Prueba a ver si beber agua caliente le sienta bien a tu cuerpo

Un chorro de agua caliente cayendo sobre una taza.

Ahora mismo, tu cuerpo está a unos 37 °C. Es una temperatura que mantenemos con un esfuerzo constante: el corazón bombea, los músculos tiemblan imperceptiblemente, las células queman glucosa sin descanso. Todo para mantener ese número. Y, sin embargo, cuando tienes sed, lo más probable es que bebas algo frío, a veces helado.

¿Te has preguntado alguna vez qué pasa cuando obligas a tu cuerpo a calentar es agua desde los 4 °C del frigorífico hasta los 37 °C de tu interior?

Durante miles de años, la mayoría de los seres humanos bebieron agua a temperatura ambiente o caliente. El agua fría era un lujo raro, reservado para quienes vivían cerca de manantiales de montaña o podían permitirse hielo. La nevera doméstica tiene apenas un siglo de historia. En términos evolutivos, es un parpadeo.

La física del primer sorbo 

Imagina que tu estómago es una olla. Cuando viertes agua fría, la olla tiene que encender el fuego para devolverla a la temperatura de trabajo. No es un esfuerzo enorme, ya que hablamos de unas pocas calorías, pero tampoco es gratis. Los vasos sanguíneos de la zona digestiva se contraen ligeramente para conservar el calor, y la sangre se redirige hacia el centro del cuerpo. Es el mismo reflejo que sientes cuando metes los pies en el mar en marzo: el cuerpo se repliega.

El agua caliente hace lo contrario. Los vasos se dilatan, la sangre fluye con más libertad y los músculos lisos del tubo digestivo se relajan. Es como la diferencia entre intentar doblar una barra de chocolate recién sacada de la nevera y una que ha estado al sol: la primera se parte, la segunda cede.

Lo que sabemos (y lo que no) 

Aquí es donde debemos ser honestos. La ciencia sobre el agua caliente es sorprendentemente escasa. No porque el tema no interese, sino porque es difícil de estudiar: ¿cómo haces un ensayo a ciegas cuando el participante nota perfectamente si el agua está caliente o fría?

Lo que sí tenemos son estudios sobre hidratación y temperatura del agua que nos dan pistas indirectas. Investigadores de la universidad de Cardiff demostraron en 2008 que las bebidas calientes alivian los síntomas del resfriado —congestión, dolor de garganta, fatiga— mejor que las tibias. El efecto no era solo placebo: las mediciones de flujo nasal mejoraban objetivamente. El vapor húmedo suelta la mucosidad, y el calor parece estimular las terminaciones nerviosas de la garganta de una forma que reconforta.

También sabemos que los líquidos calientes aceleran ligeramente el vaciado gástrico. Un estudio publicado en el Journal of Neurogastroenterology and Motility encontró que el agua a 60 °C pasaba del estómago al intestino más rápido que el agua a 4 °C. La diferencia no era dramática pero era consistente. Para alguien con digestiones lentas o pesadas, podría significar una diferencia real.

En cuanto a los beneficios más ambiciosos que a veces se atribuyen al agua caliente, como la desintoxicación del cuerpo, adelgazar o rejuvenecer la piel, la evidencia es mucho más débil. Tu hígado y tus riñones llevan millones de años perfeccionando el arte de la desintoxicación; no necesitan ayuda de la temperatura del agua. Y aunque mantenerse hidratado es bueno para la piel, no hay nada mágico en que el agua esté caliente.

¿Y si le añado té, café o hierbas? 

Es una pregunta que surge naturalmente. Si el calor s lo que importa, ¿no daría igual beber una manzanilla, un té verde o un café con leche? La respuesta es: depende de qué efecto busques..

Los beneficios que vienen de la temperatura —la vasodilatación, el alivio de la congestión, la relajación del tubo digestivo— son prácticamente los mismos con cualquier líquido caliente. Tu cuerpo no distingue si el calor viene del agua sola o de una infusión de menta. En ese sentido, una taza de té caliente hace el mismo trabajo térmico que el agua.

Pero el té, el café y las infusiones de hierbas añaden compuestos que el agua no tiene, y eso cambia la ecuación. El café y el té contienen cafeína, un estimulante que acelera el sistema nervioso y tiene un efecto diurético suave. Si lo que buscas es calma digestiva a primera hora de la mañana, la cafeína puede llevarte en dirección contraria: aumenta la acidez gástrica y, en algunas persons, acelera el tránsito intestinal de forma poco cómoda. El agua caliente sola no tiene ese efecto secundario.

Las infusiones de hierbas ocupan un terreno intermedio. Una manzanilla o una tila no tiene cafeína y aportan compuestos con propiedades suave: la manzanilla contiene apigenina, que parece tener un efecto relajante modelo; el jengibre puede aliviar las náuseas. Pero estos efectos son adicionales al calor, no sustitutos. Si lo único que te interesa es el beneficio térmico, el agua sola es la opción más limpia; sin cafeína, sin taninos que puedan irritar estómagos sensibles, sin calorías si evitas el azúcar.

Hay otro matiz que merece atención. El agua caliente sola te obliga a beberla despacio y con atención, porque no hay sabor que enmascare nada. Con el café o el té, es fácil dar sorbos mecánicos mientras trabajas o miras el móvil. El agua caliente, en su sencillez, invita a una pausa más deliberada. Puede parecer un detalle menor, pero los rituales funcionan precisamente por esos detalles.

El ritual importa 

Hay algo que los estudios no capturan bien: el efecto de un ritual. Sentarse con un vaso de agua caliente por la mañana, antes de que empiece el ruido del día, tiene un componente casi meditativo. El calor en las manos, el vapor que sube, la necesidad de beber despacio porque no puedes engullirla de golpe. Es un pequeño paréntesis de atención.

En medicina tradicional china y en el ayurveda indio, el agua caliente ocupa un lugar central. No como medicina, sino como práctica de cuidado diario. Occidente tiende a buscar la molécula activa, el compuesto químico que explica el efecto. Pero a veces el efecto está en el gesto, en la pausa, en la intención de tratarse bien.

Si quieres probarlo 

La temperatura ideal está entre 50 y 60 °C, lo bastante caliente para sentir el calor pero sin que te quemes la lengua. Una buena prueba: si puedes meter el dedo sin retirarlo inmediatamente, está bien. El agua hervida (100 °C) está demasiado caliente y puede dañar el esófago con el tiempo. La Agencia Internacional para la Investigación del Cancer clasifica ls bebidas muy calientes, por encima de 65 °C, como probablemente carcinógenas. No hace falta correr ese riesgo; el agua tibia funciona igual de bien.

El mejor momento es por la mañana, en ayunas, o unos veinte minutos antes de las comidas. Un vaso es suficiente. Puedes añadir una rodaja de limón si prefieres algo de sabor, aunque entonces ya no es estrictamente agua sola. Bebe despacio, No es una carrera.

Por qué merece la pena pensarlo 

El agua caliente no va a curarte de nada ni a transformar tu salud. Pero puede hacer que tu digestión sea un poco más suave, que un resfríalo se sienta un poco más llevadero, que el inicio del día tenga un momento de calma. Son cosas pequeñas. A veces las cosas pequeñas, repetidas cada mañana durante años, acaban importando más de lo que parece.

Así que la próxima vez que vayas a la nevera a por agua fría, quizá merezca la pena encender el hervidor. No por magia, no por moda, sino por algo más sencillo: tu cuerpo lleva millioned de años esperando agua a temperatura ambiente. Darle eso de vez en cuando es, en cierto modo, volver a casa.

Nuestros Temas