Tengo en casa un Monopoly de una ciudad en la que estuve tres días.
Lo compré en el aeropuerto, en ese estado mental de aeropuerto en el que una cree que llevarse un tablero con las calles de un sitio que apenas ha pisado es una forma de conservar el viaje. No lo es. Es una forma de conservar una caja. Pero es el Monopoly oficial de casa desde hace años y ya nadie recuerda por qué las calles caras se llaman así.
Y no es raro: hay edición de prácticamente cualquier ciudad con oficina de turismo, de cualquier serie con seguidores, de gatos, de fútbol, de videojuegos, y también de galaxias que no existen. El tablero es el mismo; cambian los nombres. Lo que nunca cambia, da igual la edición, es que la partida dura cuatro horas y termina mal.
Eso sí tiene arreglo. Y el arreglo no es jugar más rápido: es jugar con las reglas que vienen en la caja, que casi nadie usa.
Las cinco reglas oficiales que tu casa se salta
1. La subasta obligatoria. Esta es la gorda. Cuando caes en una propiedad sin dueño y decides no comprarla, no se queda libre esperando a que caiga otro: la banca la subasta inmediatamente al mejor postor, y participan todos los jugadores, incluido el que acaba de renunciar a comprarla. Se puede pujar por debajo del precio de la tarjeta. Si nadie puja, no se paga nada y ya está.
Lo que cambia esto es enorme. Con subasta, el tablero se llena de propietarios en las primeras vueltas y los monopolios aparecen pronto. Sin subasta, las calles se quedan vacías vuelta tras vuelta y la partida se convierte en cuatro personas dando vueltas y cobrando doscientos.
2. El parking gratuito no da nada. Nada. Es una casilla de descanso. No hay bote, no se acumula ahí el dinero de los impuestos ni de las multas, y quien cae encima no cobra. Es la regla casera más extendida del mundo y también la más dañina: inyecta dinero que no debería existir, retrasa las bancarrotas y puede duplicar la duración de la partida.
3. No se presta dinero entre jugadores. Las reglas oficiales no contemplan ni préstamos ni pagos aplazados entre jugadores. Se pueden intercambiar propiedades y dinero en un trato, sí, pero no financiar al vecino para que siga vivo. Cuando no puedes pagar, hipotecas, vendes o quiebras.
4. Las casas se acaban. Hay 32 casas y 12 hoteles, y ese límite es una regla, no una limitación del envase. Si se agotan, no se construye más hasta que alguien venda, aunque tengas dinero de sobra. Y si sólo queda una casa y dos jugadores la quieren, el banco la subasta. Sustituir las casas que faltan por papelitos o garbanzos rompe una de las estrategias más elegantes del juego: comprar casas para que no las tenga nadie más.
5. Se construye en equilibrio. No puedes poner tres casas en una calle y ninguna en las otras dos del mismo color. Primero una casa en cada solar, luego la segunda, y así. Y para el hotel hacen falta cuatro casas en cada solar del grupo, que se devuelven al banco.
Y tres más, de propina
- Tres dobles seguidos y a la cárcel. No se avanza con el tercero: se va directo.
- Desde la cárcel se cobra alquiler. Estar preso no te impide cobrar. Lo contrario es regla casera.
- El banco no quiebra nunca. Si se queda sin billetes, se escriben pagarés en papel y se sigue. Tampoco hay un número «correcto» de billetes en la caja.
Lo que sí conviene recordar de las reglas normales
- Se cobran 200 al pasar o caer en la salida, ni más ni menos, y sin duplicar.
- Hipotecar una propiedad da la mitad de su valor de compra; para recuperarla se paga lo hipotecado más un 10%. No se puede hipotecar un solar si quedan casas en su grupo de color: primero hay que venderlas.
- Bancarrota: si debes al banco, tus propiedades vuelven a la banca y se subastan. Si debes a otro jugador, pasan a él. Gana el último que sigue en pie.
- Los pactos de palabra valen, pero no obligan. Es decir, que traicionar a alguien que te fio una calle a cambio de un favor futuro está contemplado en el reglamento. Como debe ser.
Cómo hacer que dure una hora
Si sólo vas a cambiar una cosa, que sea el parking. Si vas a cambiar dos, el parking y la subasta. Con esas dos, una partida a cuatro se resuelve en poco más de una hora y, lo más importante, se resuelve: hay un ganador en vez de un abandono por sueño.
Y si queréis algo aún más corto, acordad antes un final por tiempo: a las dos horas se cuenta el patrimonio de cada uno —dinero, más el valor de las propiedades sin hipotecar, más lo construido— y gana el más rico. Es un final mucho más digno que el habitual, que consiste en que alguien mire el reloj y diga que mañana madruga.
Mi problema con el dinero de mentira
Ahora la parte incómoda.
Yo con el dinero de mentira soy exactamente igual de agarrada que con el de verdad. Peor, quizá, porque con el de verdad al menos me da vergüenza.
Cuento el mío dos veces antes de empezar. Lo ordeno por valores. Y cuando alguien me propone un trato —tu calle por la mía y cincuenta— hago un gesto involuntario con la boca que todos los presentes han aprendido a interpretar como una negativa, aunque el trato me convenga. He dicho que no a intercambios que me habrían dado el monopolio completo. He preferido quedarme con seiscientos en la mano y sin ninguna propiedad decente, que en términos de Monopoly es más o menos como guardar el dinero debajo del colchón mientras el mundo se revaloriza.
La última vez, en una casa alquilada un fin de semana de lluvia, Dani me ofreció un intercambio limpio para que los dos tuviéramos monopolio. Le dije que no. Le dije que no tres veces a lo largo de dos horas, en versiones cada vez peores para mí. Él terminó pactando con otra, construyó, y yo caí en su calle con hoteles a la cuarta vuelta y me arruiné en una sola tirada.
Y lo peor no fue eso. Lo peor fue que mientras contaba mis billetes para pagarle sentí, sinceramente, físicamente, una punzada de disgusto. Por unos papeles de colores con el dibujo de un señor con bigote.
He pensado bastante en eso desde entonces, y no he llegado a ninguna conclusión que me deje tranquila.
Una última cosa
Se han celebrado catorce campeonatos del mundo de Monopoly. El último que yo haya oído fue en 2015, en Macao. El que estaba previsto para 2021 se canceló y, que yo sepa, no ha vuelto a convocarse, así que técnicamente hay un campeón mundial vigente que lleva más de una década sin que nadie haya podido quitarle el puesto.
Con estas reglas en la mano, y viendo lo que tarda cada partida, hasta lo entiendo.
Novena entrega de la serie sobre los juegos a los que se juega de verdad en España. El mapa completo está
juegos de mesa,; y tenemos el parchís; el chinchón; la brisca; el mus y sus señas; el tute y la pocha.

