
Esta postal viene del baúl, y tiene tanto polvo que ni el año recuerdo. Yo tendría unos seis años. Mi padre y alguno de sus amigos pescaban en un pantano pequeño, de esos con tres lados de cemento y uno de orilla, y se habían ido al otro extremo para que yo, jugando, no les espantara la pesca. Mientras tanto, la mujer del otro pescador leía un libro cerca de mi, echándome un vistazo de vez en cuando.
Yo estaba a lo mío: haciendo casitas con el barro de la orilla, con los pies en el agua. Metí las manos para sacar otro puñado y el barro empezó a tirar de mí hacia dentro. Siempre he sido menuda para mi edad, y aquello tiraba más que yo. Creyendo que solamente tenía barro entre las manos, ni pensé en soltarlo. Así que chillé a pleno pulmón.
La mujer me sacó del agua con mi barro y todo. Cuando me dejó en el suelo, por fin abrí las manos, y del barro salió dando saltos una carpa enorme. Mi padre y sus amigo me habían oído gritar y llegaban corriendo justo en ese momento, la atraparon y, como buenos pescadores, sacaron la balanza de muelle que siempre llevaban entre los aparejos: casi seis kilos.
Ellos se habían apartado para yo no espantara a los peces. Pero, sin caña y sin querer, saqué el más grande del día.
La carpa, para qué negarlo, acabó en el horno. Y yo, aquella tarde, fui la campeona de pesca.
Gózquez, hace mucho

