La operación militar para conseguir entradas para BTS

Detalle de la bolsa donde venían las credenciales para el asiento VIP del concierto de BTS en Madrid.

(y cómo casi acabamos con entradas para media Europa)

Diario de una Army tardía – parte 1.

Dos portátiles, tres móviles, un marido con calculadora mental y una hija que gestiona plataformas de venta como quien automatiza una fábrica. Así empezó todo.

Es media mañana y mi salón parece el centro de mando de una operación de la OTAN. Dos portátiles, tres móviles, cuatro pestañas abiertas en cada pantalla y un cronómetro compartido en el grupo de WhatsApp con Paloma. Ella está en su casa, yo en la mía, pero durante las próximas horas vamos a actuar como un solo organismo con ocho brazos y demasiada cafeína.

—Mamá, recuerda: tú abres con Bruselas y París, después pasas a Madrid. Yo cubro Londres y Madrid la vez.

—¿Y Munich?

—Munich cae luego. Yo me ocupo, uno detrás de otro. Como un atraco, pero legal.

Todo esto porque cuando anunciaron la gira, alguien decidió que los conciertos de BTS en Europa saldrían a la venta en horarios escalonados, país por país, como si fuera una carrera de relevos diseñada específicamente para volver locas a las madres con calculadora mental de usos horarios. Bueno, creo que técnicamente era a la misma hora, pero hay una diferencia de una hora entre Londres y el resto de Europa.

Como Army tiene prioridad de compra, las dos nos habíamos apuntado al club de fans —yo, más para duplicar oportunidades que por devoción real— así que técnicamente competíamos contra medio continente y, en la práctica, con nosotras mismas para no liarla.

Juan, que lo planifica todo con meses de antelación y un margen de error que raya la paranoia, entró en la cocina justo cuando Paloma estaba a punto de rematar unas entradas VIP en Londres.

—Si sacáis esas, recuerda que tienes que volar el sábado o el domingo.

—Ya lo sé.

—Tenemos el vuelo a Berlín. Y hemos planificado este viaje hace meses.

—También lo sé, Juan, pero…

—Solo digo que, si al final no llegas a Berlín por quedarte dormida en un aeropuerto de Londres, esto podría costarte un divorcio. O como mínimo, una discusión bastante desagradable.

Cancelé Londres para mi. No por el divorcio —eso lo dijo en broma, o eso quiero pensar— sino porque, efectivamente, mi agenda de esa semana ya tenía la elegancia de un juego de Tetris mal jugado.

Total, que la cosa quedó así: conseguí dos entradas de gallinero para Bruselas, felices de tenerlas aunque fuéramos a ver a BTS del tamaño de una hormiga. Descarté Londres por el ultimátum matrimonial y Paloma compró una por si acaso. Tuve la opción de entrar a la venta de París, pero justo en ese momento vi que mi posición en la lista de espera para el primer concierto de Madrid era privilegiada y que tenía oportunidad de sacar entradas de las mejores, y ahí no hubo duelo interno: dejé caer París como quien suelta una patata caliente y fui a por Madrid con todo.

Mientras tanto, en su cuartel general, Paloma —que a estas alturas ya manejaba tres plataformas de venta distintas con la soltura de quien ha automatizado media fábrica en su trabajo— consiguió cuatro entradas VIP para el segundo concierto. Cuatro. Le pregunté para qué tantas.

—Por si alguien se anima a venir.

Ese «alguien» resultaría ser importante más adelante, aunque en ese momento ninguna de las dos le dimos mayor pensamiento.

Con el subidón de la victoria y el bajón de la factura, hicimos cuentas: teníamos entradas de Bruselas, del primer concierto de Madrid y del segundo. Era demasiado, incluso para dos aficionadas con presupuesto elástico. Decidimos poner a la venta las de Bruselas, la de Londres y las del primer concierto de Madrid, al mismo precio que nos habían costado —no se trataba de hacer negocio, solo de quitarnos peso de encima.

Las de Bruselas volaron en cuestión de horas y la de Londres tampoco tardó mucho. Las del primer concierto de Madrid, no. Ni una oferta, ni un mensaje, nada. Cuando abrieron la posibilidad de transferirlas, había pasado mucho tiempo. Puede que eligiera mal la plataforma, puede que fueran demasiado caras, puede que Madrid tuviera menos urgencia revendedora que Bruselas o Londres. El caso es que ahí seguían, tercas, sin querer irse.

—Bueno —le dije a Paloma por teléfono—, pues nos las quedamos. No las vamos a tirar.

—Iremos a los dos conciertos, entonces.

—Eso parece.

Colgué pensando que había sido una tarde de más gasto del previsto y de más estrés del necesario. Lo que no sabía en ese momento —y esto lo cuento ya con la ventaja de mirar hacia atrás— es que esas entradas que nadie quiso comprarme resultarían ser, con diferencia, la mejor decisión que tomé sin querer tomarla.

Colgamos, cada una con nuestras cuatro entradas —dos días, dos conciertos, un lío de países de por medio— y con esa sensación de estar a punto de embarcarnos en algo que todavía no sabíamos bien en qué se iba a convertir.

Lo que aprendí de esta operación de alto riesgo

  1. Registrarse en el club de fans con tiempo. La ventaja de la preventa compensa el rollo burocrático previo, y cuantas más personas de tu grupo estén registradas, más oportunidades tenéis entre todas. Y, la verdad, es que en este caso, pienso quedarme.
  2. Anotar los horarios de venta por país en un solo sitio—un documento compartido, una nota de voz, lo que sea— porque en el calor del momento no vas a acordarte de nada.
  3. Repartirse los frentes. Si sois varias personas, que cada una ataque un país o una plataforma distinta; es mucho más eficaz que todas compitiendo por lo mismo a la vez.
  4. Fijar un tope de gasto antes de empezar, no a media compra, cuando la adrenalina ya te ha convencido de que necesitas entradas en tres ciudades.
  5. Antes de revender nada, esperar un poco. A veces las entradas que «sobran» son las que terminan salvando la noche.