
Esta postal empieza con una conspiración entre hermanos. Paloma decidió que su madre tenía que ver jugar a Carlos Alcaraz, consiguió entradas para la Copa Laver y eligió la sesión un poco a ciegas, porque el torneo lo conocía más bien poco. Álvaro, que se apunta a cualquier plan que lleve raqueta, ni preguntó.
El sábado allí estábamos los tres, en el O2 de Londres, frente a esa pista negra que parece una pizarra recién borrada. Teníamos los asientos tan cerca que el pabellón parecía mucho más pequeño de lo que es. A Alcaraz lo vi, eso sí: salió con todos los demás en la presentación de los equipos. Luego vimos dos partidos muy buenos, los dos decididos en el desempate final. Europa perdió los dos.
Alcaraz jugaba en la sesión de la noche. Álvaro, ya puestos, miró si quedaban entradas. Quedaban, a un precio tan prohibitivo que me hizo decir que de ninguna manera. Así que nos fuimos los tres a cenar a un restaurante coreano. Mientras tanto, él ganaba salvando dos bolas de partido.
El domingo, Paloma y Álvaro volvieron sin mí. Europa ganó la Copa. No saco conclusiones; me limito a exponer los hechos.
Pero de este fin de semana no me quedo con el marcador. Me quedo con que mis hijos montaron todo esto pensando en mí, y con una cena a tres que me supo mejor que cualquier bola de partido. Alcaraz y yo, eso sí, tenemos un partido pendiente.
Londres, septiembre de 2026

