¿Cuánto tiempo seguido puedes estar sin decir nada?
Piénsalo de verdad, porque yo creía saber mi respuesta y resultó ser mucho más baja de lo que esperaba. Concretamente, cuatro minutos.
En el artículo con el que empezamos esta serie conté que mi tío Ramón juega al dominó tres tardes por semana desde que se jubiló, y que si le preguntas te dice que va «a tomar algo». En septiembre le pregunté si podía ir con él. Me dijo que sí, y después añadió una frase que no entendí hasta que llegamos: «pero tú allí te callas».
El local está en un bajo, tiene cuatro mesas, una máquina de café, una bandera y un reloj de pared que va veinte minutos adelantado. Nadie lo arregla. Me fijé en él nada más entrar porque pensé que llegábamos tarde.
El dominó es un deporte, literalmente
Esto no es una forma de hablar ni un entusiasmo de aficionados. La Federación Española de Dominó define como deporte del dominó propiamente dicho el dominó por parejas, y deja las demás modalidades —el chamelo, la garrafina, el venenoso— en otra categoría. Hay federaciones territoriales, licencias por temporada, jueces árbitros, actas de encuentro y campeonatos nacionales.
Y hay un reglamento de conducta que, cuando lo lees, explica de golpe la frase de mi tío.
Las reglas
- Las fichas. Veintiocho, de doble blanco a doble seis. Cada número aparece en siete fichas distintas, y ese dato es el juego entero: si sabes cuántos cincos han salido, sabes cuántos quedan.
- El reparto. Cuatro jugadores en dos parejas, compañeros enfrentados. Siete fichas cada uno. Se reparten todas: no queda montón.
- La salida. En la primera mano sale quien tenga el doble seis, y sale con él. Si nadie lo tiene, el doble cinco, y así bajando. En las manos siguientes el turno de salida va corriendo, y entonces sí se puede salir con la ficha que uno quiera.
- El turno. Se juega en el sentido contrario a las agujas del reloj. Cada uno coloca una ficha en alguno de los dos extremos de la cadena, haciendo coincidir los números.
- El paso. Si no puedes colocar ninguna, pasas. Y ojo: se pasa diciendo «paso» y nada más. Ni un gesto, ni un golpe en la mesa, ni señalar al siguiente. Si tienes una ficha que encaja, estás obligado a ponerla: no se pasa teniendo.
- El final. Una mano acaba de dos maneras. Dominó, cuando alguien coloca su última ficha. O cierre, también llamado tranca o tranque, cuando quedan fichas en las manos pero ninguna encaja en los extremos, normalmente porque las siete de un número ya están jugadas y ese número asoma por los dos lados.
- El recuento. Si hay dominó, la pareja ganadora suma los puntos que les quedan a los contrarios. Si hay cierre, gana la pareja cuyas fichas sumen menos puntos, no quien colocó la última ficha. Si empatan, la mano no cuenta y el turno de salida pasa al siguiente.
- La partida. Se juega a una puntuación pactada de antemano, normalmente cien puntos, a veces doscientos. Gana la pareja que llega primero.
El silencio, que es lo que de verdad hay que aprender
Aquí está la parte que no te cuenta nadie y que a mí me fascinó.
En competición federada, los jugadores deben mantener una postura uniforme, con ambas manos debajo de la mesa y la vista en ella. Está prohibido rascarse, atusarse el pelo, meter y sacar los dedos de la mesa, cruzarse de brazos, hacer muecas o cruzar miradas: cualquier cosa que pueda orientar la decisión del compañero.
Entre compañeros se puede comentar la jugada al terminar cada mano, en voz baja, sin referirse a los contrarios y durante un máximo de treinta segundos. Ni uno más. Y queda terminantemente prohibida cualquier conversación entre jugadores de una pareja y de la otra mientras se juega: todo lo que haya que decir se dice al acabar la partida.
Saltárselo tiene sanción económica, que se duplica o se triplica si reincides.
Fíjate en el contraste con lo que vimos hace dos entregas. En el mus, las señas entre compañeros son legales, vienen en el reglamento y tienen su tabla. En el dominó son exactamente lo contrario: la trampa por definición. Dos juegos de bar, dos federaciones, dos filosofías opuestas sobre lo mismo. En uno la información se transmite por la cara; en el otro, sólo por las fichas que pones.
Nada de esto rige en una mesa de casa, claro. Pero explica por qué en un club se entra y se oye el reloj.
Cómo se juega bien
- Cuenta los palos. Hay siete fichas de cada número. Cuando se han jugado todas las de uno, ese número está muerto y puedes cerrar con él.
- Sal con la doble más acompañada. Si tienes el doble seis y además tres o cuatro fichas con seises, sal por ahí: vas a poder seguir jugando por ese extremo toda la mano.
- Tapa. Si ves que tu compañero ha pasado a los cincos, deja de abrir cincos. Es la única manera legal de hablar con él.
- Y vigila tus extremos. Terminar la mano con una ficha que no encaja en ningún lado es cómo se pierden las partidas que ibas ganando.
Cuatro minutos
Yo aguanté cuatro.
A los cuatro minutos mi tío colocó una ficha que a mí me pareció una equivocación y dije, en voz no especialmente alta, «uy». Un «uy» pequeñito, de nada.
Los tres señores de la mesa levantaron la vista a la vez. No dijeron nada. No hizo falta. Uno de ellos, el de la derecha, hizo con la mano un gesto hacia abajo, como quien baja el volumen de una radio.
Me callé. Lo intenté, al menos. Durante la hora siguiente conté mentalmente las veces que estuve a punto de hablar y perdí la cuenta por encima de treinta. Descubrí que yo no hablo porque tenga algo que decir: hablo para rellenar, para que no haya silencio, porque el silencio me parece una cosa que hay que arreglar. Y allí el silencio no estaba roto. Era el material con el que se jugaba.
Al terminar la mano, los cuatro hablaron a la vez durante exactamente lo que dura un comentario breve, y volvieron a callarse. Y así cinco veces más.
Cuando salimos ya era de noche. Le pregunté a mi tío si no se le hacía raro pasar tres tardes a la semana sin hablar con gente a la que conoce desde hace cuarenta años.
Me dijo que hablan al acabar, en la barra, media hora larga. Que de todo. Que la semana pasada estuvieron con lo de la rodilla de uno y con una nieta que se va a Alemania.
—Lo que pasa —dijo— es que primero se juega.
Volví a mirar el reloj de la pared antes de salir. Seguía veinte minutos adelantado, y por primera vez se me ocurrió que a lo mejor no está estropeado.
Décima entrega de la serie sobre los juegos a los que se juega de verdad en España. El mapa completo está juegos de mesa, el parchís, el chinchón, la brisca, el mus y sus señas, el tute, la pocha y el Monopoly.

