Las críticas parecían tener algo de razón

Algunos de los regalos en la bolsa VIP y las fotos para Army.

(y aun así bailamos como si no hubiera mañana)

Diario de una Army tardía – parte 2

Primer día en el Metropolitano. Llegamos con el veneno de las reseñas puesto y un ventilador de regalo que, con aquel calor, resultó ser el objeto más sensato del universo.

Cinco de la tarde, prueba de sonido, sol de justicia, y BTS sale al escenario, canta tres canciones sin que los miembros del grupo parecieran tener demasiado entusiasmo y se vuelve a meter. Paloma se inclina hacia mí, entorna los ojos y sentencia con la calma de quien lo veía venir:

—¿Ves? Es justo lo que decían las críticas.

Porque esa es la parte que no os he contado todavía: mi hija había llegado a Madrid con los deberes hechos. Se había leído las reseñas de las primeras fechas de la gira, esas que se quejaban de que BTS apenas bailaba, que se pasaba media actuación paseando en círculos, que aquello tenía más de desfile que de concierto. Y lo dijo sin rencor, con esa objetividad suya de ingeniera que mide antes de opinar: las críticas tenían razón.

Yo, que soy más de dejarme llevar, quería llevarle la contraria. Pero es que la prueba de sonido acababa de darle la razón delante de mis narices.

Retrocedamos un poco, que el día había empezado con más logística que épica. Llegar al Metropolitano fue lo fácil: línea 7 y a correr. A partir de ahí, el manual del despropósito organizado. Nos registramos para la pulsera de la prueba de sonido y recogimos la bolsa VIP, que incluía —y esto no lo invento— un ventilador personal. Un ventilador recargable. Que, dado el horno en el que se convirtió la tarde, resultó ser el regalo más profético y más útil de toda la operación. Luego pasamos por la sorpresa para Army: una colección de fotos.

Las puertas 33 y 35 debían abrirse a las 3:30. Había una cola larga, obediente y sudorosa esperando. Se abrieron pasadas las 4:30. La seguridad revisó las cosas con la minuciosidad de quien tiene la cabeza en otro sitio: es decir, no revisó ni la mitad de lo que debía. Nuestros asientos —no la primera fila, pero casi — eran estupendos: al borde del pasillo, sí, pero a la altura del escenario y lo bastante cerca como para ver a los artistas sin prismáticos. Delante teníamos unas cuantas filas cubiertas con plástico negro. ¿El detalle gracioso? Ticketmaster había vendido igualmente asientos en esas filas fantasma. Supongo que las taparon porque justo ahí se plantaba el stand de cámaras, y quien se sentara detrás no iba a ver más que espaldas de operador. Un consuelo para nadie.

Y entonces empezó la espera. Bajo el sol. Con media grada aún vacía y un puñado de valientes achicharrándose de pie. Cuando terminó la prueba de sonido, subimos a la parte cubierta, conseguimos agua y un wrap de pollo caliente, y nos sentamos en el suelo a la sombra a comer como dos náufragas felices. Craso error de principiante: al levantarnos a tirar el envoltorio y la botella, perdimos el sitio. Para siempre. Acabamos desterradas a las escaleras, cerca de la entrada, que al menos tenían sombra y algo de brisa. Regla de oro del estadio: el hueco que abandonas no vuelve.

Entre la prueba de sonido y el concierto mediaban tres horas de nada, así que volvimos a nuestros asientos cerca de la hora, ahora ya providencialmente a la sombra, y nos regalamos quince o veinte minutos de gritar «¡BTS! ¡BTS!» y hacer la ola con la energía de quien todavía no sabe si va a merecer la pena. A las ocho en punto arrancó… una presentación en pantalla. Quince largos minutos de las figuras de los siete y de la letra del Arirang en coreano desfilando por las pantallas, hasta que por fin entró un bailarín con una antorcha, luego más, y, detrás, ellos: los siete, vestidos de negro de la cabeza a los pies, como un comando de agentes secretos a punto de desactivar algo.

Y durante el primer tramo, las señales de alarma se fueron confirmando una a una. La música sonaba de bote. Las voces, al cantar, parecían ir también grabadas —puede que alguno se arrancara en directo, pero con el sonido irregular del estadio era imposible jurarlo. Cantaron y pasearon más que cantaron y bailaron. Todo, absolutamente todo, apuntaba a que Paloma iba a tener el placer amargo de tener razón.

Y aquí me toca ser justa, que criticar es facilísimo desde la grada y con la camiseta empapada. Hay quien opina que, para lo bien que les pagan, ya podrían esforzarse un poco más. Puede. Pero con aquel horno, que se limitaran a pasear tenía casi toda mi comprensión: sí que corrían de un lado al otro del escenario, aun sin bailar, y sudaban a chorros. Lo que no me cabía en la cabeza era otra cosa. El vestuario cuenta en un espectáculo, de acuerdo, pero ¿de verdad, con Madrid a temperatura de freidora, no había manera de vestir a los pobres chicos con algo que no fuera negro riguroso de los pies a la cabeza? En algún despacho con aire acondicionado, alguien decidió que la estética iba por delante del golpe de calor.

Y pasó algo que no estaba en el guion de las críticas.

Que no nos pudimos quedar sentadas. Ni un minuto. Nos levantó la marea. Entre sesenta y setenta mil personas cantando a la vez pueden con cualquier reseña, con cualquier playback, con cualquier crítico sensato del mundo. Vinieron las telas blancas, el paseíllo del grupo por el perímetro del estadio, y el remate con Butter y Dynamite —esta última sí, bailada de verdad, como para recordarnos de lo que eran capaces cuando querían—. Y las sorpresas de la noche, que ese primer día fueron Airplane pt. 2 y el Outro: Wings.

Pero hubo un instante que se salió de todo lo demás. En mitad de una de las canciones —cuál, no sabría deciros; mi relación con los títulos es la que es— se callaron de golpe. Sin más. Dejaron de cantar y le tendieron el micrófono al estadio entero. Y el estadio respondió con esa melodía antiquísima que da nombre a toda la gira: «Arirang, arirang, arariyo…». Todos esos miles de personas cantando en coreano una canción popular que habla de despedidas y de la esperanza del reencuentro —que era, más o menos, lo que estaban viviendo ellos esa noche: los siete que volvían a juntarse después de años separados. Le busqué la mano a Paloma sin pensarlo, como cuando era pequeña, y ninguna de las dos dijo una palabra. Resulta que un grupo puede tener silencios que valen más que muchas de sus canciones.

Lo que sonó esa noche

Aviso para navegantes: yo estas canciones las tengo casi todas en mi lista de reproducción, pero las escucho de oído y jamás miro el título, ni tampoco quien canta; es maravilloso que incluso reconozca el nombre del grupo. Así que si algún nombre baila un poco, es cosa mía, no de ellos. Paloma se las sabe todas; yo me sé, para mi sorpresa, muchas más letras de las que hubiera jurado.

  1. Hooligan
  2. Aliens
  3. Run BTS
  4. They Don’t Know ‘Bout Us
  5. Like Animals
  6. FAKE LOVE
  7. SWIM
  8. Merry Go Round
  9. 2.0
  10. NORMAL
  11. Not Today
  12. FYA
  13. FIRE
  14. MIC Drop
  15. Butter
  16. Dynamite
  17. IDOL
  18. Dimple / Ddaeng (unidades)
  19. Come Over
  20. One More Night
  21. Into the Sun

Sorpresa del día 1: Airplane pt. 2 · Outro: Wings

En algún momento, llegaron las palabras. En coreano, en inglés, y algunos se atrevieron con el español —V, sobre todo, que soltó su discurso entero en un castellano cuidadísimo y nos dejó a todas derretidas (más de lo que ya estábamos, que ya es decir). Otro confesó que Madrid les había derrotado, que tenían miedo de que el calor matara las ganas de pasarlo bien; y hubo quien, con un descaro encantador, se dedicó a preguntarnos si habíamos visto lo guapo que era y lo bien que iba vestido. Es difícil no querer a alguien que se ríe así de sí mismo.

Y ahí fue cuando ocurrió el momento de la noche. Paloma y yo nos miramos —empapadas, con los pies destrozados de no habernos sentado ni un segundo pese a tener asiento— y nos entró la risa. La risa buena, la de reconocer la trampa en la que habíamos caído las dos con muchísimo gusto: habíamos ido dispuestas a decepcionarnos exactamente de aquello que estábamos viviendo, pero nos lo estábamos pasando en grande.

Porque las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y esa es la moraleja tramposa de la jornada. Las críticas tenían razón: bailaron menos de lo que hubiéramos querido, pasearon más de lo que nos hubiera gustado, el sonido dejó que desear. Y daba exactamente igual. La alegría era de verdad, era compartida, era ensordecedora. Resulta que algo puede ser criticable y rejuvenecerte veinte años en la misma noche, sin contradicción.

Salimos a la calle en mitad de un caos de multitud caminando en todas las direcciones a la vez, devolvimos los vasos para recuperar los dos euros de fianza, peleamos con las colas del metro… y las dos coincidimos en lo mismo: se nos había hecho corto. Cortísimo.

Aquellas entradas del primer día que nadie quiso comprarme —las tercas, las que se quedaron sin vender— acababan de justificar hasta el último euro que costaron. Y lo mejor de todo es que aún nos quedaba un día. Adelanto, por si a alguien le queda duda de cómo acaba esto: el segundo concierto fue todavía mejor.

Lo que aprendimos de un concierto criticable e inolvidable

  1. Hidrátate y ten un plan de sombra. En un estadio en verano, la sombra es un bien escaso por el que merece la pena estrategizar. Y no desprecies el abanico de la bolsa de regalo: puede salvarte la tarde.
  2. El hueco que abandonas no vuelve. Si encuentras un buen sitio en el suelo, piénsatelo dos veces antes de levantarte a tirar una botella. Manda a alguien o resígnate a perderlo.
  3. Gestiona las expectativas, pero no dejes que decidan por ti. Puedes ir sabiendo que algo tiene defectos y aun así entregarte por completo. Informarse no es lo mismo que amargarse.
  4. Déjate llevar por la marea. La energía de un público entregado es contagiosa y puede con casi cualquier pega técnica. Cantar con sesenta o setenta mil desconocidos cura cosas que uno no sabía que tenía rotas.
  5. Aprende a sostener dos opiniones a la vez sin que se peleen. «Tenía sus fallos» y «fue de las mejores noches de mi vida» pueden convivir en la misma frase. De hecho, casi todo lo que merece la pena vive en esa contradicción.