
Mi Corea empezó en el sofá, hace casi 10 años. Buscaba series que contaran algo distinto y que se acabaran relativamente pronto. Los culebrones de cien no son lo mío. Así encontré el k-drama: dieciséis capítulos, veinte como mucho. Y, con el k-drama, el sonido del coreano, que me gusta muchísimo.
Luego me fijé en las bandas sonoras, conocí el k-pop y muchas de esas canciones han pasado a mi lista de reproducción. En la banda sonora de Hwarang cantaban V y Jin, de BTS: «It’s Definitely You» y ese fue nuestro punto de encuentro. Paloma hizo el camino al revés: llegó por la música y el k-pop a BTS, y de ahí, a mis series. Ella ya ha estado en Corea, y le gusta tanto que no le importa volver conmigo. Así que tendré la mejor guía posible.
Quiero ver de verdad lo que solo he visto en pantalla: los palacios, empezando por Gyeongbokgung, los barrios tradicionales, los mercados, las cafeterías, Hongdae y Gangnam. Gyeongju, la antigua capital del reino de Silla, con sus tumbas reales y sus templos. Busan, con sus playas, sus templos frente al mar y sus casas de colores. Y Jeju, si da tiempo.
En los museos me perderé, como siempre, en la sala de las cosas corrientes: los peines, los cacharros de cocina, todo lo que cuenta cómo vivía la gente. No pienso peregrinar a cada sitio por el que pasó BTS. Pero si coincide un concierto, que nadie me espere esa noche.
Y comeré. Seguro que allí me esperan platos de los que ni siquiera he oído hablar.
De momento, Corea me la sé por capítulos. Algún día quiero verla sin subtítulos.
Seúl, algún día

