Planté mis cebollas brotadas… y acabé con un nuevo hobby

Detalle de una flor de cebolla a medio abrir.

Hay días en los que una abre la despensa buscando una cebolla para el sofrito y descubre que la cebolla tiene más planes de futuro que tú.

Allí estaba. Con un brote verde, tieso y orgulloso, como diciendo: «Yo ya he decidido qué voy a hacer con mi vida». Y yo, mientras tanto, dudando entre preparar la cena o pedir una pizza y fingir que los ingredientes de la nevera no me estaban juzgando.

Mi primer impulso fue el de siempre:

«Qué pena. Está para tirar».

Pero luego pensé… espera un momento. Si esta cebolla está intentando convertirse en planta, ¿por qué no dejarla intentarlo?

Sí, lo sé. Hace unos años habría puesto la misma cara que probablemente estás poniendo tú ahora.

La curiosidad pudo más que la pereza

Busqué una maceta que llevaba meses criando polvo en la terraza, la llené de tierra y enterré la cebolla dejando fuera la parte superior y los brotes.

Sin ceremonias.

Sin música épica.

Sin conocimientos de horticultura dignos de ese nombre.

La regué un poco y pensé: «Bueno, si sobrevive, estupendo. Y, si no, al menos no ha terminado directamente en la basura».

Confieso que durante los primeros días la observaba demasiado. Muchísimo.

Como quien mira el móvil esperando un mensaje.

«¿Ha crecido?»

«Creo que sí…»

«No, espera, era una hoja doblada».

Lo primero que descubrí: no siempre nace otra cebolla igual

Una cebolla brotada conserva energía suficiente para producir hojas y raíces nuevas. A veces aparecen brotes dentro del bulbo. Esos brotes pueden separarse. Cada porción debe conservar algo de la base para que surjan las raíces y plantarse individualmente. En resumen, como plantar cebollas brotadas puede hacerse separando los brotes.

Ahora bien, conviene moderar la fantasía agrícola.

Plantar una cebolla del supermercado no garantiza que cada brote se transforme en una cebolla enorme, redonda y fotogénica. Puede formar bulbos más pequeños, dividirse en varios, producir principalmente hojas verdes o decidir que su verdadera vocación es echar flores.

Las cebollas también improvisan.

¿Cuánto hay que esperar para cosechar?

No existe una fecha exacta porque influyen la variedad, la época del año, las horas de luz, la temperatura y el espacio que tenga la planta. Como orientación, una cebolla cultivada para formar bulbo suele necesitar alrededor de 100 a 120 días, es decir, unos tres o cuatro meses. Una cebolla ya brotada parte con cierta ventaja, pero también llega con una historia previa que desconocemos, así que el calendario puede variar bastante.

Las hojas verdes pueden cortarse antes, cuando ya tengan buen tamaño. Yo prefiero quitar solo alguna hoja exterior y dejar las demás para que la planta pueda seguir haciendo la fotosíntesis y engordando el bulbo.

Traducido a mi nivel de horticultura: no dejarla calva por entusiasmo.

Si se planta a finales del verano o en otoño, puede crecer despacio, detenerse con el frío y reanudar su actividad en primavera. Por eso resulta más fiable observar la planta que contar días en el calendario.

Cómo saber que la cebolla está lista

La señal clásica aparece en la parte que vemos, no bajo tierra.

Cuando el bulbo madura, las hojas empiezan a amarillear, pierden firmeza y terminan doblándose de manera natural. Se suele cosechar cuando aproximadamente la mitad —o algo más— de las hojas se han tumbado y comienzan a secarse. El cuello, justo donde las hojas se unen al bulbo, también deja de estar grueso y jugoso y empieza a ablandarse y secarse.

No hace falta empujar ni pisar las hojas para acelerar el proceso. Aunque parezca un método muy decidido y profesional, solo reduce la capacidad de la planta para alimentar el bulbo.

Cuando llegue ese momento:

  1. Deja de regar si la tierra no está completamente seca.
  2. Saca la cebolla con cuidado, sin cortar las hojas.
  3. Déjala curar en un lugar seco, cálido, sombreado y bien ventilado.
  4. Espera unas dos o tres semanas, hasta que la piel esté seca y parezca de papel, las raíces se hayan secado y el cuello ya no conserve humedad.

Ese secado posterior es importante si quieres guardar la cebolla. Si vas a cocinarla enseguida, puedes ser bastante menos solemne.

¿Y si aparece una flor?

También puede ocurrir que del centro salga un tallo diferente: más grueso, firme y recto que las hojas, coronado poco a poco por una especie de bola. Ese es el tallo floral.

La cebolla ha decidido reproducirse.

Y, francamente, me parece muy bien por ella, aunque complique mis planes para el sofrito.

Cuando una cebolla florece —un proceso conocido como espigado o espigado— empieza a desviar energía hacia la flor y las semillas en lugar de dedicarla al bulbo. El resultado suele ser una cebolla más pequeña, con un centro duro y con peor capacidad de conservación.

Si quieres aprovechar el bulbo para cocinar, lo más práctico es cosecharlo pronto y consumirlo sin guardarlo durante meses. Cortar el tallo floral puede retrasar un poco el proceso, pero no hace que la planta vuelva realmente a su plan anterior.

Si, en cambio, te apetece ver qué sucede, puedes dejar que florezca. La esfera terminará abriéndose en muchas florecillas pequeñas. Después, si la polinización tiene éxito, se formarán semillas que podrán recogerse cuando las cabezas estén secas.

Eso sí: las plantas nacidas de esas semillas no tienen por qué ser idénticas a la cebolla original, especialmente si procedía de una variedad híbrida.

En otras palabras, puedes obtener semillas.

Lo que no obtienes es una promesa firmada por la cebolla.

Algunas señales que no conviene ignorar

Una cosa es que las hojas se doblen al final del ciclo y otra que la planta se desplome de repente cuando todavía debería estar creciendo.

Si las hojas presentan manchas, zonas blanquecinas, tonos morados, deformaciones o amarillean demasiado pronto, podría haber exceso de agua, plagas o alguna enfermedad. La tierra debe mantenerse ligeramente húmeda durante el crecimiento, pero nunca encharcada.

Las cebollas tienen raíces bastante superficiales, de modo que agradecen cierta regularidad en el riego. Lo que no agradecen es vivir en una piscina privada.

Lo que aprendí por el camino

Después de este pequeño experimento doméstico, me quedo con tres ideas.

La primera: una cebolla brotada y todavía firme puede tener una segunda vida, aunque el resultado no siempre sea una colección de bulbos perfectos.

La segunda: para cosechar no basta con mirar el calendario. Hay que esperar a que las hojas amarilleen y se tumben por sí solas, y después secar bien los bulbos.

Y la tercera: si la planta echa una flor, no ha fracasado. Simplemente ha elegido producir semillas en lugar de concentrarse en ponerse gorda para mi cocina.

Un poco inconveniente.

Pero bastante admirable.

Una cebolla y una pequeña lección

Hay algo muy satisfactorio en convertir un despiste en una oportunidad.

Esa cebolla que pensaba tirar ahora ocupa una esquina de la terraza y, cada vez que la veo, me recuerda que muchas veces damos algo por perdido simplemente porque ha cambiado de aspecto.

Quizá dentro de unos meses coseche una cebolla pequeña.

Quizá consiga varias.

Quizá solo obtenga hojas verdes y una flor redonda que atraiga a todos los insectos del barrio.

De momento, la planta sigue creciendo y yo he aprendido a esperar sin desenterrar el bulbo cada tres días para comprobar cómo va.

Esto último está siendo, con diferencia, la parte más difícil.

Creo que seguiré plantando las próximas que broten.

Total, si ellas ya han decidido crecer, ¿quién soy yo para llevarles la contraria?