Regalo cosas vivas y luego las mato

Un olivo plantado en una maceta y guardado en el interior de una casa.

Llevo un cuarto de hora plantada delante de una floristería, con la tarjeta ya escrita en el bolso y ninguna intención de entrar.

Ha nacido el hijo de una de mis primas. Un niño precioso, con esa cara de anciano sabio que tienen todos los recién nacidos la primera semana y que después pierden para siempre. Y yo tengo un problema de logística: mi amiga y su marido lo tienen ya todo. Tienen dos cunas, porque alguien les regaló la segunda. Tienen ropa hasta la talla de dos años. Tienen un aparato que calienta toallitas, un objeto cuya existencia yo desconocía y sobre cuya necesidad sigo albergando dudas. No les falta nada. A quien lo tiene todo solo se le puede regalar una idea.

Por eso sigo en la acera, mirando los cubos de flores como quien mira un escaparate de joyería sabiendo que no va a entrar.

Porque, y aquí viene la confesión, a mí las flores cortadas me dan una pena que no sé explicar del todo. Son preciosas. Son el regalo más elegante que existe. Y están muertas. Alguien las cortó, viajaron en un camión frigorífico y llegan a tu casa a cumplir una condena de nueve días en un jarrón. Tú les cambias el agua, les cortas el tallo en diagonal como te enseñó tu madre, les echas el sobrecito de polvos blancos, y se mueren igual, porque llevaban muertas desde antes de conocerte.

Dicho lo cual, me arrepiento a medias, porque tampoco es justo. Hay momentos que piden exactamente eso: algo hermoso y breve. Un ramo en la habitación de un hospital dice «he salido corriendo en cuanto me he enterado», y eso no lo dice ningún cactus.

Una planta en maceta dice otra cosa distinta. Dice: «pienso seguir por aquí dentro de diez años, y para entonces esto será más alto que tú». Las dos frases son verdad. Lo que pasa es que yo, por carácter, siempre he preferido la segunda.

El inconveniente es que la segunda frase, en mi caso, es una promesa que yo personalmente no sé cumplir.

Los dedos de otro color

Los ingleses tienen una expresión encantadora para la gente a la que se le dan bien las plantas: green fingers, dedos verdes. Yo tengo los dedos de otro color y he llegado a esa conclusión por el método más fiable que existe, que es llevar la cuenta.

He matado un potos, que según la literatura especializada es una planta imposible de matar. He matado dos orquídeas, una por sed y otra ahogada, lo que en cierto modo demuestra rigor experimental por mi parte. He matado un ficus que me regaló mi cuñada y que aguantó exactamente el tiempo que tardó ella en volver a visitarnos, ni un día más, en lo que yo interpreto como una lealtad conmovedora hacia su dueña original. Y hubo una gardenia. De la gardenia prefiero no hablar.

Capítulo aparte merecen las flores de Pascua, que en mi casa tienen la esperanza de vida de un yogur abierto. Cada diciembre entra una en el salón, roja y espléndida, con su papel dorado y su lazo. Cada enero sale de allí calva, con tres hojas lacias y un aire de reproche silencioso. He perdido la cuenta. Hay gente que no aprende las cosas que no deben regalarme.

Lo humillante no es la mortandad. Lo humillante es la buena fe. Yo las riego. Las riego muchísimo. Las riego cuando las veo tristes, que suele ser justo el momento en que uno no debe regarlas, porque están tristes precisamente de tanta agua. Y cuando decido corregirme y esperar, entonces se me olvidan tres semanas y las encuentro un jueves por la tarde con toda la dignidad de un ramo de perejil olvidado en el cajón de la verdura.

Así que soy una mujer que cree profundamente en regalar cosas vivas y que no tiene ninguna autoridad moral para hacerlo.

Mi repertorio de mudanzas

Con los años he desarrollado una estrategia, y mi estrategia es la cobardía.

Cuando una amiga se cambia de casa, yo aparezco con una maceta de aloe vera o con una sansevieria, esa planta de hojas tiesas y verticales que en español tiene uno de los nombres más crueles del reino vegetal: lengua de suegra. Las elijo por tres motivos. El primero, que son casi imposibles de matar, lo cual dice bastante más de mí que de ellas: yo no regalo la planta que le gustaría a mi amiga, regalo la planta que sobreviviría a mí.

El segundo motivo es que depuran el aire. Y el tercero, mi favorito, el que soltaba yo en el recibidor con la seguridad del que aporta un dato: que el aloe suelta oxígeno por la noche, así que ponlo en el dormitorio y dormirás mejor.

Pues resulta que no. Ninguna de las dos cosas, y por caminos distintos.

Lo descubrí hace poco y todavía no lo he superado del todo. La creencia viene de un estudio de la NASA de 1989 que comprobó que algunas plantas reducían compuestos como el benceno o el formaldehído, pero lo comprobó dentro de cámaras herméticas de laboratorio, que es un sitio en el que ninguna de nosotras vive. Treinta años después, dos investigadores revisaron una docena de estudios y calcularon lo obvio: la ventilación normal de una casa diluye esos compuestos muchísimo más rápido de lo que cualquier planta puede absorberlos. Hay incluso una cifra, y la cifra es demoledora: harían falta del orden de mil plantas por metro cuadrado para que el efecto se notara.

Mil plantas por metro cuadrado. Es decir, que yo llevo años regalando purificadores de aire que no purifican nada, mientras la solución de verdad estaba a dos metros, era gratis y consistía en abrir la ventana.

Lo del oxígeno nocturno me dolió más, porque ese era mi dato bueno. Y lo peor es que no es mentira del todo, que es la peor manera de equivocarse. El aloe pertenece efectivamente a un grupo de plantas que, en lugar de abrir sus poros de día como hace casi todo el mundo vegetal, los abre de noche para absorber dióxido de carbono, cuando ha bajado la temperatura y pierde menos agua. Es una estrategia de supervivencia en el desierto y me sigue pareciendo elegantísima. El problema es que absorber CO₂ no es lo mismo que fabricar oxígeno: para fabricar oxígeno hace falta luz, y de noche, por definición, no hay. Lo poco que suelta es una fracción del que guardó durante el día. Para que la cosa se notara en un dormitorio harían falta, otra vez, cientos de macetas.

Es decir, que yo tenía razón en el mecanismo y me había inventado la consecuencia. Que es exactamente lo que hace todo el mundo con casi todo.

Y cuando me estaba recuperando de ese doble golpe, llegó el tercero. Tanto el aloe como la lengua de suegra contienen saponinas y figuran en las listas veterinarias como plantas tóxicas para perros y para gatos. No es una catástrofe, mordisquear una hoja suele quedarse en irritación y en un mal rato, pero ahí estaba yo, repasando mentalmente el censo de todas las casas a las que había llevado mis macetas indestructibles. Ninguna tenía gato. Ninguna tenía perro. Ninguna tenía un bebé en edad de meterse hojas en la boca.

Suspiré con un alivio que me duró bastante y del que no me siento particularmente orgullosa.

Y para rematar la humillación, resulta que la única planta a la que yo trataba con guantes es inofensiva. La flor de Pascua arrastra desde hace décadas una leyenda negra: que si es venenosísima, que si cuidado con los niños, que si al gato le puede costar la vida. Pues no. Irrita, revuelve el estómago si se come, y ya. No es letal, los síntomas se pasan solos y encima la planta amarga tanto que ningún animal con criterio insiste. Tiene mala fama por lo que no hace y ninguna por lo que sí hace, que es morirse en cuanto la miras de reojo desde una corriente de aire.

Lo que llevo regalando sin saberlo

Aquí es donde la cosa se puso interesante, porque si mis plantas no limpiaban el aire, entonces yo llevaba veinte años regalando otra cosa sin saber cuál era. Y me puse a mirar qué hace la gente, en otros sitios, cuando quiere celebrar que alguien ha llegado al mundo.

Resulta que media Europa lleva siglos plantando árboles.

En Suiza y en Alemania existe el árbol de nacimiento: se planta un arbolito cuando nace la criatura y crece con ella. La costumbre está documentada en Basilea desde el siglo XV, y en algunas zonas fue durante generaciones un asunto municipal, con su trozo de pradera comunal asignado a cada niño nuevo. La parte que a mí me parece deliciosa y espantosa a partes iguales es que del árbol se sacaban augurios: según creciera de bien, así iba a irle al niño. Imagínense el verano en que el árbol se seca. Imagínense a esa madre.

En Italia no es costumbre, es ley. Una norma de 1992 obliga a los ayuntamientos a plantar un árbol por cada niño empadronado, extendida después a los menores adoptados. Lo que ocurre entre el boletín oficial y la tierra ya es otra historia: en un año reciente se plantaron unos sesenta y nueve mil árboles frente a unos cuatrocientos mil nacimientos, y casi dos tercios de ellos en dos ciudades. Aun así, hay familias italianas que tienen un pergamino del ayuntamiento con el nombre de su hijo y un árbol de verdad en algún parque. Me parece una manera muy elegante de que el Estado te dé la enhorabuena.

Pero la tradición que me dejó pensando tres días es otra, y es antiquísima. En la tradición judía hay una costumbre según la cual se plantaba un árbol al nacer cada hijo, y cuando ese hijo se casaba, décadas después, con las ramas de su árbol se hacían los postes del dosel bajo el que se celebraba la boda.

Pensadlo un momento. Plantas una cosa que ni siquiera sabe todavía sostenerse, y estás plantando además el techo de una casa que aún no existe, para una persona a la que aún no conoce. Es el regalo más largo del mundo. Al lado de eso, mi lengua de suegra se me queda un poco corta.

Eso sí, no todo era emocionante. En Suiza y en Alemania la especie dependía del sexo de la criatura: manzano para los niños, peral para las niñas, o nogal, según la comarca. En la costumbre judía tampoco se libraban: cedro para uno, ciprés para otra. Y aquí viene mi parte favorita de toda la investigación, la que me reconcilió con el género humano. Las fuentes se contradicen. Unas dicen que el cedro era del niño y el ciprés de la niña; otras lo cuentan justo al revés; alguna mete un pino y alguna una acacia. Siglos y siglos de convención rigurosa, de esto-es-así-porque-siempre-ha-sido-así, y luego resulta que nadie tomó nota bien. Reconforta bastante. La próxima vez que alguien me explique que algo se hace de una manera determinada porque es la tradición, voy a acordarme del cedro y del ciprés.

Por suerte, esa parte se está cayendo sola. Hoy la mayoría de las familias eligen el árbol por lo que significa y no por lo que había entre las piernas del bebé el día que nació.

Y hay un sitio donde le han dado la vuelta del todo. He leído que en un pueblo de Rajastán, en la India, plantan ciento once árboles cada vez que nace una niña. La idea salió de un padre al que se le murió una hija, en una zona destrozada por las canteras de mármol, y ha acabado citada con elogios por el Tribunal Supremo del país porque logró unir tres cosas que casi nunca van juntas: cuidar el paisaje, sostener la economía del pueblo y cambiar lo que allí significaba nacer niña. Ciento once árboles. Frente al peral y al manzano, ciento once árboles.

El desenlace, que fue voluminoso

Al final entré en la floristería, aunque no compré flores. Compré un árbol.

No voy a decir que fuera un traslado cómodo. Un arbolito en maceta pesa lo que pesa una idea bonita convertida en objeto, es decir, muchísimo, y hay que llevarlo abrazado por delante como se lleva a un niño grande que ya no quiere que lo lleven. Subí tres pisos en un ascensor en el que no cabíamos los dos con holgura, y llegué al rellano despeinada, con tierra en la manga y sin ninguna elegancia.

Mi amiga abrió la puerta y se rio. Me dijo lo que dice todo el mundo, que no tenía que haberme molestado, y luego se quedó mirando la maceta con la cara de quien está haciendo cuentas: dónde pongo yo esto, cuánto va a crecer, esto no se riega solo. Es exactamente la cara que pongo yo. Nos entendimos perfectamente.

No le pregunté el sexo del bebé para elegir la especie, entre otras cosas porque me habría parecido ridículo, y también porque el bebé estaba dormido en el sofá y ya me lo habían dicho por WhatsApp hacía dos semanas.

Le regalé, en el fondo, tres cosas. Una es un árbol. Otra es un problema: hay que regarlo, hay que trasplantarlo cuando se le quede pequeña la maceta, hay que acordarse de él cuando se muden de casa. Y la tercera es la única que importaba desde el principio, y es la razón por la que llevo veinte años haciendo esto mal: cuando le regalas a alguien algo que va a durar veinte años, le estás diciendo que piensas seguir ahí para preguntarle cómo va.

Puede que se muera. Con mi historial, incluso puede que se muera pronto. Pero el árbol de mi amiga tiene una ventaja enorme sobre todos los que he tenido yo, y es que no vive en mi casa.

Cinco cosas que he aprendido regalando cosas vivas

  1. Pregunta por la luz antes de regalar sol. Un aloe en un piso interior orientado al norte no es un regalo, es una condena en diferido con tu nombre escrito.
  2. Regala también el permiso de matarla. Dilo en voz alta al entregarla: si se muere, no pasa nada, no me lo tomo como algo personal. Le quitas a la otra persona una culpa que no ha pedido y que además es contagiosa.
  3. Si hay gato, perro o bebé gateador, mira la lista antes. El aloe y la lengua de suegra son estupendos hasta que aparece alguien dispuesto a mordisquearlos. Hay decenas de alternativas y cuesta un minuto comprobarlo.
  4. No des por buenos los superpoderes. Que una planta te limpie el aire, te oxigene el dormitorio o te absorba las malas energías del salón es publicidad, no botánica: casi siempre hay detrás un mecanismo real al que alguien le ha quitado la cifra. Ventila. La planta está ahí porque es bonita y porque está viva, y con eso ya justifica la maceta.
  5. Y las flores, cuando toque flores. Hay días que piden algo hermoso, urgente y breve, y ese día lo que hay que hacer es entrar en la floristería sin filosofar tanto como he filosofado yo hoy.

Ahora, si me disculpáis, tengo que ir a regar el potos nuevo. Le he puesto una alarma en el móvil. Cada nueve días, ni uno más. Esta vez lo tengo todo controlado.

Esta vez, seguro.


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Si lo tuyo también empieza con una planta que parecía destinada a otra cosa, quizá te divierta cómo unas cebollas brotadas acabaron convirtiéndose en un nuevo pasatiempo.