La señora que corre despacio

Persona mayor corriendo lentamente cuesta arriba por una tranquila calle residencial en una mañana gris, vista de espaldas entre árboles y farolas.

Aquella mañana yo subía la cuesta como se suben las cuestas cuando llevas tres semanas anunciando que vas a empezar a hacer ejercicio: resoplando, mirando al suelo y negociando conmigo misma. Hasta la farola. Llego hasta la farola, me paro, y si luego me apetece seguir, sigo. Nunca me apetecía seguir.

Fue en mitad de una de aquellas negociaciones cuando la vi aparecer por el otro lado.

Una señora mayor, abrigada muy por encima de lo que pedía el día, corriendo a un ritmo que yo habría batido andando deprisa. Las manos cerradas, la mirada al frente y un trote corto y tenaz, de esos que no se detienen en las farolas porque no negocian con nadie. Pasó a mi lado sin mirarme. Yo seguí parada, que era mi especialidad por entonces.

Acabábamos de mudarnos. La casa tenía a su favor un parque a dos calles y en su contra un relieve que el anuncio, con mucha elegancia, había preferido no mencionar. Yo, que soy muy de convertir los defectos en programa de entrenamiento, decidí que aquellas cuestas eran en realidad una suerte y que a partir de entonces saldría a andar rápido por el barrio. Y salí. A veces.

Tardé dos o tres encuentros en fijarme en lo demás. Arrastraba ligeramente una pierna. Tenía la boca algo torcida. Yo no soy médica y nunca he sabido qué le pasó; supongo que un ictus, que es lo que suponemos todos cuando vemos esas dos cosas juntas, y suponer no es saber. Lo único que sé con certeza es lo que vi: que le costaba, y que salía igual.

A partir de ahí empecé a verla en todas partes. Al llevar a los niños al colegio. Al volver de la compra. Al salir a un recado tonto un martes por la tarde. Y no era casualidad ni era un pueblo pequeño: era, simplemente, que ella salía más que yo.

En casa la llamábamos the running lady, la señora que corre, y con eso bastaba. Nadie preguntaba nunca cuál. Alguien comentaba en la cena que hoy había visto a la señora que corre por la tarde, qué raro, y todos entendíamos perfectamente por qué era raro, porque ella salía por la mañana o hacia el mediodía y no había más que hablar. No teníamos su nombre, ni su calle, ni un solo dato sobre su vida. Teníamos su horario.

Mi plan era salir de lunes a viernes. Lo digo así, con la dignidad intacta, porque el plan era ese. La realidad eran tres días: tres si no llovía, si no tenía una entrega, si no me había acostado tarde, si no me dolía algo, si no había quedado y si el mundo, en general, colaboraba. El mundo no colabora casi nunca.

A mí me gustan los números, y por eso el asunto me resultaba particularmente incómodo. Ella no corría más rápido que yo. Ni más lejos. Ni con mejor equipación. Lo único distinto era la frecuencia. Y la frecuencia, en cualquier serie suficientemente larga, se come a la intensidad para desayunar.

Pasaron los meses y ocurrió algo que yo no esperaba: la pierna empezó a arrastrar menos. La boca se le fue enderezando. No de un día para otro, sino de esa manera en que cambian las cosas que ves a diario, que es sin que te des cuenta y de golpe.

Yo tenía la idea, bastante extendida, de que después de un daño cerebral hay una ventana de unos meses y que lo que no se recupera ahí ya no se recupera nunca. Resulta que esa idea ha envejecido mal. Durante mucho tiempo se dio por hecho que la recuperación tras un ictus se detenía pasados los seis meses; hoy se sabe que el cerebro sigue siendo plástico también en la fase crónica y que muchas personas continúan ganando función meses o años después, siempre que sigan trabajando.

Conste que no estoy diciendo qué le pasó a ella, ni qué hizo, ni por qué mejoró. No lo sé y no me corresponde. Solo digo lo que vi y lo que se sabe, y que las dos cosas encajaban de una manera que me tuvo pensando varias semanas.

Un día decidí decírselo.

Lo ensayé. Lo ensayé bastante más de lo que estoy dispuesta a reconocer por escrito, que para eso escribo yo el artículo. Y una mañana, al cruzarnos, se lo solté sin frenar del todo, más o menos así:

«Good morning. I’ve seen you out running for many years, and you’ve always been an inspiration to me.»

No pasó nada. Ni un gesto, ni un gruñido, ni una de esas medias sonrisas que se le ponen a la gente cuando le dicen algo amable y no sabe qué contestar. Siguió con su trote corto y me dejó allí plantada, con la frase todavía caliente en la boca y una cuesta entera por delante para pensar en ella.

Le he dado muchas vueltas y he llegado a cuatro teorías, ninguna comprobable.

La primera es que no me oyera: el oído es de las primeras cosas que se van, y yo hablé al pasar. La segunda, que no me entendiera; el inglés no tiene por qué ser su idioma, ni el mío el suyo, y una frase larga soltada al vuelo por una desconocida sofocada no es el mejor material para practicar. La tercera es que me oyera perfectamente y no le apeteciera hablar, que es un derecho que tenemos todos y que ella, además, estaba ejerciendo en mitad de su entrenamiento.

Y luego está la cuarta, que es la que no me gusta. Yo dije inspiration. Yo quería decir: mírese usted, que sale todos los días, y míreme a mí, que llevo tres semanas discutiendo con una farola. Pero le dije inspiration a una desconocida con una secuela a la vista, y esa palabra, según en qué oído caiga, no significa «la admiro»: significa «qué mérito tiene usted, así como está». Nunca sabré cuál de las dos frases oyó. Es más: nunca sabré si oyó alguna.

No volví a intentarlo. He seguido cruzándomela durante años y no le he vuelto a dirigir la palabra, y creo que es lo más parecido al respeto que se me ocurrió en su momento. Uno puede admirar a alguien sin convertirlo en una relación. Una desconocida puede cambiarte la semana sin enterarse de que existes. Y a veces la mejor manera de agradecerle algo a alguien es dejarlo en paz.

Yo no llevo la cuenta de los años que hace de todo esto. Llevo, sin querer, la cuenta de su ropa.

Al principio, manga larga y pantalón largo de licra, oscuro, en invierno y en verano. Luego, en algún momento que no sabría fechar, apareció el gorro. Y este último año, el abrigo: acolchado, oscuro, negro o azul marino, en enero y en agosto.

Podría parecer una excentricidad y no lo es. Con la edad baja la tasa metabólica, adelgaza la capa de grasa que hay bajo la piel y los vasos pierden elasticidad, de manera que al cuerpo le cuesta más generar calor y le cuesta más conservarlo. Ese abrigo en agosto no es una manía de señora mayor: es el precio de la entrada. Y ella lo paga todas las mañanas.

Ahora va muy despacio. Tanto, que llamarlo correr es una cortesía por mi parte: casi arrastra los pies. Tampoco la veo todos los días. Debe de rondar los noventa, así que no me extraña en absoluto.

Yo, mientras tanto, he profesionalizado el asunto. Me he apuntado al gimnasio, que tiene máquinas que miden lo que hago, un techo, calefacción, música y ningún tramo en cuesta donde negociar con una farola. Salgo a pasear menos que antes. O sea, que he mejorado el equipamiento y he empeorado la frecuencia, que es exactamente el error que llevo catorce años viendo cómo alguien no comete.

Hay una palabra para esto, pero se ha usado tanto en discursos de empresa y en perfiles de LinkedIn que ya no significa gran cosa. Yo prefiero llamarlo terquedad, que suena bastante peor y describe bastante mejor. O constancia, si queremos ser finas.

Porque lo que me dejó pensando no fue que mejorase. Mejoró, sí, y luego empeoró, y ahora va más lenta y más abrigada que nunca. Si dibujara la gráfica, subiría unos años y bajaría otros, como todas las gráficas honestas. La línea da igual. La constante es que sale.

El otro día volví a subir aquella cuesta y me sorprendí buscando una farola con la mirada, por pura nostalgia del vicio. Entonces la vi bajar por el otro lado, muy despacio, con su abrigo oscuro en pleno agosto. Y seguí subiendo. Hasta arriba, además.

No le dije nada, por supuesto. Llevamos catorce años sin hablarnos y nos entendemos perfectamente.