Postal nº 5: Del arenero no lo sacaba nadie

Anverso de la postal enviada desde Kessel Lo con el arenero, canales y el edificio dedicado a la agricultura al fondo.

Si buscabas a Álvaro, estaba en el arenero. No había forma de sacarlo de allí, ni atado. Llenaba de arena las vagonetas colgantes, las llevaba a otro sitio, las vaciaba y vuelta a empezar.

Era el Provinciedomein de Kessel-Lo, en Lovaina, y para un niño pequeño era el paraíso: columpios, todo tipo de estructuras para trepar, tubos y toboganes, un lago con barcas, una pista de tráfico con semáforos, pasos de cebra y pasos a nivel para conducir cochecitos de pedales, y unos canales con compuertas que se abrían y cerraban para mandar el agua por donde uno quisiera. Abajo, un tornillo de Arquímedes volvía a subirla. (El parque sigue allí, renovado y con la entrada gratuita, por si alguien pasa por Lovaina con niños.)

Ese tornillo era lo único capaz de apartar a Álvaro de la arena. Solo un rato: después, vuelta al arenero. Yo, viéndolo, ya me imaginaba un ingeniero en casa. Al final, la ingeniera fue su hermana.

Íbamos un par de veces al mes, y en vacaciones, tres o más veces por semana. Juan vino algún fin de semana, y con él salimos a remar en barca. Las primeras veces jugué con los niños para enseñarles cómo funcionaba todo. Después los dejaba jugar, y yo me quedaba de pie, cerca, sin quitarles ojo.

En verano encendían la fuente de botones: saltabas sobre uno y el agua salía más o menos alta según la fuerza del salto. Mis hijos descubrieron enseguida su deporte favorito: mojar a mamá. Una pena que solamente tuvieron un verano para practicarlo.

Hoy son adultos, y todavía se acuerdan del arenero. Yo me acuerdo de la fuente.

Kessel-Lo, hace años