Del “confía en mí” al “recalculando”: GPS, teléfono y coche sin dramas

Unas manos al volante, conduciendo con GPS en un teléfono móvil en un soporte, al lado.

Aquella tarde de sábado empezaba con una promesa muy sencilla: ir a comer a un restaurante “monísimo y muy fácil de encontrar”. Eso me aseguró Juan, que siempre dice que todo es “facilísimo” justo antes de perderse.

Yo, que ya lo conozco, pregunté:

—¿Tienes la dirección?
—Claro —dijo, sacando el móvil—. Lo pongo en el GPS y nos guía. ¿Qué puede salir mal?

Un adelanto: todo.

El enredo empieza con “Recalculando ruta…”

Diez minutos después, el coche avanzaba por una carretera que solo conocían las cabras de la zona y quizá algún asesino en serie aficionado al senderismo extremo. El GPS, con esa voz dulce y psicópata que tienen algunos, repetía:

“Gire a la derecha. Gire a la derecha. Gire a la derecha.”

A la derecha solo había un barranco y un arbusto de aspecto hostil.

—Si giro a la derecha, terminamos en el telediario —le dije a Juan— y no de invitados.

Juan, que confiaba ciegamente en la tecnología, insistía en que “el aparato sabe lo que hace”. Yo, que confío más en la geografía básica y en seguir viva, tomé la primera salida lógica que vi. El GPS se sintió personal y dramáticamente traicionado.

“Recalculando ruta…”

A esas alturas ya llevábamos quince minutos oyendo “recalculando ruta”, como si nuestra vida entera estuviera mal trazada. Qué igual sí, pero ese día solo queríamos una paella.

Lo más divertido —ahora, porque en el momento no hacía ninguna gracia— es que habíamos pasado por delante de tres carteles enormes con flechas clarísimas hacia el pueblo. Tres. Pero íbamos tan pendientes de la pantallita que los ignoramos como si fueran decoración.

Fue en ese preciso instante cuando decidí que alguien tenía que hablar seriamente del tema.

¿Cuándo el GPS es tu mejor amigo… y cuándo es una pérdida de tiempo (y de neuronas)?

Antes de renegar definitivamente del invento, conviene recordar que el GPS tiene sus momentos estelares, esos en los que te salva de acabar en Mordor o en una rotonda sin fin.

Lo que el GPS hace muy bien (y conviene dejarle)

1. Encontrar direcciones que no conoces de nada

Si vas a un sitio nuevo, en una ciudad grande, con calles que parecen haber sido diseñadas por un poeta con resaca, el GPS es una bendición.

Te evita:

  • Dar 18 vueltas a la misma manzana.
  • Preguntar a cinco personas distintas que te dirán cinco caminos incompatibles.
  • Acabar en una boda ajena “porque total, ya que estamos…”

Cuándo usarlo sin remordimientos:

  • Citas médicas en hospitales-laberinto.
  • Polígonos industriales donde todas las calles se llaman “Avenida de Europa”.
  • Pueblos con urbanizaciones nuevas que aún no salen en los mapas.

2. Avisarte de atascos y accidentes

Esa es otra cosa que los móviles hacen estupendamente: chivarse de lo que pasa más adelante.

  • “Accidente en 5 km”.
  • “Retención por obras”.
  • “Ruta más rápida disponible”.

No es magia, pero ayuda. Puedes decidir salir antes, cambiar de camino o, como mínimo, asumir que vas a llegar tarde y dejar de gritarle inocentemente al tráfico.

3. Guiarte de noche o con mal tiempo

De noche, bajo la lluvia, en una carretera que parece sacada de una película de miedo, tener una voz que te diga “en 200 metros, gire ligeramente a la izquierda” da cierta paz. No tanta como un chocolate caliente en casa, pero algo.

Ahora que, no quites los ojos del camino por lo que pudieras encontrarte.

Cuando el GPS se convierte en enemigo público

Volvamos a la escena del crimen: la famosa paella.

Juan y yo teníamos:

  • El GPS del coche encendido.
  • El móvil con mapa en la mano.
  • Y cero neuronas dedicadas a mirar por la ventanilla.

1. Cuando anulas por completo el sentido común

Si la pantalla dice “gire a la derecha” y tú ves:

  • Un muro.
  • Un lago.
  • Un acantilado.
  • Una calle peatonal llena de mesas de terraza y camareros corriendo.

No giras.

No hace falta haber estudiado ingeniería de caminos para entenderlo.

Lo que NO hay que hacer:

  • Forzar al coche por sitios imposibles “porque lo dice el GPS”.
  • Meterse en calles estrechísimas donde sabes, en lo más profundo de tu alma, que no vas a poder maniobrar.
  • Bloquear media ciudad porque te has quedado atravesado como un sofá en una escalera.

Regla de oro: Si el GPS y tus ojos no están de acuerdo, hazles caso a tus ojos.

2. Cuando ignoras todas las señales de tráfico

El GPS no sabe que el Ayuntamiento puso una dirección prohibida la semana pasada. Ni que han cortado la calle por obras. Ni que hoy hay procesión y el centro está cerrado.

Él, inocente, sigue su ruta.

Tú, menos inocente, ves:

  • Un cartel de “Prohibido el paso”.
  • Un policía mirándote con expresión de “ni se te ocurra”.
  • Una valla gigantesca en mitad de la calle.

Y aun así hay quien sigue adelante, murmurando: “Pero el GPS dice que por aquí”.

No, cariño. El GPS no paga la multa.

3. Cuando “ya conoces el camino” y aun así lo enciendes

Esto es muy humano y absurdo a la vez. Hay gente que se pone el GPS para ir al trabajo cada día, a casa de su madre los domingos, al supermercado de la esquina… por costumbre.

Resultado:

  • Pierdes tu propio sentido de orientación.
  • No te fijas en nada: ni en las calles, ni en los comercios, ni en los cambios.
  • Si un día te quedas sin batería, te sientes abandonado por la civilización.

Usar el GPS para todo es como usar una calculadora para sumar 2 + 2: cómodo, sí, pero a la larga quedas fatal.

¿Y el móvil en la mano? Lo que nunca, jamás, se debe hacer

Aquí ya nos ponemos serios, aunque sea en tono ligero.

Conducir mirando el móvil es:

  • Peligroso.
  • Ilegal en muchos sitios.
  • Y algo digno de que te quiten el carnet… y el teléfono.

Nunca es buena idea:

  • Escribir un mensaje mientras conduces: “Llego en 5” puede convertirse en “No llego nunca”.
  • Sujetar el móvil con una mano y el volante con la otra como si fueras un pulpo mal coordinado.
  • Consultar el mapa en plena rotonda, con seis coches detrás pitando en seis idiomas distintos.

Si vas a usar el móvil como GPS:

  1. Ponlo en un soporte antes de arrancar.
  2. Configura la ruta antes de empezar a conducir.
  3. Si tienes que cambiar algo, para en un sitio seguro.
  4. Si llevas copiloto, que sea el copiloto quien pelee con la aplicación, no tú.

Cuando el GPS es un gran sí (y te hace la vida más fácil)        

Resumiendo la parte amable:

  • ✅ Cuando conduces por zonas que no conoces.
  • ✅ Si necesitas encontrar una dirección exacta en una ciudad grande.
  • ✅ Para evitar atascos y ahorrar tiempo.
  • ✅ En viajes largos, para calcular tiempos de llegada y descansos.
  • ✅ De noche o con mala visibilidad, como apoyo extra (no como sustituto de tus ojos).

El GPS puede ayudar, claro, pero no está de más saber de antemano por dónde vamos a meternos… y por dónde preferimos no hacerlo o en qué puntos debemos tener más cuidado.

Así que, antes de lanzarnos a la aventura, lo ideal es echar un vistazo tranquilo a la ruta y planificar el viaje con un mínimo de cariño. Sobre todo, si va a llover, es de noche o no conocemos la carretera de nada.

Cuando es una pérdida de tiempo (y de paciencia)

Y ahora, la parte en la que puedes ahorrar batería y disgustos:

  • ❌ Para ir a sitios de tu rutina diaria (con la excepción de que esperes obras en la ruta)
  • ❌ En trayectos sencillos con solo dos giros y un cartel gigantesco.
  • ❌ Cuando el terreno, las señales o la policía te están diciendo claramente que no.
  • ❌ Si te impide mirar alrededor y aprender el camino.
  • ❌ Cuando te obsesionas con seguir la ruta “perfecta” y no disfrutas el viaje.

El día que la paella nos dio una lección

Volvamos a nuestro sábado de aventura.

Después de media hora de despropósitos, decidí hacer algo revolucionario:

  1. Apagué el GPS del coche.
  2. Hice que Juan bloqueara la pantalla del móvil.
  3. Bajé la ventanilla y pregunté a una señora que llevaba toda la vida en el pueblo.

La señora, que no necesitaba satélites para orientarse, nos explicó el camino con esa precisión poética de la gente de pueblo:

—Sigan recto hasta el platanero grande, luego giran a la izquierda, donde estaba antes la panadería del hijo de Manuel —que ya no existía, pero ella lo mencionó igual—, y cuando huelan arroz, ahí es.

No falló.                                    

 Cinco minutos después estábamos sentados, con la paella que habíamos encargado por teléfono delante y una lección aprendida:

La tecnología es maravillosa… siempre que tú sigas llevando el volante.

Porque al final, el GPS, el teléfono y hasta el coche son herramientas. Muy útiles, sí. Pero si les dejas decidirlo todo por ti, terminas dando vueltas en círculos, siguiendo una voz metálica que no sabe que tú lo que quieres, en realidad, es llegar a tiempo, entero… y a poder ser, con hambre suficiente para repetir paella.

Y eso, por ahora, no te lo calcula ninguna aplicación.

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