La comparación es un deporte que nadie admite practicar.
Era un miércoles por la noche y el tipo de reunión de mujeres solas que empieza con “nada más que una copa” y termina tres horas después con cuatro mujeres hablando de sus vidas a una velocidad que haría palidecer a cualquier podcast. Estábamos en el reservado de siempre, con las patatas bravas a medias y la conversación en plena forma, cuando Rebeca —nuestra amiga Rebeca, la de las botas de piel que siempre parecen recién compradas— soltó, con esa naturalidad suya que te descoloca:
—Bueno, al final hemos decidido comprar el apartamento en la sierra. Para tener algo nuestro, ya sabes.
Hubo una pausa de exactamente medio segundo. De las que no se perciben si no estás atenta. Pero yo estaba atenta.
En ese intervalo microscópico, cuatro mujeres adultas, inteligentes y razonablemente felices hicieron cálculos mentales que nadie les había pedido. Yo, sin ir más lejos, repasé en mi cabeza el estado de nuestra hipoteca, el saldo de nuestra cuenta de ahorro y una pregunta que apareció sola, sin que la invitara: “¿Y nosotros cuándo?”.
Sonreí. Brindé por Rebeca y por el apartamento. Y por dentro cerré discretamente esa carpeta mental que se había abierto sola, con la eficiencia de quien lleva años practicando ese gesto.
Porque eso también se practica, ¿sabes? Compararse. Y luego tapar que te has comparado. Es, sin duda, el deporte nacional más extendido y menos reconocido que existe.
El cerebro no puede evitarlo
Lo primero que conviene saber —y que, sinceramente, me alivió cuando lo descubrí— es que compararse no es un defecto de carácter. No significa que seas envidiosa, ni pequeña, ni que hayas fracasadoen la asignatura de madurez personal. Significa que eres humana, con un cerebro que lleva haciendo exactamente eso desde mucho antes de que existieran Instagram ni los apartamentos en la sierra.
En 1954, el psicólogo social Leon Festinger publicó lo que se conoce como la teoría de la comparación social: la idea de que las personas tenemos una necesidad innata de evaluar nuestras opiniones y capacidades, y que, cuando no disponemos de medidas objetivas para hacerlo, recurrimos a compararnos con los demás. No como capricho, sino como mecanismo de orientación. El cerebro, con su pragmatismo infinito, usa a otras personas como punto de referencia.
¿Cómo sé si soy buena en mi trabajo? Mirando cómo trabajan otros. ¿Cómo sé si mi sueldo es justo? Comparándolo con el de alguien en una situación similar. ¿Cómo sé si mi vida va bien? Cotejando, aunque sea a hurtadillas, con la vida de quienes me rodean. Festinger calculó que hasta un diez por ciento de nuestros pensamientos cotidianos implica algún tipo de comparación. Diez de cada cien. Eso es mucho miércoles por la noche.
La comparación, explicó Festinger, funciona mejor cuando nos medimos con personas similares a nosotros: alguien en una situación parecida, con recursos parecidos, en un momento de vida parecido. Una tenista amateur no se mide con Rafa Nadal o Carlos Alcaraz; una autónoma que lleva dos años con su negocio no debería medirse con alguien que lleva quince. Aunque, claro, el cerebro no siempre hace caso a este criterio de similitud, y ahí empieza el lío.
Hay dos formas de mirarse al espejo: hacia arriba y hacia abajo
No todas las comparaciones son iguales. La psicología distingue dos grandes direcciones, y conviene conocerlas porque se comportan de formas muy distintas.
La comparación ascendente es cuando te mides con alguien que pertenece a lo que tú percibes como un escalón superior: más logros, más dinero, más talento, más casa en la sierra. Puede ser motivadora —“si ella pudo, yo también puedo”— o puede ser devastadora, dependiendo de en qué momento te pille y de si interpretas esa distancia como una brecha que puedes acortar o como unaprueba de tu propia insuficiencia.
La comparación descendente es la contraria: mirarte en alguien que está, en tu percepción, un peldaño por debajo. Produce alivio inmediato —“al menos yo no estoy tan mal”— pero es una trampa de bienestar artificial. No te dice nada de hacia dónde vas; solo te confirma que no estás en el fondo del pozo. Es el equivalente emocional de comer una galleta para no comerte la tarta: funciona un momento, pero no es precisamente una estrategia nutritiva.
Yolanda, mi amiga Yolanda, es experta en la segunda modalidad. La conocí hace años en el colegio de los niños, y tiene la envidiable capacidad de encontrar siempre a alguien con quien compararsefavorablemente. “Por lo menos yo no soy como la de tercero B, que todavía no sabe cuánto gana su marido.” Dicho así, suena razonable. Pero si te fijas bien, Yolanda rara vez se compara hacia arriba con intención de aprender. La comparación descendente le da consuelo, pero no dirección.
Lo más curioso es que Yolanda jura, con total sinceridad, que ella no se compara con nadie. “Yo paso de esas cosas”, dice, mientras desliza el dedo por Instagram con una copa de vino en la mano, deteniéndose en cada foto de vacaciones, cada cocina reformada, cada anuncio de ascenso. El cerebro tiene esa habilidad extraordinaria de comparar sin que nos demos cuenta de que está comparando. No mentimos cuando lo negamos. Simplemente no lo vemos.
Hay, eso sí, un tercer uso de la comparación ascendente que los psicólogos llaman envidia benigna: ese pellizco de admiración mezclado con deseo que no quiere destruir lo que tiene el otro, sinoreplicarlo. “Quiero lo que tiene, y eso me dice algo sobre lo que yo quiero para mí.” Esa envidia, bien gestionada, es información. El problema es que la mayoría de nosotras no hemos aprendido a distinguirla de su prima oscura, la que solo duele y no enseña nada.
Las redes sociales actúan como amplificador
Todo lo anterior existía mucho antes de los teléfonos. Pero las redes sociales han convertido la comparación social en algo cuantitativa y cualitativamente diferente.
Antes, tu círculo de comparación era limitado: la familia, los vecinos, las compañeras de trabajo, las amigas de los miércoles con las patatas bravas. Ahora ese círculo se ha expandido de forma casiilimitada, y lo ha hecho en las peores condiciones posibles: mostrando única y exclusivamente los momentos estelares de la vida de los demás.
Nadie sube a Instagram la tarde en que se ha pasado dos horas mirando al techo sin poder concentrarse. Nadie publica la discusión con su pareja, la factura inesperada, la semana en que todo ha salidotorcido. Lo que circula es la versión curada, iluminada con luz de tarde y filtro de verano. Y nuestro cerebro, que evolucionó para compararse con personas reales en contextos reales, no siempre distingue entre esa imagen y la realidad.
Las consecuencias son bien conocidas: la comparación en redes sociales es casi siempre ascendente, porque todo el mundo muestra su mejor versión, y la comparación ascendente constante se asocia con niveles más altos de ansiedad, síntomas depresivos y una autoestima que fluctúa al ritmo de las publicaciones ajenas. Uno de cada tres jóvenes reconoce sentirse más solo después de usar redes sociales. No más conectado. Más solo.
No estoy diciendo que hay que borrar las aplicaciones y retirarse al campo a cultivar tomates. Estoy diciendo que conviene entrar en ese terreno con los ojos abiertos, sabiendo que lo que ves es unaselección, no una vida completa. Y que tu cerebro, en modo comparación automático, no siempre tiene esa perspectiva disponible.
La comparación como brújula (y su trampa)
Hace un par de años, una amiga mía consiguió publicar su primera novela. Recuerdo el momento exacto en que me enteré: estaba delante del ordenador, intentando terminar un artículo que llevaba dos semanas empantanado, y su anuncio apareció en la pantalla como una bofetada de confeti.
Sentí algo que tardé un rato en nombrar. No era exactamente alegría, aunque la alegría estaba ahí también. Miriam —así se llama, Miriam— es de esas personas de las que nadie esperaría un libro. No porque le falte talento, sino porque siempre pareció demasiado dispersa, demasiado ocupada en mil cosas a la vez, demasiado poco constante para algo tan largo. Y precisamente por eso, cuando lo anunció, el pellizco fue más intenso que de costumbre. Era una especie de incomodidad caliente, como una pregunta que no quería hacerme: “¿Y yo qué?”
Tardé tres días en procesar aquello con honestidad. Y cuando lo hice, lo que encontré debajo de la incomodidad no era envidia de la mala, la que destruye. Era información: quería escribir. No necesariamente un libro —eso lo vi enseguida con bastante claridad—, pero sí algo. Así empecé con los artículos: sin presión, sin gran declaración de intenciones, un poco espoleada por esa incomodidadque no sabía dónde ponerla.
Lo del libro, en cambio, es una decisión que he tomado de forma bastante consciente: ahora mismo no quiero escribir uno. No es que no pueda, ni que me asuste. Es que el tiempo que llevaría hacerlo lo tengo destinado, deliberadamente, a otras cosas que también importan. Hay una diferencia entre no me atrevo y ahora no toca. Llegué a esa distinción gracias a Miriam, aunque ella no lo sabe. La comparación había sido, sin pedirle permiso, una brújula. Pero adónde ir con esa brújula lo decidí yo.
Eso es lo que la psicología llama el potencial positivo de la comparación social: cuando actúa como señal de lo que nos importa, como indicador de deseos que no sabíamos que teníamos. El pellizco de envidia benigna que te dice “eso que tiene ella, a mí me interesa” puede ser el primer paso de algo bueno, si sabes escucharlo sin quedarte paralizada.
Pero —y aquí está el matiz que cambió mi forma de entenderlo todo— una brújula solo es útil si sabes adónde quieres ir. Si no tienes tu propio norte, una brújula simplemente te llevará en la dirección enque apunte el imán más cercano. Y el imán más cercano, en nuestras vidas, demasiadas veces es lo que el otro tiene.
El coste de vivir mirando el marcador ajeno
Hay una diferencia fundamental entre usar la comparación como señal ocasional y vivir instalada en modo comparación constante. La primera es información. La segunda es agotamiento.
Cuando tu autoestima depende de manera continua de cómo te sitúas con relación a los demás, ocurren varias cosas problemáticas. La primera: nunca llegas. Porque siempre habrá alguien con más, con mejor, con antes. El listón no lo pones tú; lo pone el entorno, y el entorno es infinito. La segunda: las metas que persigues dejan de ser tuyas. Empiezas a querer cosas porque otros las tienen, no porque encajen con quién eres o con lo que genuinamente necesitas. Compras el coche porque tu cuñado compró uno. Cambias de trabajo porque tu amiga ascendió. Mides tu vida con un metro prestado.
Y la tercera, quizás la más silenciosa de todas: pierdes el contacto con tu propio ritmo. Hay personas que tardan diez años en hacer lo que otras hacen en tres. Hay caminos largos que llevan a lugares quelos caminos cortos no alcanzan. Hay etapas de vida que no son comparables porque son, sencillamente, incomparables. El que todavía no ha comprado casa puede estar construyendo otra cosa. El que no ha ascendido puede estar eligiendo. El que parece quieto puede estar, simplemente, en una parte del camino que no aparece en las fotos.
La psicología que estudia el bienestar tiene un nombre para el antídoto: la comparación intrapersonal, que es, básicamente, medirse con una misma. No con la versión idealizada que te gustaría ser, nicon quien eras hace diez años en el mejor momento de tu vida. Con quien eras hace seis meses. Con dónde estabas el año pasado. Con las decisiones que tomaste entonces y las que puedes tomarahora.
Es el único tipo de comparación que siempre parte de la misma información, en las mismas condiciones y con el mismo contexto. Es justa de un modo en que ninguna comparación con otra persona puedeserlo.
El día en que Yolanda hizo una pregunta inesperada
Volví a pensar en todo esto semanas después, en otra de nuestras reuniones. Yolanda había estado callada más de lo habitual, con esa expresión de quien lleva un rato rumiando algo que no acaba de atreverse a soltar.
Cuando lo soltó, me sorprendió:
—A veces pienso que no sé muy bien qué es lo que yo quiero, en realidad. Sé lo que tienen los demás. Sé lo que parece que debería querer. Pero lo que realmente quiero yo… eso ya no lo tengo tan claro.
Hubo un silencio que ninguna de nosotras intentó romper demasiado rápido. Porque era una pregunta honesta, y las preguntas honestas merecen al menos ese respeto.
Lo que Yolanda había tocado, sin saberlo, es exactamente el precio de vivir demasiado tiempo con la mirada puesta en el marcador ajeno: que en algún momento te das cuenta de que llevas tanto tiempomirando fuera que se te ha olvidado mirar dentro. Que tienes una idea muy clara de cómo viven los demás y bastante menos de cómo quieres vivir tú.
No le dije todo eso esa noche. Le dije que esa era una pregunta muy buena, y que ya era hora de que se la hiciera. Y le serví más vino, porque algunas revelaciones se procesan mejor con Rioja.
Lo que aprendemos de estos líos
Compararse es humano, inevitable y, en dosis razonables, hasta útil. El problema no es el instinto. El problema es convertirlo en el único método de medida disponible. Así que, sin pretender tener la solución perfecta —porque si la tuviera, no me habría pasado aquellos tres días procesando lo de la novela de mi amiga— esto es lo que he ido aprendiendo:
- Nombra lo que sientes antes de taparlo. El primer paso no es dejar de compararse; es darse cuenta de que lo estás haciendo y preguntarte qué información te da ese pellizco. ¿Envidia benigna queseñala algo que quieres? ¿O simplemente el reflejo automático de un cerebro que busca orientarse?
- Distingue entre señal y veredicto. Una comparación te puede decir “quiero algo parecido a eso”. Nunca te puede decir “valgo menos que esa persona”. Son frases que parecen relacionadas, pero no lo están en absoluto.
- Desconfía de la versión de Instagram. Lo que ves en las redes es un resumen de momentos destacados, no una vida. Compararte con eso es compararte con una película de dos horas de la que solo tehan mostrado el tráiler.
- Mídete contigo misma, con regularidad. ¿Dónde estabas hace un año? ¿Qué has aprendido, construido, resuelto, decidido desde entonces? Ese es el único marcador que funciona con datos completos y en condiciones reales.
- Cultiva tu propio norte. Las comparaciones son más manejables cuando sabes hacia dónde vas, porque entonces puedes usarlas como información en lugar de como sentencia. Una brújula solo sirve sitienes destino.
Aquella noche con Rebeca y su apartamento en la sierra terminó bien, como siempre terminan esas noches: con la cuenta dividida entre cuatro, los abrigos puestos a trompicones y la promesa de repetir pronto. A la vuelta, en el coche, Juan, que siempre me recoge en esas ocasiones, me preguntó qué tal la cena.
—Bien —dije—. Rebeca ha comprado un apartamento en la sierra.
—Qué bien por ellos —dijo él, con esa placidez suya que debe venir de su lado inglés y a veces me parece el mayor lujo del mundo.
Aunque no siempre es el ser más perceptivo, debió notar algo.
—Y qué bien por nosotros — añadió.
Me quedé mirando las luces de la ciudad pasar por la ventanilla y pensé que, en el fondo, tenía razón. Qué bien por ellos. Y qué bien por nosotros, también, con nuestra hipoteca y nuestro ahorro y nuestro ritmo, que es el nuestro y de nadie más.
No siempre lo veo con tanta claridad. Pero esa noche, sí, lo vi perfectamente.
Y con eso me basta.


