Consigue que tus hijos te hagan caso

Una madre saliendo del parque con su hija en brazos y su hijo de la mano.

(sin perder la cordura en el intento)

Aquella tarde en Bruselas aprendí una lección fundamental sobre la maternidad: que dos niños criados exactamente igual pueden ser tan diferentes como el día y la noche. Álvaro, mi pequeño diplomático de tres años, respondía a la lógica como un relojito suizo. Paloma, en cambio, con apenas dos años, ya había decidido que el mundo debía adaptarse a ella, y no al revés. 

La escena era digna de una comedia francesa. Yo, intentando convencer a mis hijos de que ya era hora de volver a casa. Ellos, correteando entre los columpios del jardín Montessori como si les fuera la vida en ello. Mis súplicas, mis órdenes, mis intentos de razonamiento… todo rebotaba contra su entusiasmo infantil como gotas de lluvia sobre un paraguas. 

Finalmente, recurrí al teatro del absurdo: me metí en el coche, arranqué el motor e hice ademán de marcharme. Álvaro apareció corriendo como alma que lleva el diablo. Paloma ni siquiera levantó la vista del columpio. Ella había tomado una decisión ejecutiva: columpio sí, madre no. 

Tuve que capitular, bajar del coche, dejar a Álvaro asegurado en su silla y recoger a Paloma «por las bravas», como quien recoge la colada cuando empieza a llover. Ella no gritó, ni pataleó, pero estaba notablemente indignada. Álvaro nos miraba desde el coche con esa expresión de «yo avisé» que los hermanos mayores dominan a la perfección. 

Esa tarde comprendí algo que ningún manual de crianza me había explicado: aunque nunca me ha gustado usar, como madre, eso de «porque lo digo yo», tampoco la lógica pura funciona con todos los niños.

El mito de la crianza universal 

Antes de tener hijos, yo tenía teorías muy claras sobre educación. Creía firmemente que, si los niños entendían el porqué de las cosas, cooperarían naturalmente.

Mi razonamiento era impecable: un niño que comprende que necesita dormir para crecer fuerte, comer verduras para estar sano o ponerse el abrigo para no resfriarse, elegirá hacerlo por convicción propia. 

Con Álvaro, esta filosofía funcionaba. Le explicaba que teníamos que irnos porque papá nos esperaba para cenar y él asentía solemnemente, como un pequeño catedrático considerando un argumento válido.  

Con Paloma… bueno, con Paloma descubrí que hay niños que nacen con un doctorado en guerra psicológica. Hay momentos en los que te sientes como una negociadora de élite frente a una sospechosa que no tiene nada que perder y cuyo rehén es tu propia paciencia. Parecía que la verdadera “terrorista” era yo, intentando imponer un tratado de paz basado en la lógica adulta, mientras ella solo aceptaba la rendición total bajo sus términos: “columpio ahora o conflicto mayúsculo.” 

La realidad es que cada niño es un universo distinto. Algunos responden a la razón, otros al sentimiento, algunos a la rutina y otros… otros simplemente tienen su propia voluntad que decide lo que ellos quieren, y punto. 

Las estrategias oficiales que funcionan (a veces) 

La verdad es que educar niños es un reto, pero es tremendamente gratificante cuando sale bien.

La falsa elección (o cómo hacerles creer que tienen el control) 

Años después del incidente del jardín en Bruselas, descubrí una técnica que los expertos en negociación llaman «la elección sin elección». Suena maquiavélico, lo sé, pero es pura supervivencia parental. 

En lugar de decir «ponte el abrigo», que invita inevitablemente a un «no» rotundo, preguntas: «¿Quieres ponerte el abrigoaquí o en el coche?» El resultado es el mismo –el niño acaba con el abrigo puesto– pero ellos sienten que han tomadouna decisión importante. 

Con Paloma, esto se convertía en un arte: «¿Prefieres brócoli o espinacas?» (sabiendo que odiaba ambas por igual, peroal menos una de las dos acabaría en su plato). «¿Nos vamos en cinco minutos o en diez?» (cuando en realidad yaíbamos tarde, pero esos diez minutos evitaban una guerra mundial). 

La clave está en que la elección que les ofreces mantiene tu objetivo intacto, pero les da a ellos una sensación de control. Y todos los seres humanos necesitamos sentir que tenemos algún poder sobre nuestras vidas, incluso cuando ese poder sea decidir si nos comemos primero la zanahoria o el pepino. 

La regla de los 90 segundos 

Esto lo aprendí por las malas, después de muchas respuestas impulsivas de las que me arrepentí. 

Resulta que cuando un niño te desafía directamente –»¡No quiero y no me obligas!»– tu cerebro emocional se activa antes que el racional, sobre todo cuando estás cansada. Es puro instinto: te sientes atacada, cuestionada en tu autoridad, y quieres responder inmediatamente para «ganar» la confrontación. 

Espera noventa segundos. Es el tiempo que tu sistema nervioso necesita para procesar una emoción intensa y dejar que tu cerebro racional tome el control. Solo noventa segundos. 

No es mucho tiempo, pero puede ser la diferencia entre gritar «¡Pues vete a tu cuarto y no salgas en toda la tarde!» y respirar hondo para decir «Veo que estás muy enfadada. Yo también necesito un momento para pensar. Hablamos en cinco minutos.» 

La primera vez que lo intenté con Paloma, que entonces tendría unos cuatro años, fue casi cómico. Ella tenía todos sus juguetes al suelo, y no estaba dispuesta a recogerlos porque yo no le dejaba ver más televisión. Yo, en lugar de explotar como un volcán, conté hasta noventa en mi cabeza (bueno, hasta sesenta, porque la paciencia tiene sus límites), respiré hondo y le dije: «Ahora estoy muy enfadada. Voy a la cocina a beber agua. Cuando vuelva, recogemos los juguetes juntas y hablamos.» 

¿Qué pasó? Que cuando volví, ella ya había empezado a recoger sola, no muy contenta, pero recogiendo, al fin y al cabo. No por miedo al castigo, sino porque mi calma le había dado espacio para calmarse ella también. 

Los expertos en neurociencia infantil lo llaman «regulación emocional codependiente». Yo lo llamo «no montar un drama innecesario». 

Ver el mundo con sus ojos 

Este ha sido, quizás, el cambio más revolucionario en mi forma de educar. 

Una tarde, cuando Álvaro tenía unos cinco años, estaba absorto construyendo una torre altísima con sus bloques de madera. Llevaba concentrado casi una hora, lo cual para un niño de esa edad es prácticamente un récord olímpico de atención. Yo entré en su cuarto y anuncié alegremente: «¡Hora de cenar!» 

Su reacción fue inmediata, rotunda y poco habitual en él: “¡No y NO! Primero termino esto.” 

Mi primer impulso fue el clásico: «¡No seas dramático! Es solo una torre, la puedes terminar mañana.» Pero algo me detuvo. Me senté en el suelo junto a él y miré su torre. Era realmente impresionante. Había trabajado en ella con unaconcentración y dedicación admirables.

Desde su perspectiva, yo acababa de irrumpir en su proyecto más importante del día –quizás de la semana– y había exigido que lo abandonara inmediatamente para hacer algo que a él le importaba mucho menos en ese momento. 

Imaginé que alguien entrara en mi despacho cuando estoy a punto de terminar un artículo importante y me dijera: «Deja eso ahora mismo y ven a hacer otra cosa.» ¿Cómo me sentiría? Frustrada. Irrespetada. Enfadada. 

Así que cambié mi enfoque: «Es una torre increíble. ¿Cuánto tiempo crees que necesitas para terminarla? Papá puede esperarnos diez minutos.» 

La transformación fue instantánea. Volvió a ser el niño razonable de siempre, me miró con ojos esperanzados y dijo: «¿Cinco minutos?» Terminó su torre, sacó una foto con mi móvil para «guardarla para siempre», y vino a cenar casi contento. 

Desde entonces, procuro avisar con tiempo. «En media hora cenamos. Ve pensando en ir terminando lo que estéshaciendo.» O «Después de este episodio, apagamos la tele y nos bañamos.» No siempre funciona, porque los niños son niños y el tiempo es un concepto abstracto para ellos, pero la mayoría de las veces evita conflictos innecesarios. 

La clave está en entender que lo que para nosotros es «solo un juego» o «una tontería», para ellos puede ser lo másimportante de su mundo en ese momento. Y todos merecemos que respeten nuestras prioridades, incluso cuandotenemos cinco años. 

El caso de los niños que nunca negocian 

Ahora bien, seamos honestas: hay niños con los que ninguna de estas estrategias funciona. Paloma era –es– uno de ellos. 

Recuerdo otra tarde en el mismo jardín de Bruselas. Esta vez, armada con mi nueva sabiduría parental, avisé con quince minutos de antelación: «Paloma, en un ratito nos vamos a casa.» 

Cinco minutos después: «Cariño, nos vamos en cinco minutos. Ve pensando en despedirte de los columpios.» 

Dos minutos después: «Ya casi es hora. ¿Quieres dar una última vuelta al tobogán antes de irnos?» 

Cuando llegó el momento: «Paloma, hora de irnos. ¿Prefieres que vayamos andando hasta el coche o que te lleve enbrazos?» 

Su respuesta fue mirarme fijamente a los ojos, agarrarse más fuerte al columpio y gritar: «¡NO!» 

Probé la lógica: «Paloma, papá nos espera para cenar.» 

«¡No me importa!» 

Probé la empatía: «Entiendo que te lo estés pasando bien, pero…» 

«¡No!» 

Probé el soborno disfrazado de consecuencia natural: «Si vienes ahora, mañana podemos volver y quedarnos mucho más tiempo.» 

«¡Quiero quedarme ahora!» 

Al final, como en aquella primera vez, tuve que llevar en vilo a una niña indignada, mientras Álvaro caminaba a mi lado sacudiendo la cabeza con reprobación fraterna. 

¿Fallé como madre? Durante mucho tiempo pensé que sí. Todas las teorías que había leído decían que, si aplicabas las técnicas correctas, los niños cooperaban. ¿Qué estaba haciendo mal? 

Resulta que nada. Hay niños que simplemente tienen una voluntad de hierro y un sentido de la autonomía tan desarrollado que ninguna estrategia de negociación funciona. No porque seas mala madre, sino porque ellos ya saben lo que quieren y no van a cambiar de opinión por nada del mundo. 

Con el tiempo aprendí que con Paloma había que elegir las batallas. Algunas cosas no eran negociables: el cinturón de seguridad, cruzar de la mano en calles con tráfico, no pegar a su hermano. En esas, era un «no» firme y físicamente aplicado si era necesario, con el drama correspondiente. Pero otras cosas… otras cosas podían esperar.  

¿Quería llevar una camiseta y un pantalón que no pegaban ni con cola al supermercado? Vale.  

¿Quería cenar cereales en lugar de la cena que había preparado? Si no hacíamos costumbre, adelante.  

¿Quería quedarse cinco minutos más en el parque, aunque ya fuéramos tarde? A veces sí, a veces no, pero al menos consideraba su petición. 

Las lecciones de dos niños muy distintos 

Álvaro me enseñó que la comunicación clara y el respeto mutuo funcionan. Que los niños pueden ser razonables si se les trata con la misma cortesía que tratarías a cualquier persona cuya cooperación necesitas. 

Paloma me enseñó que a veces, por mucho que comuniques, respetes y negocies, a veces tendrás que hacerte cargo como madre. Y que eso también está bien. Que no todas las batallas se ganan con diplomacia, y que ejercer tu autoridad cuando es necesario no te convierte en una tirana. 


En cuanto creció un poco, Paloma se compró una camiseta que decía “Todo el mundo tiene derecho a escuchar mi opinión.” Y ¿sabéis qué? No me parece mal. Aunque a veces me hubiera gustado que aplicara ese principio con un poco menos de… entusiasmo. 


Ambos me enseñaron que el «porque lo digo yo» es el último recurso, pero que sí, a veces es necesario. Porque hay situaciones donde la seguridad o el bienestar del niño no son negociables.

También me enseñaron algo más profundo: que cada niño necesita un enfoque distinto, y que la clave no está enencontrar LA técnica perfecta, sino en conocer a tu hijo lo suficientemente bien como para saber qué funciona con él o ella. 

Verdades destiladas 

Después de años de criar a dos niños completamente diferentes, y sudarlo, he destilado algunas verdades universales. 

1. Prevenir es mejor que curar.  

Las rutinas claras evitan el 80% de los conflictos.  

Si los niños saben que después de cenar viene el baño y luego el cuento, no hay negociación posible porque es simplemente «lo que toca».  

La previsibilidad les da seguridad y reduce la ansiedad que a menudo se expresa como oposición. 

2. Avisa con tiempo.  

A los niños no les gusta que les interrumpan bruscamente, igual que a ti.  

Un «en diez minutos nos vamos» seguido de un «cinco minutos» y un «último minuto» hace maravillas.  

Aunque no sepan exactamente cuánto es un minuto, entienden que el tiempo se está acabando. 

3. Ofrece elecciones reales dentro de límites claros.  

No preguntes»¿quieres bañarte?» (porque la respuesta será no), sino «¿te bañas antes o después del cuento?»  

El límite (hay que bañarse) no se negocia, pero la forma sí. 

4. Explica el porqué, pero no esperes que siempre funcione.  

Con Álvaro, explicarle que necesitábamos irnos porque papá había cocinado y la comida se enfriaría era suficiente.  

Con Paloma, podías explicarle que el parque iba a cerrar y se lo iba a llevar un camión, y ella te miraba como diciendo «pues que venga el camión, yo me quedo». 

5. Mantén la calma (o al menos aparéntalo).  

Los niños se regulan emocionalmente a través de nosotros.  

Si entras en pánico o en rabia, ellos también.  

Si mantienes la calma –aunque por dentro estés contando hasta mil– ellos eventualmente también se calman. 

6. Elige tus batallas.  

No todo merece una guerra.  

¿Quiere ponerse la camiseta al revés? Problema suyo.  

¿No quiere ponerse el cinturón del coche? Eso no se negocia.  

Aprende a distinguir qué es importante de verdad. 

7. A veces, simplemente hay que aguantar.  

Puede que haya rabietas. Puede que haya gritos.  

Y habrá momentos en los que tengas que cargar con un niño bajo el brazo mientras todos los demás padres del parque te juzgan o te miran con compasión.  

Forma parte del trabajo.  

No significa que hayas fallado; significa que tienes un niño con personalidad fuerte. 

8. Se coherente.  

Si hoy dices que no a algo y mañana dices que sí porque estás cansada, estás enseñándoles que cederás si insisten lo suficiente.  

Y créeme, para eso los niños tienen mucha más resistencia que sus padres. 

9. Después de la tormenta, habla.  

Una vez que todos os hayáis calmado, habla con tu hijo sobre lo que pasó.  

No para regañar, sino para ayudarle a entender sus emociones: «Estabas muy enfadada porque querías seguir jugando, ¿verdad? Yo también me enfado cuando tengo que dejar algo que me gusta. Pero a veces tenemos que hacer cosas, aunque no nos apetezcan.» 

10. Sé humana.  

A veces vas a perder los nervios. A veces vas a gritar. A veces vas a hacer exactamente lo contrario de lo que todos losexpertos recomiendan. Pide perdón cuando te equivoques, igual que esperas que ellos lo hagan.  

Los niños no necesitan padres perfectos; necesitan padres reales que se esfuerzan por hacerlo bien. 

He sobrevivido para contarlo

Álvaro y Paloma nunca tuvieron rabietas en el sentido clásico de tirarse al suelo en medio del supermercado y patalear. Pero eso no significa que todo fuera fácil. Significó aprender a bailar con dos ritmos completamente diferentes, a veces al mismo tiempo. 

Hoy, años después de aquella tarde en el jardín de Bruselas, Álvaro es un adolescente reflexivo que todavía responde bien al diálogo y la razón. Paloma es una niña que sabe exactamente lo que quiere; y puede que llegue mucho más lejos que su hermano precisamente porque nunca ha dejado que nadie –ni siquiera su madre– le diga qué tiene que querer. 

¿Los he criado bien? No lo sé. Algunos días pienso que sí, otros estoy segura de que los he traumatizado de por vida con mis errores. Pero ambos son buenas personas, empáticas, cariñosas y con un fuerte sentido de lo que está bien y mal. 

Y sí, los dos aprendieron a venir cuando mamá dice que es hora de irse. Álvaro porque entendió las razones. Paloma porque eventualmente decidió que cooperar era más conveniente que ser cargada como un saco de patatas. 

Quizás se trata de eso: no de criar niños perfectamente obedientes, sino de criar personas que sepan navegar por el mundo con su propia brújula, incluso cuando esa brújula apunte en direcciones que te pongan los pelos de punta. 

Y si alguna vez tienes que salir del parque con un niño bajo el brazo, recuerda: no estás sola. Yo he estado ahí y he llegado a reírme de ello… eventualmente. 

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