Postal nº 3: Lo mejor de Berlín llevaba cuatro ingredientes

Ilustración de estilo postal antigua: un plato blanco de pasta larga con una salsa ligera de mantequilla y queso, cubierta de abundantes láminas finas de trufa negra, sobre un mantel blanco con un tenedor al lado.

Berlín, eso sí, nos dio currywurst. Me gustó por lo distinto que es de un perrito caliente, y porque las salchichas berlinesas están francamente ricas.

Lo mejor llegó uno de los últimos días, cuando ya habíamos agotado (o abandonado) la lista de restaurantes pendientes.

El restaurante con estrella Michelin tenía que estar justo ahí, según el mapa. Pero lo único que Juan y yo veíamos era la entrada de servicio de un hotel, con sus contenedores de basura, y no nos atrevimos a meternos en aquel patio. Más tarde, en la web del restaurante, descubrimos que sí: se entraba por ahí.

Entramos en un italiano de Friedrichstraße, a menos de diez minutos de aquel patio de contenedores, y pedí una pasta que se parecía mucho a mi Alfredo, quizá con menos mantequilla y más agua de cocción que la mía. El maître la sirvió en la mesa y laminó la trufa por encima, delante de mí. La trufa ayudó, no lo niego. Pero lo memorable fue la pasta: en su punto exacto, con el queso en la proporción perfecta.

Pregunté qué llevaba. Pasta, queso, mantequilla y agua de cocer la pasta. Nada más.

En casa tengo dos versiones: la Alfredo, que es exactamente eso, y la Alfredo fortissimo, que lleva nata, ambas traídas de Estados Unidos. Pero la mejor de mi vida no me la comí en Italia ni en Estados Unidos, sino en Berlín. Con cuatro ingredientes y trufa.

Berlín, julio de 2026