Son las cinco y diez de la tarde de un domingo de noviembre, día de reunión familiar, llueve, hemos comido demasiado y mi cuñado dice la frase. La frase es «venga, saca algo para jugar».
Yo me levanto encantada, porque soy la que se levanta encantada. Ese es mi problema y lo vamos a tratar más adelante.
En el altillo de casa de mi madre hay tres cajas. Un parchís al que le faltan dos fichas amarillas y una de repuesto que es en realidad un botón. Un Trivial que compró mi padre y que sigue preguntando por países que ya no existen. Y un Monopoly que nadie ha vuelto a abrir desde una tarde de 2011 que en esta familia se menciona como se mencionan los divorcios: sin entrar en detalles.
Bajo las tres. Las pongo sobre el mantel. Y entonces empieza lo de siempre.
Mi madre dice que al Trivial no, que se le da mal. (No se le da mal. Gana siempre. Lo dice por cortesía y luego gana.) Mi sobrino, catorce años, dice que el parchís es de niños, con la voz de quien acaba de dejar de serlo hace veinte minutos. Mi tío Ramón pregunta si no hay dominó. Mi cuñado, que es el que ha pedido que saque algo, ha desaparecido a la cocina y vuelve con un plato de mandarinas y ninguna opinión.
Mi yo interno: Podrías decir simplemente «jugamos al parchís» y repartir las fichas.
Mi yo interno, segunda voz: Ya, pero ¿y si a alguien no le apetece?
Primera voz externa: A alguien nunca le apetece. Eso es una constante del universo.
Segunda voz: Sí, pero es que si lo decido yo y sale mal…
Y así estuve. Casi veinte minutos de mediación diplomática, tres propuestas retiradas antes de votarse y una encuesta informal que terminó dos a dos con una abstención comiendo mandarinas. A las seis menos cuarto mi sobrino estaba en el sofá con el móvil, mi tío se había quedado dormido en la butaca y mi madre recogía los platos que yo había prometido recoger. Las tres cajas seguían sobre el mantel, cerradas, con esa dignidad de cosa que nadie ha querido.
No jugamos a nada. Y no jugamos a nada por mi culpa, aunque tardé una semana en admitirlo.
El «saca algo» es una trampa
Porque «saca algo» suena a favor y en realidad es una delegación de responsabilidad. Quien lo dice no quiere que saques algo: quiere que decidas por él y que además asumas las consecuencias si el algo no gusta. Y yo, que llevo toda la vida convencida de que mi trabajo en las reuniones familiares es que todo el mundo esté contento a la vez, acepto el encargo y lo hago mal. Porque no se puede. Cinco personas no se ponen de acuerdo sobre un juego por la misma razón por la que no se ponen de acuerdo sobre una película: porque preguntar es el error.
Después de aquella tarde me piqué —sanamente, dentro de lo que cabe— y me puse a mirar a qué juega la gente en España. Esperaba encontrar una lista de cuatro cosas. Encontré tres mundos distintos que apenas se hablan entre ellos. Y encontré, esto no me lo esperaba en absoluto, campeonatos.
Las tres mesas
La primera es la mesa de casa. Parchís, oca, damas, Monopoly, Trivial, dominó. Nadie los compra: se heredan. Viven en un altillo, salen en Navidad, en el pueblo, en el camping y los días de lluvia, y sus reglas han mutado tanto de una familia a otra que jugar con gente nueva es medio deporte de contacto. Aquí está mi madre. Aquí está la caja del botón amarillo.
La segunda es la mesa de bar y de baraja española. Mus, tute, brisca, chinchón, escoba, cinquillo, guiñote. De los juegos con oros, copas, espadas y bastos, los que más se practican son el mus —la referencia sobre todo en el norte—, el chinchón y la brisca, con la escoba pisándoles los talones. Es el mundo con más partidas reales al día y menos presencia decente en internet, cosa que dice bastante de internet. Aquí está mi tío Ramón, que desde que se jubiló juega al dominó tres tardes por semana con los mismos cuatro señores y que si le preguntas te dirá que va «a tomar algo», nunca «a jugar».
Pero esta mesa tiene dos generaciones, y la segunda no está en el bar: está en las fiestas. La pocha es el juego de la cuadrilla, del piso compartido y de la sobremesa que se alarga hasta que hay que ir a cambiarse. Se reparten cartas, cada uno apuesta cuántas bazas va a ganar, y luego tiene que ganar exactamente esas: ni una más. Fallar es pochar, de ahí el nombre, y el castigo no es perder puntos, es que alguien lo cante en voz alta. En Latinoamérica se llama la podrida y en el mundo anglosajón, Oh Hell!, que como traducción emocional es bastante exacta.
Lo que hace grande a la pocha es que se juega con una libreta. Nadie recuerda una partida de pocha por las cartas: la recuerda por lo que pasó alrededor de la libreta.
La tercera es la mesa moderna. Catan, Carcassonne, Azul, Dixit, Virus!, Dobble, Party & Co. Cajas que se compran, se eligen y se comentan, con editoriales españolas detrás y tiendas donde la persona del mostrador sabe qué te va a gustar. Aquí estaría mi sobrino si alguien se lo hubiera propuesto en lugar de someterlo a votación.
Ninguna de las tres mesas es mejor. Pero son tres idiomas, y yo aquella tarde intenté que cinco personas hablaran los tres a la vez.
Y luego está el Uno, que no encaja en ninguna y por eso funciona. No es tradicional español —lo inventó un barbero estadounidense a principios de los setenta y Mattel lo compró veinte años después—, no tiene tablero, no exige que nadie sepa nada previo y se explica entero en lo que tarda alguien en ir al baño. No hay abuela que no lo entienda ni adolescente que lo considere demasiado infantil para participar, aunque diga que sí. Es el esperanto de las mesas: no es de nadie, así que sirve para todos.
Un aviso, que además es mi dato favorito de toda esta investigación: según las reglas oficiales de Mattel, los +2 y los +4 no se acumulan. Si alguien te planta un +4, robas cuatro y pierdes el turno, y no puedes encadenarle otro para que el siguiente robe seis. La propia cuenta oficial del juego tuvo que salir a aclararlo y se armó una tragedia colectiva, porque resulta que medio mundo llevaba décadas jugando mal y muy a gusto. Yo incluida. Si en tu casa se acumulan, que se acumulen, pero que quede claro que esa regla es vuestra y no viene en la caja.
La parte que no me esperaba: esto tiene liga
Yo pensaba que la competición seria empezaba y terminaba en el ajedrez. No.
El mus tiene circuito nacional, ranking y temporada. La asociación Asesmus organiza un Máster Nacional que reúne a más de trescientas parejas venidas de casi todas las provincias, además del Campeonato de España y unas olimpiadas por equipos. Y por debajo hay una capa amateur gigantesca: campeonatos que se disputan directamente en bares, restaurantes y txokos apuntados como sede, con inscripción por pareja y fases clasificatorias que duran más de un mes. Es decir: mientras tú intentas recordar si el treinta y una se canta antes o después, hay gente con calendario.
El dominó está federado. La Federación Española de Dominó lleva más de treinta ediciones de su campeonato nacional por parejas, reivindica más de tres millones de practicantes en el país y recuerda que en Murcia y en Canarias el dominó está considerado deporte. Mi tío no lo sabe. O sí lo sabe y le parece una obviedad.
El parchís no tiene federación, tiene fiestas. Su circuito son las Fallas, las Hogueras y las patronales de medio país, con campeonatos oficiales de más de cien participantes. Y tuvo mundial: en El Grado, un pueblo de Huesca, se celebraron ocho ediciones de un Campeonato Mundial de Parchís con reglamento y jueces que llenaba la plaza con más de quinientos adultos. La última fue en 2012.
Catan y Carcassonne funcionan como un deporte de verdad. Devir, la editorial que los publica aquí, sostiene un circuito de clasificatorios que sólo pueden organizar tiendas especializadas y asociaciones, con un campeonato nacional al final del embudo y, desde ahí, el europeo o el mundial. Si tienes una tienda de juegos en tu ciudad, es probable que en algún momento del año haya uno.
Y luego está el Monopoly. Se han celebrado catorce campeonatos del mundo. El último fue en 2015, en Macao. El que iba a jugarse en 2021 se canceló y no ha vuelto a convocarse. O sea que hay un señor italiano que sigue siendo campeón del mundo de Monopoly porque nadie ha podido discutírselo, lo cual me parece, con diferencia, la cosa más Monopoly que ha pasado nunca.
Ah, y todos los años desde 2006 la asociación Jugamos Tod@s organiza en Córdoba un Festival Internacional de Juegos con entrada libre, más de cien mesas de uso gratuito y la entrega del premio al Juego del Año en España. Miles de personas jugando a la vez, con horario de madrugada. Ni siquiera lo pararon los años de pandemia: se celebró igual, por internet. Y yo sin enterarme, mediando entre mandarinas.
Entonces, ¿qué sacas?
Lo que aprendí no es qué juego es mejor. Es que hay que decidir en voz alta y sin preguntar. Reparte las fichas mientras lo anuncias: cuando las fichas ya están repartidas, la gente juega.
Y para decidir, mira la mesa, no el juego:
- Cuatro personas y dos horas por delante. Cartas. Brisca si hay que enseñar a alguien, tute si no. El mus si tenéis a alguien que lo sepa y paciencia para las señas.
- Grupo grande, ruido, gente entrando y saliendo. Nada por turnos largos. Algo rápido, de reacción o de adivinar, donde perderse una ronda no te expulse de la partida.
- Dos personas. Chinchón, damas, o un juego moderno para dos. El parchís a dos es una conversación triste con dados.
- Con niños y adultos mezclados. Parchís u oca, y asumir que las reglas de esta casa son las de esta casa.
- Con alguien a quien quieres impresionar poco pero caer bien mucho. Dominó. Nadie ha discutido nunca por un dominó. Creo.
- Cuando no tienes ni idea de quién va a haber. Uno. Siempre Uno.
Aquí empieza una serie. Cada vez que pueda voy a coger uno de estos juegos y explicar cómo se juega de verdad: las reglas completas, las que tu familia se inventó, y por qué las vuestras probablemente están mal. Empezamos por el parchís, que es donde más sangre hay.
El domingo siguiente al de las tres cajas volví a casa de mi madre. Entré, saqué el parchís, puse las fichas en la mesa y dije «amarillas para el que llegue tarde». No preguntó nadie. Jugamos hora y media.
Ganó mi madre. Por cortesía, supongo.
Desde entonces llevo una baraja de Uno en el bolso. No es una metáfora: está ahí, en el bolsillo del forro, aplastada, sin la caja original porque la caja original murió de muerte natural, sujeta con una goma del pelo. Le falta el 4 amarillo, que sustituí por un rectángulo de cartulina donde escribí «4 amarillo» con una letra que no engaña a nadie.
La he sacado en un cumpleaños que se estaba apagando, en una sala de espera y en un tren parado en mitad de Castilla durante cincuenta minutos. Las tres veces funcionó. Y las tres veces alguien intentó encadenarme un +2.
Por si quieres probar esto de verdad
Todas estas competiciones son abiertas y publican su calendario cada temporada. Si te pica la curiosidad, aquí tienes por dónde empezar.
Asesmus — asociación española de mus: máster nacional, campeonato de España, olimpiadas por equipos y los torneos que puntúan para clasificarse.
Federación Española de Dominó — campeonatos nacionales y federaciones territoriales por provincia.
Festival Internacional de Juegos de Córdoba — la mayor cita de juegos de mesa del país, gratuita, organizada por Jugamos Tod@s.
Devir — circuito de clasificatorios de Catan y Carcassonne; se organizan a través de tiendas especializadas.
Campeonato Mundial de Parchís de El Grado — la historia del mundial que llenaba una plaza de Huesca, contada por el propio ayuntamiento.

