Me han echado de un campeonato de parchís por una norma que se inventó mi abuela.
Fue en las fiestas del barrio, en el campeonato que organizan todos los años en la carpa de al lado del mercado. Me apunté el jueves, en la mesa de inscripciones, mientras compraba pan. Había un cartel, había una señora con una carpeta, y había cuatro euros de inscripción, que en ese momento me pareció un chollo y era, efectivamente, un chollo. Firmé sin leer nada.
Mi yo interno: ¿No quieres mirar las bases?
Yo: Llevo jugando al parchís desde los seis años.
Mi yo interno: Ya. Eso es exactamente lo que dice todo el mundo antes de una desgracia.
El sábado a las seis me senté en una mesa de plástico con Puri, del tercero, que me saludó como si nos conociéramos —nos conocemos, llevamos catorce años coincidiendo en el ascensor y no sé su apellido—; con un señor llamado Chema que traía su propio cubilete; y con una chica de unos veinte años que jugó toda la partida sin quitarse los auriculares y que, aviso desde ya, ganó.
Empecé bien. Saqué un cinco a la primera y saqué dos fichas.
Puri levantó la mano.
Yo no sabía que se podía levantar la mano. Al parecer, en un campeonato de parchís se levanta la mano, y viene una señora con una carpeta, y la señora con la carpeta dice cosas. Lo que dijo fue que con el primer cinco sale una ficha. Una. Que lo de sacar dos es una regla de casa.
Y yo dije, con mucha calma y mucha seguridad y ninguna base: «no, no, con el primer cinco se sacan dos siempre».
—¿Según quién? —dijo la señora de la carpeta.
Y ahí, delante de tres vecinos y de una carpa entera, me oí a mí misma responder: «según mi abuela».
Metí la ficha. Se rieron. Me pareció justo.
A partir de ahí fue un desmontaje sistemático de mi infancia. Comí una ficha en un seguro: no se puede. Conté las veinte con una ficha distinta a la que había comido: eso sí se puede, resulta, pero yo lo había defendido con tanta agresividad que ya nadie me creía. Hice un puente en mitad del tablero y me lo respetaron, aunque Chema murmuró algo. Y en la penúltima jugada saqué mi tercer seis seguido, mandé una ficha a casa con toda la naturalidad del mundo, y descubrí que la que vuelve a casa es la última que has movido, no la que tú elijas, que es como lo habíamos hecho siempre en mi familia porque así se podía sacrificar la que menos dolía.
No me expulsaron, para ser exactos. Me eliminaron en la primera ronda, que es peor, porque suena a decisión ajena y fue enteramente mía.
Las reglas del parchís, las de verdad
Empecemos por lo importante: no existe una federación que regule el parchís. No hay un organismo que emita reglamentos ni un libro sagrado. Por eso las variantes locales son la norma y no la excepción, y por eso lo más sensato antes de empezar una partida con gente nueva es pactar en voz alta cómo se juega en esta mesa.
Dicho eso, hay un núcleo que aparece igual en las bases de campeonatos, en los reglamentos de las plataformas de juego y en los materiales escolares. Es este:
- El tablero. Sesenta y ocho casillas en circuito, doce de ellas seguros, marcadas con un círculo. Cada jugador tiene su casa, su casilla de salida, un pasillo de siete casillas de su color y la meta en el centro. Cuatro fichas por jugador.
- El movimiento. Se avanza en sentido contrario a las agujas del reloj, desde la salida de tu color hasta tu meta.
- Salir de casa. Se necesita un cinco. Sale una ficha. Si no puedes sacarla porque ya tienes dos fichas propias en tu salida, mueves cinco casillas con otra.
- Dos fichas por casilla, máximo. Salvo en la casa y en la meta.
- El seis. Repites turno. Y si ya no te queda ninguna ficha en casa, el seis se cuenta como siete.
- Tres seises seguidos. La última ficha que hayas movido vuelve a casa. La última que hayas movido, no la que prefieras. Se salva si ya estaba en el pasillo de meta.
- Comer. Si tu ficha cae en una casilla blanca ocupada por una ficha rival, se la come: esa ficha vuelve a su casa y tú cuentas veinte casillas.
- En los seguros no se come. En un seguro pueden convivir fichas de distintos colores.
- La excepción de la salida. Si en tu casilla de salida hay una ficha rival y tú sacas ficha con un cinco, te la comes. Es el único sitio donde se come sin que la casilla sea blanca.
- Puentes o barreras. Dos fichas tuyas en la misma casilla forman una barrera que bloquea el paso a todo el mundo, incluidas tus propias fichas. Las fichas que forman barrera no pueden ser comidas.
- Abrir la barrera es obligatorio. Si tienes una barrera formada y sacas un seis, tienes que moverla. Si tienes varias, eliges cuál.
- Llegar a meta. Con el número exacto. Ni uno más.
- Y al meter ficha, cuentas diez con cualquiera de las que te queden por el tablero. Si no puedes contarlas, se pierden.
Y ahora, las de tu casa
Ninguna de estas es una trampa. Son reglas caseras, y una regla casera pactada antes de empezar es perfectamente legítima. El problema no es jugarlas: el problema es defenderlas en una carpa municipal creyendo que son universales.
- Sacar dos fichas con el primer cinco. La mía. Está muy extendida —aparece incluso en las bases de algunos campeonatos, que la adoptan para acelerar el arranque— pero no forma parte del núcleo común.
- Elegir qué ficha vuelve a casa con el tercer seis. Casera, y muy ventajosa para quien la propone.
- Comer en los seguros. Casera y demoledora. Convierte el juego en otra cosa.
- Contar las veinte sólo con la ficha que ha comido. El estándar deja elegir ficha; muchas casas obligan a mover la comilona.
- Sacar ficha con un seis además de con el cinco. Variante conocida, partida mucho más rápida.
- El seis cuenta doce en vez de siete cuando ya no te quedan fichas en casa. Existe, está publicada en algún reglamento de plataforma, pero es minoritaria.
- La casilla de enfrente como trampa mortal, el turno extra encadenado hasta el infinito, lo de que si te comen tienes derecho a queja formal. Esas ya son de tu casa y de nadie más.
Los cuatro puntos donde nadie se pone de acuerdo
Y aquí está lo interesante, porque no todo lo discutible es una invención de tu familia. Hay cuatro cosas en las que las fuentes publicadas se contradicen entre sí:
Uno o dos dados. En buena parte de España se juega con un dado. En otras zonas, con dos: se suman, se pueden repartir entre dos fichas, y para salir basta con hacer cinco entre ambos. Las dos versiones son legítimas y producen partidas muy distintas.
Dónde valen las barreras. Unos reglamentos dicen que dos fichas del mismo color forman barrera en cualquier casilla. Otros —incluidas bases de campeonatos reales— sólo las admiten en los seguros. Es la discrepancia más gorda de todas y la que más partidas ha arruinado.
Si comer es obligatorio. Hay reglamentos que lo imponen y penalizan al que no come, mandando a casa la ficha que debía hacerlo. Otros lo dejan a tu criterio.
Qué pasa exactamente con el tercer seis cuando la última ficha movida ya está en meta o en el pasillo. Todo el mundo coincide en que esa ficha se salva. Nadie coincide del todo en qué ocurre entonces.
Así que si estás en mitad de una discusión sobre alguna de estas cuatro: enhorabuena, tenéis razón los dos. Buscad otra manera de resolverlo.
Por qué el parchís muta más que ningún otro juego
Le he dado bastantes vueltas a esto, más de las que un adulto debería dedicarle a un juego de fichas de colores.
Y creo que es porque el parchís es el único juego que casi nadie ha aprendido leyendo. El Monopoly trae un libro de instrucciones que alguien, alguna vez, ha abierto. Las cartas se aprenden con una persona que te las enseña y te corrige. El parchís no: el parchís se aprende mirando, a los cinco años, sentada en las rodillas de alguien que a su vez lo aprendió mirando. Es transmisión oral pura. Y la transmisión oral hace exactamente lo que hace siempre: cada generación copia un poco mal, la copia mala se convierte en dogma, y treinta años después una señora de cuarenta discute con una carpeta municipal invocando a su abuela.
Lo cual, si lo piensas, es bastante bonito. Que cada familia tenga su versión de un juego significa que ese juego se ha jugado mucho, muchas veces y durante mucho tiempo, en esa casa concreta. Las reglas raras de tu parchís son un registro de que allí ha pasado algo.
Pero llévalo pactado a la carpa del barrio.
Volví al mercado el lunes. Puri estaba delante de mí en la cola del pan y se giró para decirme que había quedado cuarta y que el año que viene íbamos a hacer pareja, y que ella se encargaba de las bases. Le dije que sí antes de pensarlo, que es más o menos como me meto en todo.
Este año a mi abuela no la nombro.
Esta es la segunda entrega de la serie sobre los juegos de mesa que conozco y he jugado. Empecé con qué juego de mesa probar según quienes vayan a jugar. La siguiente: el chinchón.

