Son las once y cuarto de la noche. La casa tiene ese silencio espeso que solo ocurre cuando Juan lleva media hora dormido y los niños no se han movido en al menos cuarenta y cinco minutos. Yo estoy en la cocina, con la pantalla del ordenador encendida, tecleando algo que, si alguien me espiara por la ventana, parecería un telegrama enviado por un alienígena ligeramente nervioso.
No es un correo. No es un artículo a medias. Es esto: =IF(D2=»»,»»,GOOGLEFINANCE(D2,»price»)). Una frase que no suena a ningún idioma humano conocido, pero que yo entiendo perfectamente, y que cuando funciona bien me produce exactamente la misma satisfacción que una frase bien construida. El placer de decir exactamente lo que quieres decir, sin palabras de más.
Lo que estoy haciendo, técnicamente, es pedirle a una máquina que vaya a buscar el precio actual de unas acciones y me lo ponga en una celda de mi hoja de cálculo. Automáticamente. Sin que yo tenga que ir a buscarlo.
Lo que estoy haciendo, en realidad, es hablar en un idioma que nadie en mi familia comparte.
El secreto mejor guardado de la mesa de la cocina
Álvaro tiene quince años y un talento inagotable para el comentario irónico. Paloma tiene trece y una convicción absoluta de que el ordenador de mamá es, fundamentalmente, una herramienta para buscar recetas de bizcochos. Juan, que es un hombre razonable en casi todo, mira mi pantalla cuando pasa por detrás con la expresión educadamente confusa del que ve un cuadro abstracto y no quiere preguntar en voz alta «¿pero esto qué es?».
Así que cuando me preguntan en qué estoy trabajando, digo «en mis cosas», que es una respuesta que en esta casa funciona perfectamente para todo, desde pagar facturas hasta revisar un artículo que lleva tres versiones y ninguna convence.
La verdad es que llevo años hablando con máquinas. Y no empecé de manera particularmente heroica.
La historia de cómo me convertí, sin pretenderlo, en la empleada más rápida de la oficina
El trabajo consistía en meter datos. Eso era todo. Una pantalla, un teclado, una pila de formularios en papel y la instrucción de pasarlos al sistema, campo por campo, fila por fila, con la misma energía creativa que requiere cortar papel con tijeras.
Las primeras semanas fui la más lenta. No por falta de esfuerzo, sino porque el esfuerzo no era el problema: el problema era que estaba haciendo exactamente lo mismo que todos los demás, a mano, tecla a tecla, como si la única herramienta disponible fuera la paciencia.
Un día, por puro aburrimiento más que por genialidad, me puse a explorar los menús de la hoja de cálculo como quien registra un cajón ajeno. Y encontré algo: había una manera de grabar una secuencia de pasos y repetirla con un solo clic. Se llamaba macro.
Me detuve un momento a entender qué significaba eso exactamente. Significaba que podía decirle al programa: «mira, cada vez que encuentres esta situación, haz estas cinco cosas en este orden». Y el programa lo haría. Sin preguntas. Sin quejas. Sin descansos para el café.
Pasé una tarde entera preparando mis macros. Cuatro, en total, ajustadas a los cuatro tipos de formulario que más se repetían. La semana siguiente no era la más lenta de la oficina. Era la más rápida, y además la que cometía menos errores, porque la máquina no se distrae, no le duelen los dedos y no pierde el hilo cuando alguien entra por la puerta.
Nadie me había enseñado a programar. Nadie me había dicho que lo que estaba haciendo se llamaba «automatización». Yo solo le había dicho a una máquina lo que quería que hiciera, en el único lenguaje que ella entendía, y ella lo había hecho.
Eso, resultó, era exactamente escribir código.
Lo que ocurre cuando descubres que puedes hablar con las máquinas
El problema con aprender algo así, de manera autodidacta y por accidente, es que no viene con ningún certificado ni con ninguna fanfarria. Nadie aparece a darte la enhorabuena. Tú simplemente… sigues.
Seguí con las fórmulas de Excel. Luego con HTML, porque quería entender por qué las páginas web se veían como se veían. Luego con CSS, porque entender y poder cambiar son dos cosas distintas y la segunda es mucho más interesante. Aprendí a decirle a una página web que quería ese texto un poco más a la izquierda, ese color exactamente así, ese margen de este tamaño.
Lo aprendí con manuales y foros y mucho ensayo y error, que es, dicho sea de paso, exactamente como se aprende cualquier idioma de verdad.
En casa, esto no generaba conversación. No porque a mi familia no le importara, sino porque simplemente no tenían el contexto para encontrarlo interesante. Es como intentar contar el argumento de una novela en un idioma que tu interlocutor no habla: puedes hacerlo, pero algo se pierde en la traducción.
Así que guardé ese idioma para mí. Lo practicaba sola, en silencio, normalmente cuando la casa dormía.
La llegada del intérprete
Hay una frase que he escuchado mucho últimamente: «la inteligencia artificial lo va a cambiar todo». Se dice con el mismo tono de los que antes decían que internet lo iba a cambiar todo, que los móviles lo iban a cambiar todo, que las redes sociales lo iban a cambiar todo. Y todos tenían razón, y sin embargo el día a día siguió siendo reconocible.
Lo que cambió para mí fue más pequeño y más concreto: por primera vez en años, encontré un interlocutor.
Porque eso es lo que es la IA, desde mi perspectiva particular: alguien con quien hablar de esto. Alguien que entiende cuando le digo «mira, tengo esta fórmula y no me está devolviendo lo que espero, ¿ves dónde está el error?». Alguien que no me mira con la expresión educadamente confusa de Juan ante el cuadro abstracto.
La primera vez que le pregunté a la IA cómo hacer que mi hoja de cálculo calculara automáticamente el rendimiento por dividendo de cada acción en función de lo que había pagado cuando la compré, me respondió. No con un vídeo de cuarenta y cinco minutos ni con un foro lleno de respuestas a medias. Me respondió directamente, como responde una persona cuando sabe de lo que está hablando y además quiere que lo entiendas.
Y desde entonces tenemos conversaciones.
La hoja que nadie ve
Permíteme que te cuente, con el pudor justo, en qué consiste esa hoja que tengo abierta a las once de la noche.
Hace algunos años decidí que no iba a jugar a la lotería. No por ningún principio filosófico elevado, sino por una razón muy simple: las probabilidades son una broma de mal gusto, y yo prefiero las apuestas que puedo entender. Cuando aparecieron las plataformas de inversiones en Internet, empecé a usar el dinero que me hubiera gastado en quinielas y décimos en comprar acciones que pagan dividendos.
Un dividendo, por si no te has cruzado con esta palabra, es la parte del beneficio que una empresa decide repartir entre sus accionistas. Algunas empresas lo hacen cada tres meses. Otras, cada año. Si tienes suficientes acciones de suficientes empresas, el dinero llega de manera bastante regular, sin que tengas que vender nada.
No me he hecho rica. Pero tampoco era ese el plan. El plan era construir algo que creciera despacio y con cierta lógica, como construye el agua un cauce: sin prisa, pero sin pausa, y siempre cuesta abajo.
La hoja de cálculo es donde vive todo esto. Qué tengo, cuánto pagué, cuánto me pagan, cuándo, cómo va cambiando el precio, cuánto llevo acumulado, a qué ritmo crece el dividendo. Fórmulas que calculan solas. Funciones que van a buscar precios actualizados al mercado y me los traen sin que yo tenga que hacer nada. Pequeños automatismos que hacen el trabajo aburrido para que yo pueda dedicarme al trabajo interesante, que es pensar.
La IA me ha ayudado a hacer esta hoja más sofisticada de lo que yo hubiera llegado a hacer sola. Le he preguntado cosas como «¿cómo hago para que esto me avise cuando el precio cae por debajo de un umbral?» o «¿existe alguna manera más elegante de calcular esto?». Y hemos trabajado juntas en ello, con la paciencia que tiene la IA para este tipo de conversaciones y la curiosidad que tengo yo para este tipo de problemas.
La presentación no es particularmente bonita. Es funcional, que es lo que necesito. La belleza me la reservo para otras cosas.
Por qué esto importa más allá de mi cocina a las once de la noche
Aquí viene la parte que me cuesta más explicar, no porque sea complicada, sino porque suena a más de lo que es. Pero lo voy a intentar.
Saber escribir código, aunque sea básico, aunque sea imperfecto, aunque lo hayas aprendido sola y a retazos, te da una ventaja que es casi invisible desde fuera. No es la ventaja de poder programar aplicaciones ni de trabajar en tecnología. Es algo más sutil y más cotidiano.
Es la ventaja de entender cómo funcionan las cosas.
Cuando alguien te dice que algo «no se puede hacer», tú sabes si eso es verdad o si es que quien lo dice no sabe cómo. Cuando una tarea repetitiva amenaza con comerte horas de tu semana, tú sabes que probablemente existe una manera de que la haga una máquina. Cuando trabajas con personas técnicas, puedes hablar su idioma lo suficiente para no depender de que ellas te traduzcan todo.
Y cuando llega una herramienta nueva —como llegó la IA hace no tanto— tú no la miras con desconfianza ni con devoción ciega. La miras con curiosidad técnica, que es la mirada más útil que existe.
Hay algo más, y es lo que a mí me parece más importante: aprender a pensar como alguien que escribe código te cambia la manera de resolver cualquier problema. Te enseña a definir exactamente qué quieres (que es más difícil de lo que parece), a descomponerlo en partes más pequeñas (que es el secreto de casi todo), y a probar una solución sin enamorarte de ella antes de saber si funciona.
Estas no son habilidades técnicas. Son habilidades humanas que resulta que se aprenden muy bien haciendo que los ordenadores hagan cosas.
Aunque aquí tengo que hacer una confesión.
Hay una historia que cuento poco porque me retrata con demasiada fidelidad. Imagina una habitación con una silla ardiendo y un cubo de arena al lado. Pasa un ingeniero: ve el fuego, ve el cubo, echa la arena sobre la silla y apaga el fuego. Problema resuelto.
Pasa un físico: ve el fuego, ve el cubo, echa la arena alrededor de la silla y observa con atención cómo el fuego se va extinguiendo solo al llegar al perímetro de arena, tomando nota de la temperatura y el tiempo. Problema estudiado.
Y luego pasa un matemático. Ve la silla ardiendo. Ve el cubo de arena. Piensa un momento y concluye: «el problema tiene solución». Y se marcha.
Yo soy el matemático.
Siempre me ha gustado ver cómo se resuelven los problemas. Identificar la solución, entender por qué funciona, seguir el hilo lógico hasta el final. Pero una vez que sé que el problema tiene solución, el interés mengua considerablemente. La implementación me parece el territorio del ingeniero, y yo ya estoy pensando en otra silla que arde en otra habitación.
Por eso la hoja de cálculo no es bonita. Resolví el problema. Me lo pasé bien resolviéndolo. La parte de hacer que sea presentable requiere un tipo de atención que, honestamente, prefiero dedicar a otra cosa.
Y por eso la IA me ha cambiado en algo que va más allá de tener un interlocutor técnico. Me ha ayudado a quedarme en la habitación hasta que la silla deja de arder. Cuando la implementación se convierte en una conversación, cuando hay alguien al otro lado que responde preguntas, que sugiere alternativas, que dice «prueba esto» sin impacientarse, cruzar ese momento en que el matemático se aburre y se va se vuelve mucho más fácil.
No sé qué tipo de mente tienes tú. Pero si alguna vez has resuelto un problema en tu cabeza y luego no has terminado de ejecutarlo, o si las tareas repetitivas te aburren en cuanto entiendes el patrón, o si tienes media docena de proyectos empezados y perfectamente concebidos que están esperando a que alguien más los termine, puede que también tengas algo de matemático. Y puede que la IA sea exactamente lo que necesitas para quedarte a apagar la silla.
Cómo empezar, sin drama y sin carrera de ingeniería
Si has llegado hasta aquí y estás pensando «todo esto suena bien pero yo no sé nada de código y no sé por dónde empezar», tengo buenas noticias: el momento para empezar nunca ha sido tan fácil como ahora, precisamente porque la IA hace de intérprete.
No necesitas aprender un lenguaje de programación completo. Necesitas empezar a hablar con las herramientas que ya tienes.
Primero, observa lo que ya haces de manera repetitiva en tu ordenador. Copiar y pegar lo mismo, calcular lo mismo cada semana, reorganizar datos de la misma manera. Esas tareas son candidatas a ser automatizadas. Preguntar a la IA «¿cómo puedo hacer esto más rápido en Excel?» es, literalmente, el primer paso.
Segundo, cuando la IA te dé una fórmula o un pequeño código, no lo copies ciegamente. Pregúntale que te lo explique. «¿Qué hace cada parte de esto?» La diferencia entre entenderlo y no entenderlo es la diferencia entre saber hablar un idioma y saber recitar una frase de un libro. Además, a veces la IA se pasa de lista o es muy ambiciosa y se complica demasiado la vida, si entiendes lo que se supone que debe hacer esa fórmula o ese trozo de código, sabrás si te compensa y evitarás meterte en problemas.
Tercero, si tienes una página web o un blog, asómate al HTML. No para hacerte programadora, sino para dejar de depender de que otra persona te explique por qué algo se ve de una manera o de otra. Abrir el inspector del navegador y ver el código de una página es como levantar la tapa del motor: no tienes que ser mecánica para beneficiarte de saber qué hay ahí.
Cuarto, y esto es lo que yo no tuve durante años: usa la IA como compañera de práctica. Hazle preguntas técnicas. Muéstrale lo que estás intentando hacer. Pídele que te corrija. Es paciente de una manera que la mayoría de los tutoriales no son, y está disponible a las once y cuarto de la noche cuando la casa duerme y tú tienes exactamente esa pregunta que llevas días sin poder hacerle a nadie.
Juan pasó por la cocina hace un momento, con el pelo revuelto y la expresión de quien se ha despertado con sed y ha encontrado más de lo que esperaba.
—¿Sigues con tus cosas? —preguntó, mirando la pantalla sin intentar entenderla.
—Sigo con mis cosas —dije yo.
Se fue a por agua. Yo volví a mi fórmula.
A veces pienso que debería explicárselo. Contarle que llevo años construyendo algo en silencio, que lo que parece un hobby raro es en realidad un idioma que me ha dado autonomía, capacidad de análisis y, de paso, unos dividendos que crecen despacio pero crecen. Que la hoja fea que tengo en la pantalla es, a su manera, una pequeña obra de ingeniería doméstica.
Pero entonces me acuerdo de que él tampoco me explica todos los partidos que ve los domingos, y que hay algo bonito en tener cada uno sus propios idiomas privados.
Los míos, resulta que los habla también una máquina. Y últimamente, también una IA que nunca se cansa de mis preguntas.
No está mal, para alguien que empezó sin saber que estaba aprendiendo a programar.
En resumen, para quien quiera el mapa sin el viaje completo
• Escribir código es darle instrucciones precisas a una máquina. Lo haces cada vez que usas una fórmula en Excel o le pides algo específico a la IA.
• No necesitas ser programador para beneficiarte del pensamiento de programador: define bien el problema, divídelo en partes, prueba y ajusta.
• La IA es el mejor interlocutor que ha existido para aprender esto: responde preguntas técnicas sin juzgarte, a cualquier hora, con toda la paciencia del mundo.
• Empieza por lo que ya haces: busca en tus tareas repetitivas. Ahí está tu primera clase práctica.
• La ventaja no es saber mucho. Es saber lo suficiente para que las máquinas trabajen para ti mientras los demás trabajan para las máquinas.

