Cuentas pendientes

Signos de interrogación recortados en papel, superpuestos sobre un fondo neutro, como símbolo de los enigmas, las dudas y los secretos propios de una novela de misterio.

Apostamos a ver quién resolvía antes esta novela.

Las normas las puso Leticia, que es la que pone las normas de todo. Se escribe un nombre en el grupo, con la página exacta en la que se te ha ocurrido, y no vale rectificar. La que acierte primero elige restaurante en la próxima cena. Las demás pagan su parte y se aguantan.

Éramos cuatro. Yo mandé el mío a las 23:41 de un jueves, desde la página ciento cuatro, sin emoji, que en mi grupo es la forma más agresiva que existe de puntuar una frase.

Tres de las cuatro escribimos exactamente lo mismo: es el gestor.

Que es, si lo piensas dos segundos, el mayordomo de toda la vida en versión temporada baja. El profesional discreto que entra en casa sin ser de la casa. El que conoce los papeles privados de la familia mejor que la propia familia. El que todo el mundo señala en el minuto veinte porque señalarlo no cuesta nada. En Puntalmar no hay mayordomos, claro: hay una gestoría estrecha con dos sillas y una persiana a medio subir. Pero la figura es la misma y el reflejo del lector también.

Paz escribió otro nombre. Paz siempre escribe otro nombre.

Y lo mejor de todo es que ni siquiera es verdad lo del mayordomo. En 1928, S. S. Van Dine publicó veinte reglas para escribir novela policiaca y la número once prohibía expresamente que el culpable fuera un criado: le parecía la salida fácil, y sostenía que el culpable tenía que ser alguien de peso, de quien nadie sospecharía. Dos años después, Mary Roberts Rinehart se la saltó alegremente en The Door, que he leído en inglés, y no conozco versión española. De ahí arranca un chiste que llevamos un siglo repitiendo. En las novelas clásicas el mayordomo casi nunca lo hizo. El tópico nació justo de lo contrario: de que era la respuesta perezosa.

Nosotras fuimos a por la respuesta perezosa.

Y acertamos. Esa es la parte humillante del asunto: acertamos las tres, con nombre y apellidos, y ninguna necesitó pasar de la mitad del libro. La novela nos lo puso en la mano, envuelto para regalo, y nos dejó celebrarlo.

Lo que pasa es que llevábamos ciento cuatro páginas resolviendo el crimen equivocado.

De qué va, y no cuento más

Cuentas pendientes, de Natalia Zumbria, empieza con una mujer abriendo ventanas.

Pilar Abrantes lleva treinta y un años siendo inspectora de Hacienda y acaba de jubilarse. Se ha comprado una casa frente al mar en Puntalmar, un pueblo costero que en los noventa presumía de ser una joya y que ahora tiene el cartel de la entrada oxidado y corregido con espray. La casa huele a pintura nueva y a salitre, y a Pilar le parece sospechoso justamente por eso: «no es una casa: es un folleto».

A los catorce minutos de intentar no hacer nada se rinde. Antes de eso ya ha ordenado el especiero por orden alfabético, con la solemnidad de quien archiva un expediente urgente. Cuando la vecina de al lado aparece con un bizcocho de limón y una montaña de papeleo que no sabe por dónde coger, Pilar se ofrece a ayudarla con lo aburrido: los recibos de la casa, la parte que no le importa a nadie.

Y entre esos recibos hay una factura que no cuadra.

Ahí me paro. He reescrito este apartado tres veces para no darte ni un avance de más, y ya te he dicho bastante más de lo que me habría gustado. Del cómo, del cuándo y sobre todo del para qué, ni una palabra. Confía en mí, que para eso he perdido una apuesta.

Precio aproximado: 4,50 € (versión kindle)

Pilar Abrantes se ha pasado treinta y un años cazando fraudes.
Ahora está jubilada en Puntalmar, un pueblo blanco frente al mar,
y lo único que quiere es silencio.

Entonces su vecina Marisol, viuda reciente, le pide ayuda con los
papeles de la herencia. Solo hay que ordenar facturas antes de
llevarlas al gestor. Un favor entre vecinas.

A la tercera carpeta, algo no cuadra.

Si te gustan las detectives que no van armadas, los pueblos donde todo el mundo se conoce demasiado bien y las tramas que se cocinan a fuego lento, aquí empieza una.

Este es el primer misterio de Pilar abrantes.

Para quién es

  • Si lo tuyo es la novela negra pausada, doméstica, sin un solo tiro y con una protagonista de sesenta y muchos: aquí hay una fiesta.
  • Si necesitas un cadáver cada cincuenta páginas: no. Aquí hay una jubilada, un talonario de facturas y una planta de albahaca.
  • Si te gusta adivinar el final antes que nadie: por favor, léela. Y móntate la apuesta. Es mucho más divertido perder acompañada.

Lo que nos gustó a las cuatro

Que coincidamos las cuatro en algo es más raro que el propio misterio, así que empiezo por ahí.

La idea de partida es de esas que dan rabia no haber tenido una: una detective que no interroga, audita. Pilar no persigue a nadie por ningún callejón. Lee. Ordena por fechas, luego por conceptos, luego otra vez por fechas dentro de cada concepto. Su oficio no es sospechar de la gente: es sospechar de los papeles que cuadran demasiado bien.

En la primera escena le devuelven quince céntimos de más en la panadería. No pasa nada con esos quince céntimos, y ese es exactamente el asunto: los imperios no se caen por la cifra pequeña, se caen por la persona que decide que la cifra pequeña no merece mirarse dos veces. La novela entera cabe en esa frase, y está en la página diez.

Nos gustó también el juego limpio. Zumbria no esconde nada en un cajón para sacarlo en el último capítulo. Te lo enseña todo, con calma, muy pronto, y confía en que mires donde ella quiere que mires. Lo hace tan bien que las cuatro miramos donde ella quería. Las cuatro, y con una seguridad en nosotras mismas que ahora resulta bastante cómica.

Y nos gustó que aquí no hay violencia en escena, ni persecuciones, ni nadie corriendo. Hay dos mujeres de cierta edad sentadas a una mesa de cocina, un pueblo en temporada baja y una libreta comprada en un Rastro veinte años antes de que hiciera falta. Con eso te tiene despierta hasta las once y media de la noche igual.

En lo que no nos pusimos de acuerdo

Aquí se acabó la unanimidad, y creo que eso también dice algo bueno del libro.

El tramo central. Chelo y yo lo encontramos largo. Hay unas cuantas páginas, más o menos entre el capítulo ocho y el doce, en las que Pilar da vueltas alrededor de las mismas sospechas y yo me descubrí pasando páginas con el pulgar más rápido de lo que la autora tenía previsto. Leticia y Paz nos dijeron, con toda la razón del mundo, que ese ritmo es el del personaje y el del pueblo, que una mujer que ordena el especiero por orden alfabético no puede investigar a saltos, y que si el centro fuera ágil sería otro libro y probablemente peor. Sigo pensando lo mío. Reconozco que su argumento es mejor que el mío.

Lo que sobra. Leticia y Chelo señalaron cada una un par de escenas prescindibles, y no coincidieron ni en una. Paz y yo no encontramos ninguna. Que dos lectoras atentas propongan recortes distintos y sin solaparse suele significar que no sobra tanto como parece: significa que a cada una le interesa una cosa.

Las llamadas de teléfono. Pilar consulta de vez en cuando con una antigua compañera de Madrid, todavía en activo. A Leticia le chirriaron: le parece que ahí la novela se explica a sí misma y que se nota la costura. A las otras tres nos parecieron de lo mejor del libro. La relación entre las dos tiene una calidez estupenda, con esa mezcla de bronca y cariño que solo existe entre alguien que te enseñó el oficio y alguien que ya no te necesita para hacerlo. Tres contra una es injusto, pero es lo que hay.

El tic de las gafas. Pilar se sube las gafas a la frente cada vez que algo le pide atención. Paz las contó. Paz cuenta cosas, es su manera de leer. A las demás nos pareció un gesto de personaje bien puesto, de esos que acabas reconociendo como reconoces la tos de tu padre. A Paz le pareció que en la segunda mitad se le va un poco la mano. Las cuatro estuvimos de acuerdo en una cosa: que Paz debería dedicarse a otra cosa mientras lee.

Lo que aprendí

Que me pasé media novela compitiendo con ella en vez de leyéndola.

Yo quería ganar. Quería mandar mi mensaje a las 23:41, elegir restaurante y que Leticia tuviera que reconocerlo por escrito. Y como quería ganar, leí el libro como si fuera un cuestionario: buscando el dato, saltándome lo que no parecía dato, subrayando mentalmente lo que podía servirme de prueba. Encontré lo que buscaba, además. Con puntería. Y se me pasó por completo lo demás, que era, precisamente, donde estaba el libro.

Van Dine tenía razón en 1928 y la sigue teniendo: señalar al mayordomo es una solución demasiado fácil. Lo que él no dijo, porque escribía reglas para autores y no para lectoras con exceso de confianza, es que la solución fácil a veces también es correcta. Y que acertar no es lo mismo que entender.

Mi yo interno, que rara vez tiene la delicadeza de callarse, me hizo la pregunta fea a las tres de la mañana: ¿cuántas veces leo así a la gente? Cogiendo lo que hace, ordenándolo, sacando el total y dando la columna por buena sin preguntarme ni una sola vez qué hay debajo.

Y luego está lo otro, que me dejó más tocada de lo que esperaba. Los catorce minutos. Una mujer que ha sido excelente en algo durante treinta y un años, y a la que un martes por la mañana le quitan el sitio donde eso servía para algo. No es un drama, nadie se muere de eso, y la novela tiene el buen gusto de no convertirlo en lección. Pero se queda ahí, encima de la mesa de la cocina, por si te apetece cogerlo.

Esto no es un club de lectura, y ahí está la gracia

Lo aclaro porque cada vez que lo cuento alguien asiente muy contento y dice «ah, qué bonito, un club de lectura». Y no. Un club de lectura tiene fecha, tiene turno de palabra, tiene a alguien poniendo algo de picar y a alguien más llegando sin haberse terminado el capítulo doce y disimulando durante hora y media. Yo estuve en uno. Duré dos meses y salí con la sensación exacta de haber suspendido una optativa.

Esto es otra cosa mucho más barata. Cuatro personas compran el mismo libro y ya está. Sin convocatoria, sin quórum, sin anfitriona. Cada una lee a su ritmo, se escribe en el grupo cuando apetece, y la apuesta existe sobre todo como excusa para escribir.

Y funciona por razones que no me esperaba. La primera es que lees más despierta: sabes que alguien va a preguntar, así que miras. La segunda, que es la buena, es descubrir que cuatro personas leen cuatro libros distintos con exactamente las mismas páginas delante. Paz contó todas las veces que se menciona un gesto que a mí me pareció natural todas ellas. Chelo se salta las descripciones y aun así vio algo que yo, que no me salto nada, no vi. Y la tercera es la más tonta y la más importante: te da un tema que no es el trabajo, ni la espalda, ni el circuito habitual de quejas del grupo. Un asunto de fuera, puesto en el centro de la mesa, que no le pertenece a ninguna de las cuatro.

Lo mejor es que no hay que organizar nada, y por eso se puede empezar hoy. Escoges un libro al azar, mandas la foto de una portada a tres personas y esperas. Ese es el montaje entero.

Nosotras hemos cambiado las normas para la próxima. Ahora se escriben dos nombres: el de la persona y el de la pregunta que crees que está haciendo el libro.

Leticia dice que así no hay competición posible.

Leticia, con todo el cariño, es que de eso se trataba.