Titi ta: criamos a dos niños bilingües sin saber que seguíamos un método

«Un bebé dormido en su asiento del coche, en la esquina de una sala donde se imparte una clase infantil.

Mi hija contestó en finlandés a un desconocido antes de hablar en casa.

Era una mañana cualquiera en Bruselas y yo iba a comprar cuatro cosas. Álvaro caminaba a mi lado, en esa fase en la que un niño de tres años y medio te suelta la mano cada quince metros para investigar una alcantarilla. Paloma iba en el cochecito, callada, que era su estado natural.

En la acera había dos señores hablando de sus asuntos. Pasamos por su lado sin más intención que la de llegar a la tienda. Y entonces uno de ellos se separó del otro, se me acercó y me dirigió un párrafo entero en un idioma que no reconocí. No una palabra: un párrafo. Con su entonación, sus pausas y su cara de estar esperando una respuesta concreta.

Yo hice lo único que podía hacer.

—Sorry, I don’t understand. Do you speak English?

El hombre me miró desconcertado. Luego me explicó, ya en inglés, que nos había tomado por finlandeses. Estaba preguntándole a su amigo qué tal se encontraba, y mi hija le había contestado.

Mi hija. La que en casa no decía prácticamente nada. La que a los dos años seguía comunicándose con el mundo mediante un sistema propio de gestos, miradas y una paciencia infinita hacia los adultos lentos.

Debo aclarar un detalle que lo explica todo y a la vez no explica nada: su mejor amiga del jardín de infancia era finlandesa. Paloma había pasado tardes jugando en su casa y viceversa.

Una persona, un idioma

Todo esto había empezado años antes, en Madrid, con un consejo que nos dieron y que sonaba demasiado simple para ser verdad: un niño puede aprender varios idiomas a la vez siempre que cada persona le hable siempre en el mismo.

Siempre. Sin excepciones. Sin «hoy estoy cansada» ni «es que estamos con otra gente».

Juan y yo nos repartimos el trabajo con una lógica que no admitía discusión. Él hablaría inglés, porque su acento es nativo e infinitamente mejor que el mío. Yo hablaría español, porque mi vocabulario es más amplio que el suyo. Ninguno de los dos se ofendió, que ya es mérito.

Y funcionó. Los dos crecieron hablando español e inglés sin acento en ninguno de los dos.

Que el método aguanta más de lo que parece lo comprobamos después, en Bruselas, con unos conocidos del jardín de infancia. Sus hijos hablaban francés con la madre, inglés con el padre y portugués con su cuidadora brasileña, y además iban muy adelantados en holandés porque allí se aprende en el colegio. Cuatro idiomas antes de saber atarse los cordones. La clave no era ningún talento misterioso: era que nadie se salía de su papel.

El peaje

Ahora la letra pequeña, que también la hay.

Los dos tardaron más en arrancar a hablar. Paloma especialmente. Y cuando tu hijo de dieciocho meses se comunica sobre todo señalando, una se acuerda del consejo con cierto rencor.

Lo curioso es que cada uno llegó por un camino distinto, casi opuesto.

Álvaro, a los doce meses, se convirtió en traductor simultáneo involuntario. Si oía «pass me the bread, please», decía «pan». Si oía «dame agua», decía «water». Nadie se lo había pedido. Parecía que necesitaba confirmar en voz alta que las dos cosas eran la misma cosa, como quien comprueba que el cambio está bien antes de guardarlo en el bolsillo. De ahí pasó a frases cortas, luego a frases largas y luego a conversaciones.

Paloma no hizo nada de eso. Paloma pasó de no decir casi nada a los dos años a pronunciar frases largas, charlar y opinar sobre absolutamente todo. Sin fase intermedia. Un día era una niña silenciosa y al día siguiente tenía criterio sobre la merienda, sobre la ropa que yo llevaba puesta y sobre la conveniencia de irse a la cama, que en su opinión era escasa.

Los tropiezos

Antes de todo eso, cuando Álvaro tenía diecisiete meses, lo llevé al pediatra porque el niño se tropezaba con todo.

Y cuando digo con todo, digo con todo: con los muebles, con sus propios pies, con obstáculos que un observador imparcial habría calificado de inexistentes. Yo había llegado a la conclusión de que tenía un problema de vista. No se me ocurría otra causa para tanta torpeza. Un niño que no ve bien se choca; era la explicación más razonable y, además, la única que se me pasó por la cabeza.

El pediatra lo exploró y me dio un diagnóstico que no se parecía en nada al que yo llevaba preparado.

Su desarrollo neurológico iba muy por delante de su desarrollo motor. Se tropezaba porque estaba intentando hacer cosas que su cuerpo todavía no sabía hacer.

Salí de allí con una sensación rarísima, mezcla de alivio y de vértigo. Mi hijo no veía mal. Mi hijo iba con prisa.

«Mira, Clesa»

Un par de días después estábamos en el supermercado. Yo con un tripón considerable, porque Paloma estaba a punto de llegar, y Álvaro sentado donde se sientan los niños cuando ya pesan demasiado para llevarlos en brazos.

Y entonces anunció, con el orgullo de quien comparte un descubrimiento científico:

—Mira, Clesa.

Clesa era la marca de leche que usábamos en casa. Pensé que había visto las botellas en la nevera y las había reconocido por los colores, que es lo que hacen los niños de esa edad y lo que hacemos todos los adultos en el pasillo de los lácteos.

No.

Álvaro estaba mirando una pizarra donde alguien había escrito la palabra Clesa y el precio de oferta. En cursiva. Sin botella, sin colores, sin envase. Solo la palabra.

Este fue el segundo aviso. El primero había sido el diagnóstico del pediatra.

Lo que se me ocurrió hacer

El pediatra no me recetó nada. Me explicó lo que pasaba, que ya era mucho, y el resto tuve que pensarlo yo.

Y lo que pensé fue lo siguiente: si el cuerpo de Álvaro tenía que alcanzar a su cabeza, bajar al parque todos los días no iba a bastar. Seguimos bajando, que conste, porque el parque es el parque. Pero hacía falta algo más.

Le busqué dos cosas.

Un playgroup internacional, donde pudiera dibujar, pintar paredes, destrozar cosas de manera socialmente aceptable y jugar con otros niños. Y, de paso, oír más inglés del que yo podía darle. Iba dos o tres días por semana. Ya no recuerdo si eran dos o tres; lo que sí recuerdo es que nunca fue a diario, y que salía de allí encantado.

Y unas horas de gimnasia para bebés, donde pudiera aprender a moverse de muchas maneras distintas. No para que fuera atleta. Para que su cuerpo aprendiera el repertorio que su cabeza ya daba por sabido.

Titi ta

En las clases de gimnasia hacían también otras cosas, y una de ellas era música.

La profesora enseñaba unas figuras dibujadas y les asignaba un sonido. Una sonaba «ta». Dos juntas sonaban «titi». Los niños repetían, daban palmas y lo tocaban en un xilófono. Titi ta. Ta ta titi. Un caos rítmico de una docena de bebés convencidos de estar dando un concierto.

De ahí a «la eme con la a, ma» hubo un paso que a mí me pareció natural y que, visto con distancia, no lo era tanto.

Álvaro leía español con una comprensión bastante decente a los dos años.

Libros para niños, eh. Que quede claro. No El Quijote.

La esquina de la habitación

Al playgroup Álvaro iba solo, con su profesora y los otros niños. A la gimnasia había que ir acompañado, y Paloma tenía pocos meses.

No quise interrumpir las sesiones. Así que Paloma pasaba la hora dormida en su asiento del coche, en una esquina de la habitación. Si se despertaba con hambre o con cualquier otra urgencia de las suyas, yo estaba a un metro para atenderla. No había ninguna intención pedagógica en ese asiento en la esquina. Había una madre sin canguro.

Cuando Paloma cumplió los tres meses empezó sus propias sesiones de gimnasia para bebés, y entonces el que se quedaba al margen era Álvaro, con una piscina de pelotas y unos juguetes en un rincón para entretenerse mientras su hermana trabajaba.

Sin habérselo propuesto nadie, los dos acabaron haciendo dos sesiones seguidas cada semana: una como oyentes y otra como protagonistas.

Un día, en una de las sesiones de Álvaro, la profesora preguntó al grupo cómo sonaba la erre con la a.

Silencio. Los niños pensando, que es una imagen preciosa y bastante rara de ver.

Y desde la esquina, desde el asiento del coche, se oyó una voz pequeña y perfectamente audible:

—¡RA!

Paloma no había cumplido el año. Paloma apenas hablaba.

Paloma leía español antes de los dos años, pero fue con ayuda. Lo del «Clesa» de Álvaro, en cambio, fue completamente espontáneo.

El calcetín

Después de aquello vino una temporada larga sin nada digno de contarse, que es la mejor clase de temporada. Más gimnasia, más titi tas, más cuentos, más juegos. Cuando Paloma cumplió un año, el playgroup de Álvaro se convirtió en un jardín de infancia para los dos. La intención seguía siendo exactamente la misma que al principio: que pasaran tiempo con otros niños haciendo cosas propias de su edad. Educación formal, ninguna. Faltaban años para eso y no teníamos ninguna prisa.

De ese periodo solo guardo una escena, y la guardo porque todavía hoy me hace reír.

Álvaro estaba viendo dibujos animados, que era su gran pasión, sentado en un sillón muy grande para él, con los pies por el borde y los calcetines colgando. Paloma quería jugar. Paloma quería que su hermano le hiciera caso. Y Álvaro estaba en ese estado de trance televisivo en el que un niño no oye a su madre, ni a su hermana, ni probablemente una alarma de incendios.

Ella lo intentó por las buenas. No funcionó.

Entonces se acercó al sillón despacio, con el sigilo de un gato que ha localizado un canario, alargó la mano, agarró la punta de un calcetín, tiró, se lo quitó y salió corriendo.

Álvaro abandonó los dibujos animados en menos de un segundo y salió detrás de ella a recuperar su calcetín.

Paloma no había cumplido los dos años. Todavía no hablaba casi nada. Y ya había entendido que si algo no se consigue pidiéndolo, a veces se consigue por otra vía.

Cuando el idioma dejó de abrir todas las puertas

Poco después nos mudamos a Bruselas. Álvaro andaba por los tres años y medio y Paloma no llegaba a los dos.

Y allí les pasó algo que yo no había previsto y que sigue pareciéndome lo más revelador de toda esta historia.

Hasta ese momento, mis hijos habían vivido en un mundo donde todo el mundo les entendía. Hablaran lo que hablaran. Si decían una cosa en español, les entendían; si la decían en inglés, también. Sospecho que ni siquiera sabían que estaban usando dos idiomas distintos, del mismo modo que uno no sabe que respira.

En Bruselas, casi nadie hablaba español y muy pocos hablaban inglés.

La cara de los dos al descubrirlo no se me olvida. No había miedo por ninguna parte: era sorpresa, sorpresa genuina y con los ojos muy abiertos, de que hubiera gente en el mundo que no les entendía. Habían encontrado una puerta que no se abría con su llave de siempre. Por primera vez, un idioma dejó de ser el aire que respiraban y pasó a ser una herramienta concreta, que sirve para unas cosas y no para otras, y que hay que elegir según con quién estés.

Paloma resolvió el problema a su manera, en silencio y sin consultarlo con nadie: aprendiéndose el idioma de su mejor amiga. Por eso un señor en la calle acabó convencido de que éramos finlandeses.

Entre ellos, mientras tanto, siguieron hablando en español. Se peleaban en español, se reconciliaban en español y, sobre todo, jugaban en español. Eso duró hasta los cinco años de Álvaro, o un poco más, cuando dejamos Bruselas y nos instalamos en Inglaterra; hubo que darle prioridad al inglés para que empezaran sus estudios formales.

Sé que era lo que había que hacer. Aun así, el día que me di cuenta de que ya jugaban en inglés se me quedó un poso raro. Los idiomas no se pierden del todo, pero cambian de sitio. El español dejó de ser la lengua de los juegos para convertirse en la lengua de casa, que no es lo mismo ni de lejos.

El aparte: resulta que estábamos siguiendo métodos

Esto lo he descubierto hace bien poco, y me ha hecho una gracia enorme.

Lo de «una persona, un idioma» tiene nombre, siglas y hasta partida de nacimiento. Se llama OPOL, one person, one language, y la fórmula se atribuye al lingüista francés Maurice Grammont, que la enunció como une personne, une langue. Quien la puso en práctica y la documentó fue otro lingüista, Jules Ronjat, que en 1908 tuvo un hijo con su mujer alemana y le pidió consejo a Grammont. La respuesta fue que cada idioma debía estar representado por una persona distinta, sin invertir jamás el reparto. Ronjat publicó el caso de su hijo Louis en 1913.

O sea que Juan y yo repetimos en Madrid, sin tener ni idea, un experimento de hace más de cien años.

Ahora bien, tampoco vendamos milagros. Un estudio de unas dos mil familias dirigido por la investigadora Annick De Houwer encontró que en una cuarta parte de ellas los niños no llegaron a ser bilingües, y que en las familias donde los padres mezclaban idiomas salieron tantos niños bilingües como en las que aplicaban el método a rajatabla. Lo cual, lejos de desmontar nuestra historia, la coloca en su sitio: el mérito no fue el método, fue la terquedad de no saltárnoslo nunca.

Lo del «titi ta» también tiene autor. Es el método Kodály, del compositor húngaro Zoltán Kodály, que usa sílabas rítmicas como «ta» y «ti-ti» para que los niños interioricen el ritmo antes de saber leer una partitura, todo apoyado en canciones tradicionales y signos con las manos. La Unesco lo incluyó en 2016 en su registro de buenas prácticas de salvaguardia. Yo creía que la profesora se lo había inventado para entretenerlos.

Y lo de leer. «La eme con la a, ma» es el método silábico de toda la vida, el del silabario de nuestros padres. Pero «Clesa» leído en una pizarra, en cursiva, sin envase ni color que ayudara, es exactamente la otra ruta: el reconocimiento global de la palabra entera. Álvaro iba por las dos a la vez. Nadie lo planeó, y por lo visto es justo lo que acaba haciendo cualquiera que lee con soltura.

El único método que sabíamos que era un método fue el Montessori, y solo porque venía escrito en el nombre del jardín de infancia.

Pero mi favorito es el que monté sin enterarme. Puse a Paloma en una esquina porque no tenía dónde dejarla, y resultó que la esquina era la mitad del sistema. Los niños aprenden mirando, aunque parezca que duermen. Ese «¡RA!» desde el asiento del coche es la prueba más contundente que he tenido nunca de que en una habitación con niños no hay espectadores.

En qué quedó todo aquello

Han pasado muchos años y el resultado no es exactamente el que yo habría predicho.

Los dos hablan inglés como nativos y cambian del acento británico al americano sin darse cuenta, según con quién estén hablando. Se lo he visto hacer a mitad de una conversación, y ninguno de los dos sabe que lo hace hasta que alguien se lo señala. El español lo hablan sin acento, pero con menos vocabulario, porque salieron de España siendo muy pequeños. Y el francés, también sin acento y con menos vocabulario todavía, porque en Bruselas estuvimos menos tiempo que en España. Cada idioma lleva dentro el número de años que le dedicamos, aunque por fuera no se note.

Paloma, además, imita cualquier acento que se le ponga por delante. Inglés, español, francés, italiano, griego. Es un espectáculo gratuito y un peligro público en las reuniones familiares. Siendo niña le dieron un papel en una obra de teatro del colegio por su capacidad para imitar el acento irlandés, que es la clase de mérito que no aparece en ningún boletín de notas. Aquello ocurrió en Estados Unidos, y hubo un agente —el de un grupo musical bastante conocido— que me propuso llevarla a una academia de teatro. No pudo ser: volvíamos a Inglaterra.

Y Álvaro ha aprendido chino. No por trabajo, ni por currículum, ni porque nadie se lo pidiera. Porque le gusta.

Hay dos «¿y si?» que me rondan de vez en cuando y que no voy a resolver nunca. Uno es ese: qué habría pasado si nos hubiéramos quedado un par de años más en Estados Unidos y Paloma hubiera ido a esa academia. El otro es Bruselas. Los dos recuerdan aquel Montessori como el mejor colegio en el que estuvieron, y eso que eran pequeñísimos y que de aquella época deberían acordarse de bien poco. Se acuerdan de un montón. Hubiera sido magnífico que hubieran disfrutado de ese colegio algún año más.

No me quita el sueño. Pero ahí están.

Ni Einsteins ni prodigios

Nunca he pensado que mis hijos fueran genios. Lo digo en serio y sin falsa modestia: no lo eran, no lo son y nadie de esta familia ha estado jamás en peligro de aparecer en una enciclopedia.

Lo que sí creo, y cada vez con más convicción, es que los bebés son capaces de cosas sorprendentes cuando tienen los estímulos adecuados y alguien que se moleste en dárselos. No hace falta un programa, ni un método con nombre propio, ni gastarse un dineral. Hace falta estar pendiente. Ver que el niño se tropieza y preguntarse por qué. Ver que mira una pizarra y no dar por hecho que mira los colores. Dejar a una niña dormida en una esquina y no molestarse cuando resulta que no estaba dormida.

Aquella mañana en Bruselas volví a casa con la compra y con una idea que todavía me dura. Le había estado hablando a Paloma en español durante dos años enteros, con la dedicación de quien riega una planta que no termina de brotar, convencida de que ahí dentro no pasaba gran cosa.

Y resulta que ahí dentro no solo pasaba algo. Ahí dentro se había aprendido el finlandés de una amiga de dos años, sin decírselo a nadie, por si acaso hacía falta algún día.

Le hizo falta a media mañana, en una acera, para contestarle a un señor que preguntaba qué tal se encontraba su amigo.


Madre se la guía de tu hijo

El cerebro de la madre