en voz alta con la satisfacción particular de quien ha cambiado un hábito pequeño y lo nota.

No salía sabiendo si podía montar su negocio. Para eso había que hacer más cálculos, tener conversaciones más largas, y probablemente hablar con alguien que entendiera de financiación. Eso era para otro día.

Lo que sí tenía era una lista. No de respuestas, sino de preguntas para hacerle a Pedro esa noche. ¿Cuánto hay exactamente en la cuenta de ahorro? ¿Cuánto queda del préstamo del coche y a qué interés? ¿Cuáles son las condiciones exactas del seguro de tu empresa? ¿Tienes pensión privada, y si es así, quién está designado como beneficiario?

Son preguntas que cualquier pareja debería poder responder sin ponerse nerviosa. Son preguntas que no cuestionan la confianza — la asumen. Y son preguntas que Yolanda nunca había hecho, no porque no le importara, sino porque nadie le había dicho que importaban.

—El mes que viene me cuentas cómo ha ido la conversación con Pedro —dije.

—El mes que viene —dijo ella.

Salimos a la calle. El sol de media mañana tenía esa calidad particular de los días que empiezan bien.

Tu balance en cinco preguntas para esta semana

1. ¿Cuánto hay exactamente en tus cuentas, incluyendo las conjuntas?

No el saldo aproximado. El número real, a día de hoy.

2. ¿Cuánto debes realmente, y en qué condiciones?

No la cuota mensual — eso ya lo sabes. El capital pendiente de cada préstamo, el tipo de interés y la fecha de vencimiento.

3. ¿Tienes algún plan de pensiones, de tu empresa o propio? ¿Cuánto hay acumulado?

Busca el último extracto. Si nunca has mirado uno, este es el momento.

4. ¿Qué seguros tienes, y quién está designado como beneficiario?

Seguro de vida, seguro de accidentes, seguro del hogar. No si existen — eso probablemente lo sabes. Las condiciones reales.

5. ¿Has vivido o trabajado en otro país? ¿Has cotizado allí?

Muchas personas tienen derechos de pensión en países donde vivieron y nunca los reclaman porque no saben que existen o no conocen bien los términos. Vale la pena investigar.

El patrimonio neto no es un número que define lo que vales como persona. Es simplemente información. Y la información, en finanzas como en casi todo lo demás, es lo que te permite tomar decisiones en lugar de que las decisiones te pasen por encima.

La tercera parte de la historia de Yolanda — qué hacer con lo que ya sabe — la contamos otro día. Cuando ella también esté lista.


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