La revancha: la noche en la que BTS salió a comerse el escenario

Detalle del estadio Metropolitano con el público a la espera del concierto de BTS Arirang.

Diario de una Army tardía – parte 3

Cuatro entradas, cuatro personas, cero colas al sol y un BTS que esta vez salió a comerse el escenario. Como la reincidencia, cuando se hace con oficio, sale mejor.

El segundo día no hubo cola bajo el sol. Hubo bar. Mientras la fila kilométrica para la prueba de sonido se consumía sola a la intemperie, nosotras estábamos en Brindis, el bar en la parte de atrás del estadio Metropolitano, con una cerveza, un tinto de verano y un vaso de agua bien fría por cabeza, viendo pasar el tiempo con la serenidad de quien ya sabe de qué va la película.

—¿No deberíamos ir haciendo cola? —preguntó mi hermana, recién llegada al asunto.

—Tenemos el asiento asegurado. ¿Para qué vamos a sufrir?

Yo, que el viernes me había achicharrado como una novata, amanecí el sábado convertida en estratega. Porque este segundo día ya no íbamos dos, sino cuatro: se sumaban mi hermana —tía entregada aunque no del todo iniciada— y un amigo de Paloma. Las cuatro entradas VIP que ella había pescado en aquella operación militar por fin encontraban a sus cuatro cuerpos.

La mañana tuvo su pequeño baile de coordinación, que en toda reunión familiar lo tiene. Quedé con mi hermana para ir juntas en metro; Paloma y su amigo llegaron un pelín más tarde de lo acordado, pero con margen de sobra. Completamos el trámite de la bolsa VIP —con lanyard y pulsera para la prueba de sonido incluidos— y volvimos a la zona Army a por nuestra colección de fotos. Digo nuestra porque mi hermana y el amigo se quedaron sin ella: allí solo cobran las Army de carné, y en el grupo éramos dos. Los conversos tienen estas cosas.

Las puertas, cómo no, tampoco abrieron a su hora. Pero esta vez la impuntualidad fue menos: en lugar de las 3:30, abrieron a las 4, media horita menos de plantón. Y una vez dentro, aplicamos la sabiduría adquirida a sangre y sudor la víspera: nos quedamos a la sombra hasta quince minutos antes de la prueba de sonido, ni uno más. Esta vez, además, yo llevaba sombrero. Una aprende.

Los asientos eran de ascenso social: primera fila. Primera fila con truco, todo hay que decirlo, porque las tres filas de delante estaban tapadas con el famoso plástico negro, así que la nuestra, la cuatro, era efectivamente la primera. A veces la vida te asciende por eliminación de los de delante, y una lo acepta con gratitud.

La prueba de sonido volvió a ser tres canciones bajo el sol, pero con una diferencia que se notaba en el aire: los chicos salieron más animados. Supongo que, después de haber visto la noche anterior cómo respondía este público a pesar del horno, salieron con otra actitud. Y esa actitud fue la que marcó todo lo que vino después.

Porque el concierto del sábado fue otra cosa. El mismo esqueleto de canciones, la misma coreografía, el mismo recorrido… y sin embargo, más. Bailaron más. Se esforzaron más. Sudaron más, que para mí sigue siendo la unidad de medida más honesta del esfuerzo. Salieron con mucho más entusiasmo, y se notó desde el primer minuto.

LO QUE SONÓ EL SEGUNDO DÍA

Creo que el repertorio fue calcado al del primer día —sí, sigo escuchándolas de oído y sin mirar jamás los títulos, así que me remito a mi aviso de la otra vez. Lo que cambió fueron dos piezas: la canción sorpresa y el outro con el que cerraron.

  1. Hooligan
  2. Aliens
  3. Run BTS
  4. They Don’t Know ‘Bout Us
  5. Like Animals
  6. FAKE LOVE
  7. SWIM
  8. Merry Go Round
  9. 2.0
  10. NORMAL
  11. Not Today
  12. FYA
  13. FIRE
  14. MIC Drop
  15. Butter
  16. Dynamite
  17. IDOL
  18. Dimple / Ddaeng (unidades)
  19. Come Over
  20. One More Night
  21. Into the Sun

Sorpresa del día 2: Mikrokosmos  ·  Outro: The Best of Me

Hubo un cambio de mirada, además, muy revelador. El primer día yo pasé buena parte del concierto mirando a las pantallas, como quien ve la tele por si se pierde algo. El segundo, con el escenario casi encima, no despegué los ojos de ellos. Se les veían las expresiones, las miradas que se cruzaban entre ellos, el momento exacto en que se les escapaba una sonrisa. Y me atrevo a decir que, tan cerca, hasta ellos podían vernos a nosotras cuando echaban un vistazo para calibrar cómo iba la cosa con el público. Ya no era una pantalla. Eran siete personas sudando de verdad a pocos metros.

Y Army cantó todavía más fuerte que la víspera. Era como si nos pasáramos la energía de ida y vuelta, ellos a nosotras y nosotras a ellos, en un bucle que se retroalimentaba y no paraba de crecer. Otra vez se me hizo corto. Cortísimo.

Los detalles de esa noche son los que me llevo en el bolsillo del alma. El primero, el del idioma. Esta vez todos dijeron algo en español, y yo, con mi manía de fijarme en cómo funcionan las cosas, pillé el truco entrañable: leían de una pantalla el sonido de las palabras españolas escrito en su alfabeto, en hangul, con la traducción al español debajo. Y funcionaba, porque el español se lee como se escribe y el coreano, para estas cosas, casi también. Lejos de restarle mérito, a mí el truco me gustó el doble: hay más cariño en el esfuerzo de quien se lo curra que en la facilidad de quien le sale solo.

El segundo detalle fue puro guiño local: uno de ellos apareció, en uno de los cambios de vestuario, con la camiseta del Atlético de Madrid. Sesenta o setenta mil personas rugieron. No hay forma más rápida de que una ciudad te adopte.

Y el tercero, el que a mí me dio para toda una teoría. El segundo día sí que sonaron, tímidos pero reales, los gritos de «¡otra, otra!» que la noche anterior no recuerdo haber oído. Para mí, que te pidan un bis es el mejor piropo que puede recibir un artista: significa que el público no se quiere ir, que le has dejado con ganas. No hicieron caso —puede que ni se enteraran de que se lo pedíamos— y las fans, todo hay que decirlo, tampoco insistieron demasiado. No hubo bis. Para eso está la canción bonus, entiendo, y entiendo también que tienen un programa apretadísimo y que el estadio tenía que cerrar a las once y ya andábamos cerca de las diez y media. Pero lo apunto igual, con todo el cariño: yo que ellos, diría que sí y tendría siempre algo preparado para esos casos. Un artista de verdad no deja al público con la mano tendida.

El cierre fue de los que se recuerdan. La sorpresa de la noche fue Mikrokosmos y el outro, The Best of Me: las dos mejores cosas que se podían cantar en ese momento, con tantos miles de linternas encendidas convirtiendo el estadio en un cielo del revés. Y entonces Jimin y Jung Kook lanzaron sus camisetas al público, que para mí es el termómetro definitivo de que ellos también se lo habían pasado bien —uno no regala la camiseta sudada de una noche que no ha disfrutado—. Alguno confesó, ya con el español puesto, que no quería irse todavía. Ya éramos dos, chico. Ya éramos al menos sesenta y cinco mil.

Y aquí viene mi única espinita, porque no sería yo si no me quedara una pega honesta después de tanto entusiasmo. Con todo lo bien que me lo pasé —que fue muchísimo—, me habría encantado ver y oir una sola canción bailada de principio a fin, sin coro de fans tapándolo todo, puro BTS. Una. Solo para oírlos a ellos, limpios, y comprobar de qué son capaces cuando el estadio se calla. Se puede querer algo con toda el alma y, a la vez, echar de menos una cosa pequeña. Casi siempre las dos verdades caben juntas.

La salida fue tan caótica como la del viernes. Decidimos esperar a que la cola del metro se aclarara tomando algo, pero no se aclaró: cerraron por algún tipo de avería —quizá por la propia avalancha de gente sin orden ni concierto— y por un momento nos vimos calculando la épica de un Uber imposible. Al final anunciaron que reabrirían o pondrían autobuses, y conseguimos volver en metro, apretadas y felices.

Me lo pasé en grande los dos días. Me divertí lo que no está escrito y me fui a casa, las dos noches, sintiéndome totalmente rejuvenecida, como si alguien me hubiera devuelto veinte años en un par de horas de saltar y cantar canciones cuyos títulos ni me sé. Y pensé en aquellas entradas del primer día que nadie quiso comprarme, las tercas, las que se quedaron sin vender. Resulta que fueron el mejor negocio que hice sin querer hacerlo: por el precio de no venderlas, me llevé dos noches irrepetibles y a mi hija de la mano, cantando en coreano una canción de despedidas que, esta vez, no iba de despedirse de nada.

Lo que aprendimos de la segunda vuelta

  1. Reincide con oficio. Si repites, ve de veterana: llega más tarde, hidrátate con criterio, reserva fuerzas y ahórrate las colas que puedas ahorrarte. La experiencia del primer día es el mejor manual del segundo.
  2. Acércate si puedes. Estar cerca del escenario cambia la experiencia por completo: se cambian las pantallas por las caras, y las caras siempre ganan.
  3. Valora el esfuerzo por encima de la perfección. Que alguien se curre unas palabras en tu idioma leyéndolas con truco enternece más que si le salieran solas. El cariño se mide en trabajo, no en soltura.
  4. No tengas miedo de pedir «otra». Aunque no te hagan caso, pedir un bis es la forma más bonita de decir «no me quiero ir». Y si algún día eres tú quien está en el escenario, ten siempre algo preparado para cuando te lo pidan.
  5. Permítete querer algo entero y aun así echar de menos un detalle. El entusiasmo y el espíritu crítico no se pelean; de hecho, juntos es como mejor se disfruta casi todo.