(cuáles son, cuándo se pasan y qué pasa si te pillan)
Ganamos las dos primeras manos.
Cuento esto primero porque es lo único bueno que tengo para contar y prefiero disfrutarlo un párrafo entero antes de llegar a la parte donde se desmorona.
Volví al bar de Navarra en junio, en otro viaje, y esta vez me esperaban. Me sentaron de pareja con Iñaki, que es el más joven de los cuatro, tiene sesenta y un años y una cara que no dice absolutamente nada, ni cuando gana ni cuando pierde ni cuando le traen el café. Yo llevaba tres meses preparándome. Y cuando digo preparándome digo delante del espejo del baño, por las noches, practicando muecas como una persona que ha perdido el rumbo pero no la ilusión.
Porque en el mus se puede hacer trampas. Sólo que no son trampas: son las señas, están reguladas, vienen en los reglamentos oficiales con su tabla y todo, y son la parte del juego que más miedo da desde fuera y más bonita es desde dentro.
Qué son exactamente
Son gestos con la cara que le haces a tu compañero para contarle qué llevas. Están permitidos. Se hacen delante de los contrarios, que las conocen igual de bien que tú, y ahí está toda la gracia: el juego consiste en pasárselas a tu pareja cuando los otros dos no están mirando, sabiendo que los otros dos están precisamente para eso.
Y no son un adorno. Los reglamentos las definen con una solemnidad que a mí me parece preciosa: la seña es la expresión seria y veraz del mus, el canal de entendimiento entre compañeros, y tiene que ser siempre fidedigna de las cartas que llevas y de su valor.
O sea que puedes engañar a tus rivales todo lo que quieras con los envites. A tu compañero, jamás.
El catálogo
Cada federación territorial publica su tabla y hay variaciones de una zona a otra, así que lo primero al sentarte con gente nueva es preguntar cuál usan. Estas son las que aparecen en los reglamentos de competición:
- Duples (dos parejas, o cuatro cartas iguales): levantar las cejas.
- Medias de ases (tres ases): sacar la punta de la lengua hacia un lado.
- Medias de reyes (tres reyes): mover la comisura de los labios hacia un lado.
- Medias que no sean de reyes ni de ases: virar los labios hacia un lado.
- Dos ases: arrugar la nariz.
- Juego de treinta y una: guiñar un ojo.
- Juego de treinta y dos a cuarenta: sacar los labios.
- Treinta al punto: alzar un hombro, o guiñar un ojo después de haber cantado «juego no».
- Ciego (no llevo nada): cerrar los dos ojos, o alzar los dos hombros.
La seña de la pareja de reyes es la que más cambia de un reglamento a otro, así que ésa hay que pactarla sí o sí. Y en algunas zonas existe además la bonita —tres reyes y un as—, que se anuncia lanzando un beso, y que es la única seña del repertorio que da vergüenza hacer en público.
Y ahora la parte que nadie explica: cuándo se pueden pasar
Aquí es donde se cae todo el mundo, yo la primera. Las señas no se hacen cuando te apetece.
Se pasan una vez vistas las cuatro cartas, y completas. Nada de adelantar media jugada.
Prohibidas las señas parciales. Si llevas duples de reyes y ases, tienes que pasar duples. No puedes pasar sólo los reyes porque te venga mejor.
Manda siempre la jugada superior. Con duples no se pasa la seña de juego, se pasa duples. Con tres reyes no se pasa juego, se pasan medias. Y con tres reyes y treinta y una puedes pasar cualquiera de las dos, o las dos, porque ambas son máximas.
Algunas esperan su turno. Las medias que no son de reyes ni de ases no se pasan hasta que se haya cerrado el lance de grande. El treinta al punto, hasta que se haya cerrado pares.
El ciego no vale para tapar. No se puede pasar la seña de ciego llevando cartas que tengan seña propia. Ni con pares de cualquier clase. Ni con veintinueve al punto.
La primera mano va sin señas. Se juega corrida y sin señas hasta que alguien corte el mus. Se hace así para que nadie salga con ventaja de salida.
Está prohibido preguntar por señas. No puedes decirle a un rival «¿me has hecho un guiño?». Y si crees haber visto una, tampoco tienes derecho a que te la confirmen ni te la desmientan: juegas con lo que creas haber visto y te aguantas.
Y hablar, sólo lo justo. Entre compañeros hay un vocabulario permitido de palabras firmes: mus, quita, envida, mete órdago, llegó a mí, ¿qué digo? Se acabó. Y preguntar «¿qué digo?» estando tú con medias, duples o treinta y una está terminantemente prohibido, porque sería una forma de contarlo sin contarlo.
La penalización, cuando una seña no se corresponde con lo que llevas, es la anulación de la jugada. En el reglamento de la asociación española eso entra directamente en el capítulo de errores, con su tanto de negada para la pareja contraria, y se da por hecho que no ha sido a propósito. Para los que sí lo hacen a propósito hay otro capítulo, y no es agradable.
La mano en la que se me vio todo
Tercera mano. Reparto. Miro mis cartas: dos sotas y dos cuatros.
Duples. Mis primeros duples de la vida.
Y aquí, para que se entienda bien lo que pasó, hay que saber algo de mí: yo tengo una cara que no calla. Todo el mundo me lo dice desde el colegio. Se me nota cuando me gusta algo, se me nota cuando alguien me cae mal, se me notó una vez que estaba embarazada una amiga mía antes de que ella lo contara. Mi cara va por libre y da ruedas de prensa.
Así que el plan era: levantar las cejas, discretamente, cuando el señor de mi derecha mirara hacia la barra.
Lo que ocurrió, en orden:
Levanté las cejas. Demasiado. Las levanté como quien se entera de una infidelidad. Iñaki no me estaba mirando en ese momento, así que las mantuve arriba, esperando, con la frente hecha un acordeón durante lo que después calculé en cuatro o cinco segundos, que en una mesa de mus son una eternidad geológica.
El señor de mi derecha se giró. Yo, en un movimiento de pánico puro, bajé las cejas y cerré los dos ojos.
Que es la seña de ciego. Que es exactamente lo que no se puede pasar llevando pares.
Iñaki, que ya me estaba mirando, procesó en tiempo real que su compañera acababa de anunciarle que no llevaba nada. Pasó a grande. Pasó a chica. Y cuando llegó el momento de cantar pares y yo dije «sí», con mis duples en la mano, se hizo un silencio en aquella mesa que todavía puedo oír.
No hubo penalización porque nadie reclamó, y no reclamaron por lástima, que es peor que una penalización.
—Es que se te ve todo —me dijo el de mi derecha.
Y el de enfrente, sin levantar la vista de sus cartas:
—Se te ve todo desde la barra.
Lo que me dijo Iñaki al final
Que no me obsesione con la cara. Que la cara no se educa en tres meses y que hay gente que no la educa nunca.
Que lo que se aprende antes es el momento: mirar a tu compañero cuando el contrario está recogiendo cartas, o pagando, o contando piedras. Que la seña dura una décima de segundo y el resto del tiempo la cara está en reposo, y que el error de los novatos no es hacerla mal, es hacerla larga.
Y que si de verdad se me nota todo, hay una salida: notárseme siempre. Si pones la misma cara de acontecimiento con duples que con cuatro cartas malas, la información deja de ser información y pasa a ser ruido.
Es el único consejo estratégico que me han dado en mi vida que sirve también para fuera de la mesa, y llevo desde junio dándole vueltas.
Para jugar en casa
Si vais a jugar con señas entre amigos, sólo tres cosas:
- Pactad la tabla antes, sobre todo la pareja de reyes.
- Jugad la primera mano sin señas, como manda el reglamento. Es un gesto de buena fe y evita la mitad de las discusiones.
- No inventéis señas nuevas. Está prohibido en competición y en una mesa de casa es simplemente feo: convierte un juego de información pública en un código privado, que es justo lo contrario de lo que el mus es.
Yo sigo sin dominarlas. Pero he descubierto que hay una manera infalible de que nadie te lea la cara en el mus, y es que ya no te importe perder, cosa que no me pasa todavía y no sé si me pasará.
Del espejo del baño no me he bajado, eso sí.
Sexta entrega de la serie sobre los juegos a los que se juega de verdad en España. He hablado sobre las reglas del mus antes., pero empecé con qué juego de mesa probar según quienes vayan a jugar y las reglas del parchís. Después vinieron el chinchón y la brisca.

